La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 39
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Capítulo 39: Capítulo 39: Más allá de lo evidente
A la luz del alba, los cálidos rayos de sol, bañan la estancia en un resplandor dorado que sus rayos eran reflejados por las copas de cristal que están sobre la mesa de noche. Dichos rayos apuntaban al rostro de los recién casados, los cuales estaban juntos uno frente al otro. El aire aún conservaba el aroma dulce y embriagador del hidromiel, aquel elixir que había sido testigo silencioso de una noche donde las palabras sobraron. Sobre la mesa de noche, donde estaban las copas, la botella casi vacía descansaba como un trofeo olvidado, un vestigio de la celebración de un amor que trascendió al desafiar las leyes de la física, el tiempo y el mismo destino.
Al abrir los ojos, Darren se encontró sumergido en el brillo de la mirada de Amelia. No era el reflejo del sol; era ese fulgor interno, esa conexión de almas entrelazadas que se sentía más real que el propio lecho que compartían. Durante unos instantes, el mundo exterior dejó de existir. En ese momento, solo estaban ellos, suspendidos en una burbuja de paz que parecía haber sido rescatada de las garras de la distancia y los días de incertidumbre.
—Buenos días, amada esposa —susurró Darren, acariciando su rostro con una ternura que le encogía el pecho.
Amelia sonrió, y en esa sonrisa Darren vio reflejada toda la felicidad que ella tanto había anhelado. Sin embargo, tras el brillo de la alegría, una sombra de preocupación cruzó fugazmente sus ojos. El tiempo, ese juez implacable, les recordaba que su unión era un oasis en medio de una tormenta. La “Lágrima Carmesí”, ese enigma que guardaba la clave para la salvación de Darren, seguía siendo una meta lejana.
Tras prepararse con rapidez, ambos decidieron bajar a desayunar. El día les presentaba un sinfín de asuntos pendientes, y el tiempo para disfrutar de su luna de miel era escaso. Sin embargo, compartían una certeza inquebrantable: mientras estuvieran juntos, lucharán sin descanso. Y aún más, si ello significaba proteger la vida de quien daba sentido a la suya.
Tras un desayuno compartido entre risas cómplices y roces accidentales que reavivaban la chispa de la noche anterior, la realidad del deber llamó a su puerta. En el pasillo, el ambiente se llenó de una calidez familiar. Emery, Lyra, Dorotea y Freya los esperaban con una mezcla de respeto y alegría desbordante.
—¡Felicidades a los recién casados! —exclamó Freya, rompiendo el protocolo con un abrazo efusivo que casi deja a Darren sin aliento.
Lyra y Emery se sumaron, rodeando a Darren con un afecto que servía de escudo contra su vulnerabilidad. Hubo besos de buenos días, bromas ligeras sobre el cansancio de los novios y una sensación de unidad que fortalecía el espíritu de Darren para la jornada que le esperaba.
Poco después, al terminar el desayuno. Amelia, en compañía de Dorotea y Freya, salían con dirección al mercado del pueblo. Amelia, con la confianza de quien tiene años de experiencia, se puso al volante de la SUV Ocean.
—¿Seguro que no hay cahuayos invisibles tirando de esto? —preguntó Freya, asomándose con cautela al motor mientras Freya tocaba los asientos de cuero con asombro.
—Es tecnología, Freya. En un vehículo motorizado que recorre largas distancias en poco tiempo —respondió Amelia con una chispa de travesura en los ojos—. Suban, les enseñaré cómo se siente volar sin despegarse del suelo.
Las dos mujeres, entre la emoción y nerviosismo, se acomodaron en el vehículo. Ver a Amelia conducir con tal naturalidad despertó en ellas un deseo ferviente de aprender; para ellas, aquel coche no era solo un transporte, era un símbolo de la libertad y el poder que su amiga representaba.
Mientras tanto, Darren se retiró a su santuario personal: su estudio. Allí, herramientas de su antiguo mundo cobraba vida en ese mundo carente de la tecnología avanzada, pero ahí, él estaba usando una laptop tan avanzada y completa, incluso para lo que la estaba usando. El contraste era absoluto: un escritorio de madera fina, tallado con detalle, ahí también se erguía un monitor de la más alta definición y bocinas que prometían una fidelidad de sonido. Darren trabajaba con bases de datos, filtrando y organizando la información de los recursos del condado con una eficiencia que dejaría obsoletos los pergaminos y las plumas de ganso.
Fue entonces cuando el Rey Damian entró en el despacho. El monarca se detuvo en seco, sus ojos recorriendo la habitación con la fascinación de un niño que entra por primera vez en una juguetería. Se acercó al monitor, maravillado por la nitidez de las imágenes, y tocó con reverencia las bocinas, preguntandose como funciona todo eso.
—Es… fascinante, Darren —murmuró el Rey, cuya figura imponente parecía empequeñecer ante la tecnología—. Me sorprenden las cosas que usaban en tu mundo.
Darren sonrió, notando la genuina curiosidad del soberano. —Le prometo que haré algo similar en su castillo, Majestad. Remodelare el lugar para que se tienda a gusto y cómodo.
El Rey Damian guardó silencio por un momento, observando el diseño moderno del escritorio y la determinación en el rostro de su yerno. Luego, con una voz cargada de un peso solemne pero afectuoso, le puso una mano en el hombro.
—Aunque pronto será tu castillo, Darren —dijo sutilmente—. Deberías considerar realizar los cambios con los que te sientas a gusto desde ahora. El futuro ya no me pertenece a mí, sino a lo que tú y Emery, construyan juntos.
Aquellas palabras quedaron flotando en el aire del estudio. Darren asintió, sintiendo por primera vez que su tiempo para reinar una nación, estaba más cerca de lo que esperaba, siendo una oportunidad para que todas sus ideas sean aplicadas para todo el pueblo.
El Rey Damian, despojado por un momento de su investidura real, observaba la pantalla de la laptop con una curiosidad casi infantil. Sus preguntas se sucedían una tras otra, desde el origen de la luz que emanaba del monitor hasta la lógica detrás de aquel extraño aparato que Darren intentaba explicarle con paciencia.
—¿Dices que este pequeño artefacto puede contener la historia de todo un reino y que esas escenas se llaman peliculas? —preguntó el Rey, sus dedos rozando las teclas con una mezcla de temor y reverencia.
—Incluso más que eso, Majestad —respondió Darren, mostrándole una hoja de cálculo con la gestión de recursos del condado—. Puede ayudarnos a predecir hambrunas, optimizar impuestos y asegurar que cada aldeano tenga lo necesario. Es una herramienta de orden, no solo de magia.
Sin embargo, la mente de Darren no podía alejarse de la sombra que pendía sobre su vida. Aprovechando la cercanía del monarca, bajó la voz, cargándola de una urgencia contenida.
—Majestad, ¿ha oído hablar alguna vez de la “Lágrima Carmesí”? ¿Alguna leyenda, algún registro en los anales más antiguos de la corona?
El Rey Damian frunció el ceño, su expresión tornándose sombría. Tras un largo silencio, negó con la cabeza.
—Lamentablemente, ese nombre no me resulta familiar, Darren. Pero mi biblioteca personal guarda tomos que no han sido abiertos en siglos. Si existe un rastro, estará allí, sepultado bajo el polvo del tiempo.
La conversación fue interrumpida por la llegada de un nuevo invitado: Kriegsdrache. El imponente rey guerrero se quedó petrificado al entrar en el despacho, sus ojos saltando de los monitores de alta definición a las bocinas que en ese momento emitían una suave melodía ambiental. La sorpresa inicial pronto dio paso a una fascinación absoluta cuando Darren, buscando relajar el ambiente, les mostró fragmentos de películas de su mundo.
—¿Esos hombres… vuelan sin alas? ¿Y sus armaduras lanzan fuego? —exclamó Kriegsdrache, señalando la pantalla donde un superhéroe surcaba los cielos—. ¡Esto es una dramatización de dioses!
El despacho se llenó de risas y asombro mientras exploraban el cine de acción y terror. Pero Darren no perdió de vista su objetivo. Al preguntarle a Kriegsdrache sobre la “Lágrima Carmesí”, el monarca también negó conocerla, lo que encendió una chispa de inquietud en el Rey Damian. ¿Por qué un objeto de tal importancia parecía haber sido borrado de la memoria colectiva?
Pasó una semana. Siete días de búsqueda incansable que empezaban a hacer mella en el ánimo del grupo. Las chicas —Emery, Lyra, Dorotea y Freya— habían transformado el estudio en una sucursal de la biblioteca real, con montañas de libros apilados en cada rincón. A pesar de su esfuerzo, el misterio de la lágrima permanecía sellado.
La despedida de los invitados fue agridulce. La Reina Celery y la Princesa Astrid partieron hacia sus territorios, no sin antes prometer que dedicarán cada recurso a su alcance para hallar una pista. El castillo se sintió repentinamente más vacío, y el peso de la responsabilidad comenzó a asfixiar a Darren.
—No podemos rendirnos ahora —dijo Amelia una noche, mientras observaba a Darren trabajar en la gestión del condado—. He estado recordando… mis días como esencia incorpórea, cuando vagaba por los límites de este mundo. Hay un lugar, Darren. Un bosque antiguo donde se oculta una aldea elfa. Los elfos viven vidas tan largas que sus recuerdos son la historia misma. Si alguien sabe de la “Lágrima Carmesí”, son ellos.
—Amada esposa, es peligroso. No puedo dejar mis funciones como conde ahora que los barones exigen mi atención —respondió Darren, frustrado por las cadenas de la política.
—Por eso iré yo, esposo mío —sentenció ella con firmeza—. Tú quédate aquí, asegura el futuro de estas tierras. Yo aseguraré el tuyo.
Darren sintió un nudo en la garganta. Sus obligaciones como conde le impedían salir y aventurarse como solía hacer. Los barones acudían al castillo buscando beneficios, atraídos por el desarrollo sin precedentes de sus tierras, y él debía recibirlos, enseñarles y negociar. Por suerte, contaba con Emery y Lyra, quienes, con su conocimiento de la etiqueta y la administración, se convirtieron en sus pilares, solo tenía que enseñarles a usar la tecnología para gestionar el feudo y a mejorar el territorio.
Sin embargo, el conflicto interno de Darren crecía. Quería revolucionar la vida de los plebeyos, traer la justicia y la tecnología de su mundo a gran escala, pero la política era un pantano traicionero que le robaba el tiempo más preciado de su vida. Cada minuto dedicado a un decreto era un minuto menos para encontrar la cura que lo salvaría a él y al mundo, ya que si no contiene la convergencia de su poder, consumiría al mundo en una devastadora explosion o ser consumida por el vacío. En cualquier caso, sería desastroso de no poder evitarlo.
Ante la inquebrantable determinación de Amelia, Darren sintió que el nudo en su garganta se aflojaba, dejando paso a una profunda admiración. Sabía que no podía retenerla; su esposa no era una flor delicada que debiera ser protegida en un invernadero, sino una fuerza de la naturaleza capaz de mover cielo, mar y tierra por él.
—Está bien, amada mía —cedió Darren, tomando sus manos con firmeza—. Pero no irás sola. Dorotea y Freya te acompañarán. Confío en ellas tanto como confío en ti.
La elección no fue casual. Mientras Emery y Lyra eran pilares fundamentales en la gestión y la sanación, aunque Emery también usaba magia de ataque. Dorotea era una tormenta en el campo de batalla, maestra en el uso de la espada y la lanza. Freya, por su parte, había dejado atrás la fragilidad de su pasado como “santa” protegida para convertirse en una arquera letal bajo la tutela de Darren. El deseo de ser útil a su prometido había transformado su miedo en una precisión gélida.
Amelia, con su agilidad sobrehumana y su dominio combinado de esgrima y magia, lideraría el grupo. Antes de que partieran, Darren la llevó a un rincón apartado del estudio. Le susurró unas palabras a su oído, un recurso de última instancia que solo debía ser utilizado si toda esperanza se desvanecía. Un secreto compartido que sellaron con un beso cargado de promesas y una despedida que Amelia se encargó de hacer inolvidable, agotando las energías de Darren hasta el último segundo antes de partir.
Con el vehículo listo, partió el grupo de chicas, dejando el castillo sumido en silencio. Emery y Lyra, aunque extrañaban a sus compañeras, no pudieron evitar una chispa de alegría egoísta al saber que tendrían a Darren solo para ellas. Para ellas, este tiempo era una oportunidad de tenerlo para ellas. Mientras que el hecho de que Darren no pueda irse lejos del condado, aseguraba de que no hubiera más prometidas.
Darren, para mitigar la ausencia de sus chicas, se volcó en el trabajo. Administrando y gestionando los negocios comerciales en la zona, transformando la economía del condado. Al haber creado los edificios para los comercios; generaría empleos y cambiaría la mentalidad de aquel condado acostumbrado a la servidumbre, enseñándoles que el comercio y el servicio podían ser motores de libertad.
Sin embargo, la paz duró poco. Al segundo día, dos niños exhaustos y cubiertos de polvo llegaron a las puertas del castillo. Sus voces, rotas por el llanto, pedían auxilio para su aldea, que llevaba tres días bajo el asedio constante de hordas de goblins. Los guardias reales, todavía anclados en la arrogancia y la negligencia causados por la antigua administración, intentaron echarlos, considerándolos una molestia.
Darren, al enterarse, bajó personalmente a la entrada. Su voz resonó con una autoridad que hizo temblar a los soldados. —¡Escuchen bien! —bramó ante los guardias—. Si vuelvo a ver que le cierran la puerta a alguien que busca auxilio, no solo perderán su cargo, sino que conocerán personalmente lo que significa la justicia de este condado. Aquí servimos al pueblo, no nos servimos de él.
Aunque lo normal en la nobleza, es recurrir al gremio de mercenarios, Darren considera que les tomaría demasiado tiempo que hubiera alguien que quisiera ir. Además, no acudirían rápido. Viendo una oportunidad. Reunió a veinte de sus guardias, hombres que se veían disgustados ante la idea de “ensuciarse” en una misión de rescate menor.
—Se quejan de ir a cazar goblins —dijo Darren, mientras Emery y Lyra erguidas a su lado, listas para el combate—. Pero entiendan esto. Su deber como soldados es defender a los más débiles, si no quieren acatar ello, no tienen lugar en mi ejército. Consideren esto como su entrenamiento, y será mejor que se aseguren de entrenar a diario, pues se han vuelto débiles. Den su mejor esfuerzo, porque los goblins no tienen piedad, y si fallan, no regresarán con vida.
Con el peso de la responsabilidad y la adrenalina de la batalla que está por venir, Darren se puso en marcha. Este era el primer paso para forjar un ejército honorable para el bien del pueblo. Mientras que muy lejos de ahí, Amelia se adentraba en lo desconocido buscando la salvación de su amado.
Darren preparó el autobús en el que todos se transportarán en el viaje hacia la villa. Los niños ya estaban acomodados en sus asientos, curiosos y participativos, dirigiendo por el camino al conductor mientras disfrutaban del trayecto. Entre risas y exclamaciones, quedaban absortos observando el paisaje que se desplegaba a través de las ventanas, saboreando la experiencia de moverse en un autobús de lujo, dejando atrás la incomodidad de una carreta. Incluso los soldados, curtidos en otras circunstancias, no podían ocultar su asombro al viajar en aquel majestuoso vehículo.
Finalmente, con los ánimos más serenos y la sensación de comodidad expandiéndose entre el grupo, la tensión latente volvió a sus pensamientos. Los goblins, criaturas humanoides de carácter salvaje, dotadas de gran fuerza y agilidad, representaban un peligro considerable. A pesar de su carencia de estrategia o disciplina militar, el grupo sabía que enfrentarlos en combate no sería tarea fácil.
El trayecto hacia la villa resultaba sorprendentemente tranquilo, mucho más de lo habitual. Al volante iba un soldado, quien había aprendido a conducir durante el tiempo en que Darren llegó al condado. Su habilidad al manejar no solo era efectiva, sino también inspiradora, motivando a más hombres a interesarse en aprender esta destreza. Aprovechando la ocasión, Darren utilizaba su poder para transformar el áspero camino de terracería en una moderna carretera pavimentada mientras avanzaban por la ruta. Por la situación, a los niños les había tomado tres días extenuantes de viaje, pero para ellos se resumía en apenas unas horas a bordo del imponente vehículo motorizado, marcando una diferencia notable en comodidad frente al antiguo y tedioso traslado en carreta.
Al llegar, el silencio de la aldea se rompió con un grito de terror. Los aldeanos, al escuchar el ruido del motor y ver la mole de metal aproximarse, creyeron que un monstruo venía a devorar lo poco que les quedaba. Pero el miedo se transformó en un suspiro de alivio colectivo cuando las puertas se abrieron y descendieron soldados con el emblema del condado, liderados por un hombre cuya presencia irradiaba una calma sobrenatural. Rudolf, el jefe de la villa, se adelantó con lágrimas en los ojos al ver a los niños que habían enviado como última esperanza, regresar sanos y salvos.
La realidad de la villa era desgarradora: veintisiete almas viviendo en chozas de paja, protegidas apenas por troncos mal clavados. Siete hombres, cinco mujeres jóvenes, seis ancianos y nueve niños eran todo lo que quedaba de una comunidad que antes superaba los sesenta. Los goblins no solo mataban; robaban el futuro de aquel lugar.
Esa misma tarde, cinco exploradores goblins intentaron un ataque. Los guardias, ansiosos por demostrar su valía ante Darren, los abatieron con una facilidad que rayaba en la arrogancia. Pero Darren sabía que aquello era solo el preludio.
—Si ninguno regresa, el clan vendrá con todo lo que tiene —advirtió Darren, observando el horizonte con ojos de estratega.
Sin perder un segundo, Darren se puso a trabajar. Los aldeanos observaban, petrificados por el asombro, cómo aquel hombre, no solo daba órdenes, sino que se arremangaba y hundía las manos en la tierra. Con una maestría mágica que desafiaba la lógica, elevó los muros, cavó un foso profundo y ancho alrededor del perímetro y erigió torres de vigilancia equipadas con ballestas fijas. La madera vieja fue reemplazada por vigas tratadas para resistir el tiempo y el fuego. Pero Darren no se detuvo en las defensas; transformó las chozas en viviendas dignas, enseñando a los aldeanos que su vida tenía valor. Al descubrir que se trataba nada menos que del propio regente de aquel territorio, quedaron profundamente asombrados, ya que ningún noble solía brindarles la consideración que merecían. A partir de ese momento, comenzaron a mirar al Conde con una perspectiva completamente distinta. Emery y Lyra, moviéndose entre la gente con una gracia inspiradora, no sólo curaban heridas, sino que enseñaban higiene y primeros auxilios, devolviéndoles la dignidad que el miedo les había arrebatado.
La paz, sin embargo, fue efímera. El tañido frenético de la campana de alarma cortó el aire. Darren, en un movimiento que desafió la gravedad, dio un salto prodigioso desde el suelo hasta lo más alto de la torre principal.
Desde allí, la vista era aterradora. No eran unos pocos goblins; era el clan entero, una marea verde y oscura que avanzaba con una velocidad antinatural. Y a la cabeza, los “Altos Goblins”, criaturas más grandes, inteligentes y letales.
—¡A sus puestos! —bramó Darren—. ¡Hoy no caerá ni un solo muro!
Los soldados, presa del pánico inicial, fallaban sus tiros de arco. Fue entonces cuando Emery y Lyra se convirtieron en el corazón de la defensa. Emery, con una elegancia que parecía una danza de muerte, disparaba flechas imbuidas en magia de ataque; cada proyectil que soltaba encontraba el ojo de un enemigo, estallando en ráfagas elementales que diezmaban las filas delanteras. A su lado, Lyra era la imagen de la serenidad absoluta. Sus flechas eran susurros letal que nunca erraban el blanco, mientras su voz, clara y firme, guiaba a los soldados, infundiéndoles un valor que no sabían que poseían. En contraste con su imagen inocente y dulce de niña tierna.
Darren observaba, limitando su propio poder. Podría haber terminado la batalla en un parpadeo, pero sabía que este pueblo y estos soldados necesitaban aprender a luchar. Necesitaban ser fuertes para el día en que él ya no estuviera. Aun así, cuando los Altos Goblins comenzaron a lanzar a los más pequeños por encima de los muros como proyectiles vivos, Darren supo que el juego había terminado.
Los goblins caían dentro del recinto, y los aldeanos, armados con las espadas y lanzas que Darren les había entregado, se unieron a los soldados en una lucha desesperada por sus hogares. Darren, viendo cómo los Altos Goblins alzaban sus enormes escudos para resistir las flechas, soltó su arco.
En un leve brillo dorado, materializó una lanza de leyenda. El asta, grabada con dragones chinos que parecían cobrar vida bajo sus dedos, terminaba en una punta de doble filo, afilada como el mismo destino, coronada por un penacho negro que ondeaba como una bandera de guerra.
—¡No se rindan! —ordenó Darren, su voz cargada de una emoción épica que hizo vibrar el aire—. ¡Yo soy el muro que protege las almas débiles de este mundo! —musitó.
Con la lanza en alto y el brillo del heroísmo en sus ojos, Darren se preparó para descender al caos, mientras Emery y Lyra, desde las alturas, cubrían su avance con una lluvia de fuego y acero, convirtiendo aquella masacre en una emocionante aventura.
Darren descendió como un meteoro sobre la horda. Al impactar, la tierra misma se estremeció bajo sus pies, creando una onda de choque que derribó a los goblins más cercanos como si fueran simples muñecos de paja. Con un movimiento fluido y letal, su lanza trazó un arco de muerte, barriendo a los enemigos caídos antes de lanzarse en una carrera frenética hacia los Altos Goblins. Cada estocada era un rayo de precisión; cada giro, una barrera de acero que perforaba armaduras y carne con una facilidad aterradora.
Sin embargo, la batalla dio un giro siniestro. De entre las sombras del bosque emergió un grupo de criaturas que helaron la sangre de los soldados. Eran goblins, pero de una estirpe olvidada: de piel negra como el carbón, rostros grotescos y ojos inyectados en una sed de sangre pura. Portaban cuchillas largas y curvas, tan afiladas que parecían cortar el aire mismo. Y tras ellos, una horda de goblins cubiertos de escamas como las de un dragón, cuyos rostros carecían de ojos, guiándose por un instinto depredador que Darren nunca había enfrentado.
Una flecha silbó a milímetros de la mejilla de Darren, impactando de lleno en la frente de un goblin de escamas. El sonido no fue de carne desgarrada, sino de metal chocando contra piedra; la flecha rebotó inútilmente. Darren arremetió con su lanza, pero la punta se deslizó sobre las escamas como si golpeara un diamante. En un parpadeo, los Goblins Negros se lanzaron sobre él con una velocidad que desafiaba sus reflejos. Una de sus cuchillas pasó rozando su costado, pero topando en sus ropas, pero al tener hechizos de resistencia a cortes y perforaciones, no le causó daño, pero recordándole que, en este mundo, la confianza podía ser mortal.
—Son… fuertes —murmuró Darren, retrocediendo para ganar espacio—. Su sed de sangre es aterradora.
A pesar de sus limitaciones, Darren se sumergió en el flujo del combate. Usando su lanza no solo como arma, sino como una extensión de su voluntad, alternaba entre ataques y fintas, midiendo la fuerza de sus nuevos oponentes. En un movimiento desesperado, imbuyó su lanza con un hechizo explosivo y la lanzó como una jabalina divina. El impacto contra el líder de los goblins de escamas provocó una explosión que iluminó el campo de batalla, levantando una densa nube de polvo y escombros.
Cuando el polvo se disipó, la tensión se volvió asfixiante. Los goblins de escamas seguían en pie, aunque sus corazas presentaban fisuras profundas. Dos de los Goblins Negros habían sido desintegrados, pero los supervivientes, aun con extremidades mutiladas, seguían avanzando con una ferocidad inhumana. Aquella explosión habría aniquilado a un ejército entero, pero estas criaturas eran algo más que simples monstruos.
Mientras tanto, a leguas de distancia, en los límites del Reino de Waltzovia, Amelia, Dorotea y Freya se adentraban en la penumbra de los bosques élficos. El aire allí era denso, cargado de una magia ancestral que hacía vibrar la piel. Amelia, gracias a su visión especial, pudo ver lo que para otros no era evidente a la vista normal, volviendo invisible a la ciudad élfica: una barrera translúcida que protegía el corazón del bosque. Al otro lado, figuras esbeltas y letales las observaban con arcos tensos.
Una figura encapuchada cruzó la barrera, su voz femenina resonando con una autoridad gélida.—¿Quién eres tú, humana? ¿Cómo es que posees la visión de mi gente?
Dorotea y Freya permanecieron en silencio, incapaces de comprender el lenguaje musical y complejo de los elfos. Pero Amelia, que había aprendido sus secretos durante su tiempo como esencia etérea, respondió con una reverencia solemne.
—Soy Amelia. Ellas son las princesas Dorotea y Freya. Venimos buscando la sabiduría que solo su pueblo conserva. Necesitamos su guía para salvar lo que más amamos.
La elfa no bajó su guardia.
—Tus ojos no son humanos, y tu cuerpo emana una magia que no pertenece a este plano. ¿Qué eres en realidad?
—Este cuerpo fue forjado con magia y mi alma ha renacido —respondió Amelia con sinceridad—. No busco engañarlos, solo busco esperanza.
La tensión en el aire era casi palpable. Los arqueros élficos no apartaban sus flechas del pecho de Amelia. Fue entonces cuando ella recordó las palabras que Darren le había confiado en secreto antes de partir.
—¡Pachacútec, clamo tu ayuda en nombre de Darren! —exclamó Amelia.
En ese instante, un brillo dorado estalló desde su pecho, iluminando el bosque con una luz divina. Los elfos, ante la visión de aquel poder antiguo, bajaron sus armas y se arrodillaron en una reverencia profunda. Amelia sintió el calor de los fragmentos del escudo divino que Darren, en su infinita sabiduría y amor, había detectado en ella mucho antes de que ella misma lo supiera. Un sentimiento de culpa y gratitud la inundó; él lo sabía todo y, aun así, la dejó partir con ese poder como su última defensa.
—”Amado esposo, te recompensaré con creces cuando regrese a tu lado” —pensó Amelia, mientras la luz se desvanecía.
La elfa encapuchada retiró la tela, revelando un rostro de una belleza sobrenatural y ojos cargados de una nueva reverencia, en color verde menta.—Perdona mi desconfianza, portadora de la luz. Soy Aerin Aeyliros, princesa del reino de Lothlórien. Si vienes en nombre de aquel que porta la marca de los dioses, nuestro hogar es el tuyo.
El campo de batalla se había convertido en un torbellino de caos y destrucción. En lo alto de la fortaleza, Emery era una visión de poder destructivo; sus manos, envueltas en el fulgor de fórmulas mágicas, lanzaban hechizos de alto nivel que estallaban entre las filas enemigas con la fuerza de volcanes en erupción. Cada ataque de ella era un respiro para los soldados. Mientras tanto, Lyra se movía con una serenidad casi divina entre los heridos resultantes de la batalla del interior de los muros. Sus manos, bañadas en una luz cálida y sanadora, cerraban heridas que parecían mortales, devolviendo la esperanza a pobladores y soldados que lucharon con la horda de goblins. Mientras que los que atacaban a los goblins en el exterior de los muros, sólo podían atacar desde la distancia, temiendo ante los temibles enemigos que Darren enfrentaba en solitario.
A lo lejos, Darren era una sombra letal en medio de la marea verde. Al ver que su lanza era inútil contra la coraza de los goblins de escamas, desenvainó un par de dagas de diamante puro. Imbuidas con magia de penetración absoluta, veneno y ácido corrosivo, las dagas trazaban estelas de luz mientras Darren esquivaba los ataques frenéticos de los Goblins Negros. Era una danza al borde del abismo; cada movimiento debía ser perfecto, cada estocada, metódica.
Pero la horda parecía infinita. Los goblins normales seguían brotando de la espesura como una plaga imparable. Al reconocer en Darren la mayor amenaza, los enemigos se concentraron en él, atacando en oleadas exhaustivas que buscaban asfixiarlo por puro número. Darren sentía el peso de la fatiga en sus músculos, el sudor nublando su vista y el aire quemando sus pulmones. Podría haber terminado con todo si liberara su poder divino o su magia del vacío, pero se contenía, temiendo las consecuencias de desatar aquel poder sobre su cuerpo.
Rodeado y al límite de sus fuerzas, Darren tomó una decisión desesperada. Recordó las palabras de Amelia, su advertencia sobre una magia tan avanzada que rozaba lo prohibido. Si su magia ordinaria era destructiva, esta invocación sería el fin de todo lo que tocara.
—¡Dios del Trueno! —bramó Darren, su voz resonando por encima del estruendo de la batalla.
En un instante, el cielo se tiñó de un negro profundo, como si la noche estuviera en su apogeo. Las nubes se arremolinaron en un vórtice violento, y una tormenta eléctrica de proporciones apocalípticas se desató sobre el valle. Rayos de un azul cegador descendieron como lanzas divinas, golpeando la tierra con una potencia letal. En un radio de ochocientos metros, los goblins normales, los altos y los negros fueron reducidos a cenizas en un parpadeo. Solo los goblins de escamas permanecieron, aturdidos y tambaleantes, pero aún en pie.
La fatiga de Darren era ahora una agonía física. Sus manos temblaban, pero su voluntad seguía intacta. Al darse cuenta de que los goblins con escamas representaban una amenaza inminente y su último hechizo había fallado, comprendió que lo inevitable estaba por suceder, sino se decidía ya. Extendió su mano derecha con una firmeza que desafiaba a la muerte misma. Frente a su palma, una esfera de energía púrpura y negra comenzó a latir, distorsionando el espacio a su alrededor. Al mismo tiempo que un círculo de oscuridad absoluta envolvió a los supervivientes escamados en un radio de cien metros.
Desde la muralla, Emery sintió un frío glacial recorrer su espina dorsal al ver aquella energía. Conocía ese hechizo; lo había visto antes y sabía que era el último recurso de su esposo, su ataque más devastador y peligroso.
—¡No, Darren! —susurró Emery, con el corazón encogido—. ¡Cero Absoluto!
Un resplandor de una magnitud aterradora iluminó el horizonte, borrando la realidad por unos segundos. Fue un estallido de silencio y vacío que consumió todo rastro de los goblins de escamas, dejando tras de sí un cráter de quietud absoluta.
Cuando el círculo de energía desapareció y la luz se desvaneció, el campo de batalla quedó sumido en un silencio sepulcral. Emery buscó desesperadamente la figura de su esposo entre el humo y el polvo que se asentaba. Su corazón se desmoronó cuando, en el centro del cráter, vislumbró una figura solitaria yaciendo inmóvil en el suelo.
—¡DARREN! —El grito de Emery desgarró el aire, cargado de un dolor y un miedo que ninguna magia podría sanar. Aquello provocó un profundo dolor agudo en su vientre, mientras que percibía un sangrado correr por sus piernas.
La victoria había llegado, pero el precio parecía ser una vida, dejando el destino suspendido en un hilo de incertidumbre mientras el cielo, aun nublado por el ataque de Darren, comenzaba a despejarse.
A lo lejos, Amelia, Dorotea y Freya notaron un escalofrío recorrerles la espalda. Sin embargo, nunca imaginaron la verdadera razón detrás de aquello.
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