La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 38
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Capítulo 38: Capítulo 38: Un Pacto Escrito en la Piel
Durante el resto del día, Darren permaneció en su despacho acompañado por Amelia, quien se encargaba de apoyar en las gestiones administrativas del condado. Gracias a que había absorbido todo el conocimiento de Darre, cuando compartió su mente con ella. Por ello, le resultaba sencillo interpretar los documentos, balances y cuentas inherentemente complejos. Además, sus reformas se caracterizaban por una eficiencia asombrosa, identificando constantemente costos menores a los esperados, lo que significaba un ahorro significativo para las finanzas locales.
—Me has hecho tanta falta, Amelia —comentó Darren mientras revisaba unos documentos. Sus palabras hicieron que Amelia detuviera lo que estaba haciendo. Con elegancia, se acercó a él colocando un mechón de cabello detrás de su oreja y se inclinó un poco más.
—Entonces, ¿por qué no me lo demuestras? —susurró Amelia al tiempo que se sentaba sobre el escritorio, cruzando sus piernas de manera provocativa. Llevaba un vestido largo de terciopelo negro con una abertura que dejaba ver parte de su pierna, complementado con un corsé azul oscuro que acentuaba su figura.
Darren, sintiéndose atrapado entre la inesperada situación y la evidente conexión que compartían, finalmente se levantó y se acercó a ella. La tomó por la cintura y, mirándola directamente a los ojos, le dijo con intensidad —Me encantas. —Luego, sus labios comenzaron a explorar delicadamente su piel: primero su oído, seguido por un recorrido lento y tentador hasta alcanzar los labios de Amelia.
El momento se rompió abruptamente cuando Freya entró al despacho con una bandeja de té, siguiendo la rutina que había mantenido en los últimos días. Sin embargo, al encontrarse con la escena de aquel beso apasionado, su expresión cambió a una mezcla de sorpresa y descontento. —No es justo ¿Por qué a mi no me besas así? —reclamó Freya con una voz cargada de reproche. Darren intentó justificar su acción de forma apresurada, diciendo que él y Amelia tenían más historia juntos.
Antes de que la conversación se intensificara, Amelia intervino con autoridad serena. Se volvió hacia Darren y anunció con tono firme pero tranquilo —Yo hablaré con Freya. Entonces ambas mujeres abandonaron el despacho para conversar a solas.
Darren decidió dar un paseo y salió al jardín trasero en busca de algo de tranquilidad. Mientras observaba una flor en particular, una oleada de recuerdos se apoderó de él: la imagen nítida de él y su esposa caminando por un parque, tomándose fotos sonrientes, abrazados por la calidez de aquellos momentos imborrables. En su mente resonaron unas palabras que ella alguna vez le susurró: “Te amaré por siempre”. Ese recuerdo, tan dulce como doloroso, le atravesó el alma y provocó un agudo dolor en su pecho, como si su corazón estuviese siendo comprimido por emociones incontenibles.
Sin embargo, algo más acompañó ese dolor: una energía oscura que emergió de lo más profundo de su ser. De repente, en su pecho y brazo derecho comenzaron a formarse marcas negras, extrañas y vibrantes, que se extendieron con rapidez. Al mismo tiempo, unas llamas púrpuras brotaron de las marcas, consumiendo parte de su ropa y dejando al descubierto aquellas inscripciones misteriosas. Las marcas parecían estar ubicadas precisamente donde residían los núcleos de las armas divinas, algo que no podía ser una casualidad.
El dolor y la confusión lo superaron, y Darren perdió el conocimiento. Cuando volvió a abrir los ojos, se vio a sí mismo en un recuerdo distorsionado: estaba subiendo a un autobús. Allí, notó que una joven estaba en peligro; un asaltante armado amenazaba su vida. Sin pensarlo dos veces, Darren se lanzó para protegerla. Escuchó el estruendo del disparo, continuando en varios más y luego… todo se volvió oscuridad.
Al recuperar la conciencia, se encontraba nuevamente tendido sobre la hierba en su jardín. Un dolor persistente lo invadía y las marcas en su cuerpo ardían con una incomodidad continua. Con esfuerzo, se puso de pie y trató de recomponer su ropa quemada. Sabía que algo extraño había ocurrido y que necesitaba respuestas cuanto antes. Sin embargo, también tenía claro que debía ocultar este estado de sus prometidas. Decidió regresar al interior del castillo con sigilo absoluto, evitando encuentros innecesarios.
Mientras avanzaba por los pasillos de piedra, varias doncellas se cruzaron en su camino. Le saludaban con cortesía e incluso lo invitaban a pasar al comedor, pero él simplemente se excusaba mencionando otros asuntos que atender. Pronto escuchó los pasos familiares de Amelia y Freya aproximándose; su corazón latió con fuerza mientras buscaba un escondite. Logró evadirlas agazapándose detrás de una majestuosa armadura decorativa, conteniendo la respiración hasta que el eco de sus pasos se desvaneció en otro pasillo.
Siguió avanzando con dificultad, cada vez más consumido por el agotamiento. Dorotea apareció buscando encontrarlo, pero Darren logró esquivar su mirada. Poco después hizo lo mismo con Lyra, aunque sus fuerzas ya flaqueaban por completo. El esfuerzo titánico por moverse sin ser descubierto lo estaba volviendo más vulnerable.
Finalmente, llegó a la seguridad de su habitación. Cerró la puerta tras de sí y corrió el pestillo para sentirse a salvo. Su respiración era pesada y sus piernas temblaban por el sobreesfuerzo mientras intentaba quitarse la ropa que aún le oprimía. Sin embargo, antes de lograrlo, su cuerpo cedió a la fatiga. Darren cayó sobre la cama derrotado, sumido en la incertidumbre de lo que estaba ocurriendo dentro de él.
Darren no se dio cuenta de que Emery estaba en la habitación, ya que ella se encontraba dándose un baño. Al salir de la ducha y encontrarlo tendido en la cama, asumió que estaba agotado. Aunque esa percepción no era del todo incorrecta, su cansancio tenía un origen muy distinto. Notando que Darren estaba mal acomodado, Emery decidió ayudarlo a entrar en una posición más cómoda. Primero le retiró las botas y luego intentó quitarle el abrigo, tarea que le tomó algo de esfuerzo. En el momento en que procedió a despojarlo de la camisa, Darren despertó. Al abrir los ojos, notó que le resultaba extraordinariamente difícil moverse. Apenas vio a Emery, le preguntó cómo había entrado, ya que recordaba haber cerrado la puerta con llave. Ella le explicó que había estado en la ducha, aclarando la situación.
Emery sugirió que ambos bajaran a cenar, pero Darren se negó rotundamente, invitándola a ir sola mientras él permanecía descansando. La negativa la tomó por sorpresa, aunque no dejó ver su incomodidad. Insistió en que lo acompañara, pero el dolor que asolaba a Darren terminó por colmar su paciencia; frustrado y con voz severa, le pidió que lo dejara solo. Las palabras de él cayeron como un balde de agua fría sobre Emery, quien se sintió profundamente herida y salió apresuradamente de la habitación. Mientras Darren permanecía tumbado en la cama, una sensación de culpa lo invadía, aunque sabía que no podía revelarle el verdadero motivo de su malestar.
Por su parte, Emery caminaba lentamente por el pasillo, abatida por la frialdad con la que Darren se había dirigido a ella. Una y otra vez se preguntaba qué había causado esa actitud tan inusual en alguien que jamás la había tratado de esa manera. Sumida en sus pensamientos, se encontró de repente con Amelia, quien estaba buscando a Darren. Emery le informó que lo acababa de dejar en su habitación, descansando porque aparentemente estaba muy cansado. Sin embargo, Amelia, quien conocía mejor que nadie a Darren y había sido testigo de los intensos entrenamientos a los que ella misma, lo había sometido en ese mundo, encontrando extraño el comentario. Sabía perfectamente que Darren nunca se mostraba agotado, sin importar las circunstancias. Intrigada, Amelia continuó indagando sobre lo ocurrido y, con un poco de perspicacia, dedujo que estaba actuando así porque se encontraba realmente mal. Algo serio debía estar sucediéndole y definitivamente no era algo común.
Al darse cuenta de la situación, Amelia se dirigió apresuradamente hacia la habitación de Darren, con Emery pisándole los talones. Al llegar frente a la puerta, descubrió que esta estaba cerrada. Golpeó con fuerza, exigiendo que Darren la abriera de inmediato. Sin embargo, al no obtener respuesta, no dudó en recurrir a su magia para forzar la entrada. Ambas ingresaron al cuarto, solo para encontrarlo completamente vacío.
Unos minutos antes, Darren había tomado la decisión de marcharse. Sabía que debía salir de allí antes de que regresaran por él. Optó por huir a través de la ventana y, tras recorrer una considerable distancia desde el castillo, reunió las pocas fuerzas que le quedaban para conjurar una catedral. La estructura evocaba el recuerdo de aquella majestuosa edificación que vio en la capital real. Exhausto y casi sin energía, se detuvo frente al monumento dedicado a Wiraqucha y, arrodillado en el suelo, suplicó su ayuda. En ese instante, el tiempo pareció detenerse, envolviendo todo el lugar en un matiz sepia.
De nuevo, una diminuta concentración de energía apareció frente a él. Lentamente, esta se acercó para imbuir de energía a su cuerpo, devolviéndole la vitalidad perdida. Tras recuperar fuerzas, Darren narró lo sucedido y mostró las marcas que ahora destacan en su piel. Wiraqucha le escuchó atentamente y, con un tono sereno, le explicó que aquello era consecuencia directa de su flujo de magia. Debido a su habilidad para destruir las armas divinas, ambas energías colisionaban entre sí, provocando un efecto contrapuesto.
—La energía que fluye desde ti es lo que llamamos energía oscura o energía del vacío. Por otro lado, la energía que emana de las armas divinas y sus núcleos es energía divina —detalló Wiraqucha con calma.
—En un principio, la energía oscura predominaba sobre la energía divina, lo que aseguraba un equilibrio. Sin embargo, ahora que tienes en tu poder dos núcleos, es indispensable que incrementes la cantidad de energía oscura para mantener la estabilidad —añadió Hanan Pacha con un tono firme y analítico.
—Pero ustedes mismos mencionaron que tenía la bendición de portar las armas divinas —respondió Darren, con la mirada fija en los nuevos cúmulos de energía que flotaban frente a él.
—Exactamente, portar —contestó Pachacútec con énfasis—. Pero tú rompiste las envolturas y absorbiste los núcleos, generando una convergencia de energías. Debes comprender algo importante: el poder contenido en estas armas no es magia… es energía. —su voz era profunda, cargada con un aire de advertencia mientras observaba atentamente a Darren.
—¿Qué debo hacer para incrementar mi energía oscura? —preguntó Darren con un tono de incertidumbre.
—Debes buscar la llamada “Lágrima Carmesí”. La cual es una fruta divina. —respondió Wiraqucha con serenidad, aunque sus palabras cargaban un peso evidente—. Al consumirla, tu cuerpo se adaptará a la fusión de ambas energías y, con ello, evolucionará.
Hanan Pacha, con un gesto solemne, añadió: —Pero debes apresurarte en encontrarla. Si la convergencia de esas energías no se controla a tiempo, tu cuerpo podría liberar un torrente de poder, y el mundo entero sería consumido por su fuerza desbordada.
Tras escuchar esa advertencia, Darren sintió cómo el peso de su destino se volvía más real que nunca. Había querido una vida tranquila, pero ahora sabía que ese sueño era inalcanzable.
—Con los núcleos que posees —intervino Pachacútec con gravedad en su voz— intentaremos contener la energía oscura que amenaza con desbordarse en ti. Sin embargo, cada vez que recurras a ella, el riesgo será mayor: volverás a caer bajo su dominio.
Después de aquel momento, las divinidades se fueron. Darren al sentirse mejor, se percató que debería hacer algo para resolverlo. Pensando a quien preguntar, su primera opción es Amelia, pues es quien ha vivido por milenios. También indagará en la biblioteca, o en la catedral de Wiraqucha.
Antes de devolver el tiempo a la normalidad, las deidades le dijeron que el efecto para controlar su energía, es de tiempo limitado. Por lo que al pasar los efectos deberá volver con ellos.
Darren, invadido por el peso de la culpa, no lograba sacar de su mente la manera en que había tratado a Emery. Su arrepentimiento se entrelazaba con los fragmentos que persistían de una vida pasada, en la que Monica había sido su eterno amor. Ese dolor silencioso lo guiaba en cada uno de sus pasos.
Cuando llegó al castillo, lo esperaba cierto grupo de chicas en la entrada. Era evidente que habían estado buscándolo en su habitación. No obstante, su expresión no era de enojo, sino de tristeza. La preocupación se reflejaba en cada uno de sus rostros.
—Hola —saludó Darren con un aire melancólico y lleno de remordimiento, bajando la mirada—. Lamento haberlas hecho pasar por esto.
La respuesta fue inmediata; Amelia tomó la iniciativa, firme y sin dejar espacio para explicaciones. —Necesitamos hablar —soltó, con un tono imponente.
Sin decir más, Darren las siguió hasta su habitación. Allí, todos tomaron asiento en la pequeña sala donde solía relajarse. Acompañados por una taza de té, el silencio ensordecedor envolvió el momento. Aunque sus movimientos eran tranquilos, la tensión se sentía intensa y palpable. Consciente de ello, Darren decidió intervenir.
—¿Y bien? ¿De qué se trata esto? —preguntó, intentando suavizar la situación con un tono más amable.
Fue Amelia quien lideró la conversación, directa y sin rodeos. —Cuéntanos qué está pasando —demandó, su mirada fija en él.
Darren vaciló. No quería revelar nada todavía, pero ¿cómo eludir lo que inevitablemente debía enfrentar? Su mente buscaba respuestas rápidas.
—¿A qué te refieres exactamente, querida mía? ¿Qué es lo que crees que está pasando? —respondió con una sonrisa tensa, intentando ganar tiempo.
Amelia estrechó los ojos, evaluándolo detenidamente. Respiró profundo antes de continuar. —Dorotea y Freya nos hablaron sobre los preparativos para la boda —dijo con notable seriedad. —Quiero saber si esta es tu idea de lo que debería ser un matrimonio verdadero.
Las palabras cayeron como dagas que perforaban directamente el alma de Darren. Tenían peso, tenían verdad. Se quedó reflexionando por un instante, tomando en serio el reproche que ella le hacía.
—¿A qué te refieres específicamente? —preguntó él nuevamente, esta vez adoptando un tono más grave. —Si no me das claridad, ¿cómo esperas que tenga algo sensato para decir?
Amelia no apartó la mirada y las demás chicas la observaban con atención. Era como si estuviera instruyéndolas sobre cómo confrontar y dialogar. Aunque Darren entendía su intención, lo inquietaba aquella situación en la que sentía que su propio malestar quedaba al descubierto. No quería ser una carga para ellas; prefería mantenerlo oculto.
La conversación avanzó sin pausa. Amelia lanzó su último argumento directo al corazón del conflicto: —Amado prometido, si realmente quieres seguir siendo digno de ese título, debes abrirte a nosotras y hablarnos con honestidad. Sabemos lo sucedido con Emery; le dijiste que estabas cansado y fuiste extremadamente hiriente. —Darren intentó defender su postura, buscando detenerla, pero Amelia lo silenciaba cada vez con firmeza. —Sé quién eres; no lo olvides, cuando compartí tu mente vi todo: tus recuerdos, tus vivencias, tus conocimientos… incluso tus debilidades más ocultas —remarcó con énfasis en cada palabra.
La presión sobre Darren era inmensa; se encontraba atrapado entre lo que deseaba ocultar y lo que empezaba a aceptar como una inevitable realidad. Su expresión se endureció mientras los pensamientos revoloteaban caóticamente en su cabeza: ¿por qué debía rendirse ante ellas? ¿Por qué se permitía ser juzgado?
Entonces, como si las palabras fueran capaces de rasgar el muro que había levantado dentro de sí mismo, Amelia pronunció algo que lo hizo vacilar: —Porque te amamos…
Aquella respuesta lo dejó completamente desconcertado. ¿Cómo podía saber ella lo que estaba pasando por su mente? Darren no supo qué decir, y el cambio en su expresión fue tan evidente que Amelia lo percibió de inmediato. Sin pensarlo dos veces, se levantó de su asiento y se acercó a él. Se agachó en cuclillas, quedando a la altura de sus rodillas, apoyando suavemente sus manos sobre las piernas de Darren.
—Te amamos —dijo, clavando sus ojos en los de él—. Somos tus prometidas. Tú nos elegiste por una razón. Entonces, ¿puedes confiar en nosotras?
Darren sintió cómo su fortaleza interior comenzaba a tambalearse. Siempre había sido cariñoso con ellas, sí, pero nunca dejaba que vislumbraran más allá del hombre fuerte, decidido y valiente que siempre mostraba ser. Había aprendido a ocultar su vulnerabilidad, sobre todo después de aquel desengaño en el pasado, cuando se atrevió a bajar la guardia solo para ser traicionado. Ahora, frente a ellas, la duda lo corroía; ¿podía, esta vez, confiar?
Con un suspiro profundo, tomó las manos de Amelia entre las suyas y se levantó, llevándola consigo. Con la mirada pérdida, caminó hacia la ventana y fijó sus ojos en el horizonte lejano. Allí se quedó inmóvil, con los brazos cruzados mientras las demás lo observaban con evidente preocupación. Cada una permanecía en silencio, debatiéndose internamente sobre qué palabras podrían aliviar su carga. Sin embargo, fue Amelia quien rompió el hielo; parecía conocerlo como nadie más —quizás ella sabía exactamente qué debía decir para alcanzar su corazón.
—No lo sé… —murmuró finalmente Darren, volviéndose hacia ellas. Su voz cargaba el peso de una sinceridad que rara vez dejaba entrever—. No es algo fácil de decir… pero deben saber esto: son importantes para mí. Todas y cada una de ustedes.
El silencio que reinó después fue breve. Entonces Emery avanzó un paso y tomó la palabra con firmeza:
—¿Eso significa que nuestros votos matrimoniales no significaron nada para ti? Juramos apoyarnos mutuamente cuando decidimos unir nuestras vidas. Déjame cumplir mi promesa, así como tú estás cumpliendo las tuyas. Darren, soy tu esposa. Te amo y me preocupo por ti.
Le siguió Dorotea, quien lo miró directamente con una intensidad que parecía atravesarlo:
—Yo soy tu prometida, y te amo más de lo que nunca podré describir. Luché por estar contigo porque sé cuánto vales para mí. Si algo malo te está ocurriendo, quiero saberlo. No para apartarme, sino para estar a tu lado y ayudarte a sobrellevarlo.
Freya tomó aire profundamente antes de hablar. Aunque era la más reciente en ese grupo de chicas que lo amaban y compartían un vínculo especial con él, dejó brillar la seguridad que llevaba dentro:
—Lo que sea que estés enfrentando… no importa. No te abandonaré. Seré tu apoyo hasta el final. Mi amor por ti es sincero, aunque haya llegado después que las demás. Estoy aquí por ti y lucharé contigo, sin importar lo que pase.
Por último, la más joven del grupo decidió romper su propio silencio. Aunque su juventud y experiencia la hacían sentir insignificante en comparación con sus compañeras, tenía un peso en el pecho que necesitaba liberar. Se adelantó titubeante, pero con determinación en el timbre de su voz comenzó:
—La primera vez que te vi… me enamoré de ti. Pero sabía que estabas comprometido con Emery, así que creí que nunca habría un espacio para mí en tu vida. Sin embargo, todo cambió aquel día… —tomó aire al recordar—. Te vi correr desesperado en aquella misión de rescate, como si todo dependiera de ti. Y no pude evitar seguirte; algo dentro de mí lo decía tan claro como el agua. Cuando te encontré inconsciente en el suelo… ni siquiera dudé en sanarte, aún si tenía que dar mi propia vida para salvarte.
Cada palabra flotaba pesada en el silencio que las siguió, llenando la habitación con una emoción tan densa como la carga que llevaba Darren en su interior. Una carga que parecía aligerarse poco a poco ante tanto amor incondicional.
El sentimiento de culpa lo consumía, envolviéndolo en una nube de incertidumbre. Pero hubo algo que se dijo a sí mismo en silencio, una verdad que lo reconfortaba: si al revelar la realidad aquellas personas se alejaban, significaría que no eran las correctas para él. Sólo se quedarían quienes quisieran quedarse. Con este pensamiento en mente, clavó nuevamente la mirada en la ventana, en el cielo engalanado de estrellas, y tomó aire antes de continuar.
—¿Cómo se dieron cuenta? —preguntó con voz medida y mirada fija— ¿Qué fue lo que me delató?
La pregunta las dejó descolocadas. Aunque una sombra de culpa invadió el ambiente, solo Amelia había percibido el cambio antes de que él lo confirmara. Aún así, cada una sintió un peso incómodo en el pecho.
—Fue hace poco —respondió Darren, rompiendo el silencio mientras giraba la vista hacia Emery—. Apenas un momento antes de que me encontraras, mi amada esposa. Lamento haberte hecho sentir mal.
Con paciencia, Darren les explicó lo ocurrido, relatando cómo evitó encontrarse con cada una mientras se dirigía a la habitación. En su relato, también habló con Emery sobre su actitud en ese entonces y le prometió no volver a comportarse de esa manera. Sus palabras tenían el peso de quien deseaba redimirse.
Cuando terminó de contar todo, ellas insistieron en ver las marcas que mencionaba. Darren, a sabiendas de que no tenía otra alternativa, comenzó a quitarse las prendas superiores. Sin embargo, no esperó lo que seguiría: las chicas reaccionaron con gritos ahogados y expresiones sorprendidas al ver por primera vez el torso masculino descubierto. Sólo Emery y Amelia se mantuvieron serenas; después de todo, ya estaban familiarizadas con su anatomía.
Aunque Emery no pudo evitar que un leve brote de celos nublara su expresión al ver cómo Amelia deslizaba sus dedos sobre la piel de Darren, trató de controlar sus emociones por respeto al momento. Las demás chicas intentaban desviar la vista, pero no podían evitar lanzar miradas furtivas en repetidas ocasiones.
—Creo que deberíamos abrir la ventana —murmuró Freya, visiblemente nerviosa—. ¿No sienten calor?
Darren notó el rubor evidente en los rostros de las jóvenes y optó por cubrirse nuevamente. No obstante, Amelia aprovechó ese instante para rozar su piel con una caricia ligera antes de acercarse al oído de Darren y susurrarle con voz apenas perceptible: —Pronto serás mío.
Emery captó el momento y reaccionó con un puchero infantil, aunque no hizo más que reafirmar su posición guiñando un ojo mientras respondía con soltura: —Por ahora sigue siendo solo mío… Al menos por estos días.
—Pero también es nuestro —intervino Lyra con inocencia genuina. Su comentario desató miradas cómplices entre Emery y Amelia, ya que solo ellas entendían plenamente a qué se referían.
Amelia y Emery se despedían de Darren antes de retirarse a descansar. Amelia, con una ternura irreprochable, le dijo: Sé todo lo que has atravesado. Por eso prometo que siempre estaremos contigo, como tú lo estás con nosotras. Su despedida culminó en un beso tan intenso y apasionado que Emery tuvo que aclarar su garganta para recordarle a Amelia su presencia en la habitación.
Justo antes de partir, Emery le dirigió una súplica a Amelia: Necesito tu ayuda para entenderlo mejor. No supe identificar lo que él necesita ni lo que guarda en su interior.
Amelia simplemente asintió y respondió: Disfrútalo mientras puedas. En unos días, también será mío. Con esa declaración, salió de la habitación dejando a Emery sumida en pensamientos.
Una vez sola con Darren, Emery apagó las luces y aseguró la puerta, dispuesta a concluir ese día juntos, nuevamente compartiendo su intimidad.
Al amanecer, el día de la boda finalmente había llegado. Darren se observaba frente al espejo, sumido en un torbellino de recuerdos. Esta sería su tercera boda, pero era la primera vez para Amelia. Mientras recordaba fragmentos de su pasado, el peso emocional lo golpeó con fuerza. ¿Por qué ahora?, se cuestionaba en silencio, aferrándose a la pared mientras su corazón acelerado le martillaba el pecho, reviviendo el dolor de perder al amor de su vida. Sentía como si estuviera traicionando los votos que alguna vez hizo, y la culpa no le dejaba respirar con libertad.
Fue interrumpido por la llegada de alguien quien le indicó que era hora de tomar su lugar para iniciar la ceremonia.
En otra habitación, Amelia también miraba su reflejo en el espejo. Una mujer que había caminado sobre esta tierra durante más de cinco mil años y, sin embargo, nunca había sentido la necesidad de compartir su existencia junto a un hombre. Su atracción por Darren había comenzado como algo pasajero, pero cuanto más se acercaba a él y exploraba sus recuerdos, más crecía la profundidad de su aprecio hacia él.
El vestido que llevaba era una obra maestra: un corte sirena confeccionado con seda blanca como la nieve. Su cuerpo estaba decorado con delicado encaje que revelaba un escote profundo pero elegante. La espalda quedaba descubierta hasta media altura, mientras que la cola y la capa añadían un toque de sofisticación, ambas adornadas en encaje. Era un atuendo digno de una belleza tan sublime como la de ella. Por si fuera poco, Amelia había diseñado ese vestido inspirándose en un modelo que encontró entre los recuerdos de Darren, aunque un pequeño nervio la asaltaba al pensar que quizá pudiera incomodarle el haber usado ese diseño tan especial.
Mientras tanto, los invitados esperaban con paciencia ansiosa la entrada de los novios en aquella catedral majestuosa, construida por Darren mismo apenas hacía unos días. Él aguardaba frente a las puertas, la estructura imponente como reflejo tanto de sus talentos como de las emociones atrapadas en su interior. Aquel día prometía ser memorable para todos, aunque en sus corazones cada uno llevará consigo una historia teñida de amor, pérdida, y esperanza.
De pie frente a las puertas cerradas, espera con paciencia la llegada de la deslumbrante novia. Cierra los ojos un momento, dejando que los recuerdos de su primera boda lo envuelvan. Pero pronto es traído de vuelta al presente; siente una suave presión en su brazo y, al abrir los ojos, se encuentra con Amelia. Su belleza lo deja sin aliento, tan magnética y digna de admiración. El vestido de novia que lleva resalta cada detalle de su figura, irradiando perfección. Darren no puede evitar sonreír, una sonrisa genuina, única y cautivadora.
—¿Estás lista? —pregunta Darren en un susurro lleno de emoción.
—Siempre lo estoy —responde Amelia con seguridad.
En ese instante, las puertas se abren con solemnidad, marcando el inicio de su camino al altar. Pasan juntos, paso a paso, ante la mirada atenta y maravillada de los invitados. Tras ellos, las demás chicas avanzan con gracia, sin opacar el recorrido de los novios. Y allí, en el majestuoso altar, los aguarda quien tendrá el honor de oficiar la ceremonia: el mismísimo Rey Damián.
Una vez en el altar, ambos toman posiciones mientras las damas ocupan las suyas. Sus rostros reflejan alegría sincera, excepto el de Emery. Aunque intenta ocultarlo esbozando una sonrisa, una ligera melancolía se asoma en sus ojos, como si un peso invisible le dificultará mostrarse completamente feliz. Siguiendo la indicación del Rey, ambos se giran y cruzan sus miradas con solemnidad.
—¡Damas y caballeros! Hoy nos hemos reunido aquí para presenciar la unión de Sir Darren y Lady Amelia —anunció con voz firme el Rey Damian, quien prosiguió con su discurso—. ¿Están preparados para amarse, honrarse y cuidarse mutuamente hasta el fin de sus días?
Ante la solemne pregunta, los futuros esposos respondieron afirmativamente. Con este consentimiento, procedieron a expresar sus votos bajo la atenta mirada de todos los presentes.
—Yo, Darren Von Königssee, te tomo a ti, Amelia Velora Ich Hesse, como mi esposa. Prometo tenerte y sostenerte desde este día en adelante; en los buenos y malos momentos, en la prosperidad o en la escasez, en la salud o en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.
—Yo, Amelia Velora Ich Hesse, te tomo a ti, Darren Von Königssee, como mi esposo. Prometo tenerte y sostenerte desde este día en adelante; en los buenos y malos momentos, en la prosperidad o en la escasez, en la salud o en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.
Con las palabras de compromiso pronunciadas, el Rey Damian procedió a finalizar con solemnidad.
—Lo que los dioses han unido, que ningún hombre se atreva a separar.
Ante la intensidad del momento, Darren y Amelia intercambiaron miradas cargadas de emoción. Con pasos firmes y lentos, él se acercó a ella, rodeándola con sus brazos alrededor de su cintura. Sus labios se aproximaron con delicadeza hasta encontrarse en un beso lleno de pasión y entrega, un gesto que parecía sellar un pacto eterno entre ambos.
Al salir de la imponente catedral, fueron recibidos por el brillo de un lujoso deportivo Eleanor. Como todo un caballero, Darren tomó a Amelia en sus brazos y la ayudó a acomodarse en el auto antes de subir él mismo. Mientras ellos emprendían el rumbo hacia el majestuoso castillo donde tendría lugar la recepción nupcial, los demás invitados eran transportados cómodamente en elegantes autobuses.
La llegada al castillo deslumbró a todos. Con gran porte y sosteniendo la mano de Amelia, Darren la guió hasta el salón de la celebración. La decoración era simplemente extraordinaria, una exhibición de lujo y creatividad que dejó boquiabiertos a los presentes. El gran salón estaba adornado con detalles mágicos solicitados cuidadosamente por Dorotea y Freya. Las mesas eran auténticas obras de arte, confeccionadas con materiales y diseños tan exquisitos que parecían propios de otra dimensión, dignos de una realeza moderna.
La mesa principal, reservada para los recién casados, destacaba aún más. Un elegante arco corintio enmarcaba su lugar especial, sus columnas adornadas con hiedras iluminadas por hileras de pequeños LEDs que irradiaban una mágica calidez. La cena, meticulosamente seleccionada por Darren, fue otro aspecto que deslumbró a los invitados. Cada platillo era una muestra de su estilo culinario, sorprendiéndolos al punto que muchos comentaban en voz baja la intención de replicar esas ideas en sus propias celebraciones.
Lo extraordinario no se limitaba al banquete. Los globos decorativos que flotaban suavemente en el aire captaron con rapidez las miradas y las especulaciones sobre su naturaleza mágica. A esto se sumaba la impecable música ambiental que llenaba el espacio de una atmósfera especial. Los asistentes no lograban identificar su origen al no haber músicos visibles; sin embargo, la magia estaba en las bocinas discretamente integradas en techos y paredes. Aunque Darren había deseado inicialmente una orquesta sinfónica que interpretara música de su mundo, la falta de tiempo para perfeccionarlo lo llevó a optar por esta alternativa igualmente sofisticada.
Era una velada que quedaría grabada no solo en sus corazones, sino también en las memorias de quienes tuvieron el privilegio de estar presentes. Cada detalle parecía narrar la historia de su amor en un idioma visual y emotivo que conectaba a todos los presentes con algo más grande, pareciendo un cuento de hadas hecho realidad.
Darren pidió la mano de su ahora esposa en un gesto lleno de emoción al que Amelia respondió con una sonrisa cordial. Acto seguido, ambos se dirigieron al centro del salón, donde la música cambió al suave compás de un vals. La pieza elegida para inaugurar el primer baile de la pareja fue “The Waltz Goes On”, y lo que siguió fue simplemente sublime. Ejecutaron una coreografía impecable, rebosante de gracia, harmonía y una sincronización perfecta que dejó a todos los asistentes sin aliento. Resultaba evidente que muchos no conocían aquella elegante coreografía, pero su belleza conquistó a cada uno de los presentes.
Tras el vals, sonó “Ballade pour Adeline”. Esta composición llenó de emoción los corazones de la pareja y de todos en la sala, rompiendo por completo con lo convencional de las bodas tradicionales. La música seguía fluyendo mientras Darren y Amelia giraban y se dejaban llevar por la melodía en el centro del gran salón. Cada movimiento suyo hacía ondear el vestido de Amelia con una elegancia cautivadora que maravilló a todos los espectadores.
En un momento inesperado, Freya solicitó la atención de la pareja y del resto de los invitados. La sala quedó en silencio cuando comenzó a escucharse su delicada y angelical voz entonando a capella “O Mio Babbino Caro”, una interpretación llena de emoción, enriquecida por el majestuoso acompañamiento del sonido de la orquesta.
. Ella había elegido esta canción de entre las muchas opciones revisadas en días previos, pero Amelia jamás imaginó que Freya le tendría preparada una sorpresa tan especial. Conmovida hasta las lágrimas, recordó cómo alguna vez Freya le confesó cuánto la admiraba, casi como si fuera una auténtica devota de su persona. El gesto no solo conmovió profundamente a Amelia, sino que añadió un toque inolvidable a una velada cargada de magia.
Al concluir la velada, ambos se retiraron a sus aposentos para compartir su primera noche juntos. En ese espacio íntimo, sus corazones danzaron al compás de un nuevo vals, donde la oscuridad se convirtió en la única testigo de su singular coreografía. Entrelazados, se sumergieron en el profundo océano de un coro armónico que fluía naturalmente entre ellos.
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