La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 40
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- Capítulo 40 - 40 Capítulo 40 Por un mañana juntos
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40: Capítulo 40: Por un mañana juntos 40: Capítulo 40: Por un mañana juntos Darren despertó en un mundo que ya no le pertenecía, pero que su corazón aún reclamaba.
El sonido incesante de la alarma no era un aviso de peligro, sino el preludio de un domingo cualquiera.
A su lado, Mónica dormía con una serenidad que le robó el aliento; su esposa, el ancla de su vida pasada, era una visión de paz en medio de la tormenta que habitaba en su mente.
La puerta se abrió de golpe y sus hijos entraron como un torbellino de risas y energía, saltando sobre la cama con la urgencia de quienes saben que el parque los espera.
—Shhh, dejen que mamá descanse —susurró Darren, depositando un beso tierno en la frente de Mónica antes de dejarse arrastrar por la alegría de sus pequeños.
La mañana transcurrió entre balones pateados al aire, columpios que iban y venían entre risas alegres, para después, al volver a casa, el aroma dulce de los panqueques con miel de maple, cajeta o crema de avellana y chocolate que Darren preparó para ellos.
Demostró su talento creativo transformando la masa en figuras que, con un toque de imaginación, cobraban forma de dinosaurios, dragones, gatos y osos.
Mónica bajó finalmente, radiante, lista para el maravilloso día que aún les aguardaba.
Darren observaba a su familia, sintiendo el calor de su hogar y el roce de las manos de sus hijos, deseando con cada fibra de su ser que ese momento fuera eterno.
Pero en el fondo de su alma, una voz gélida le susurraba que aquello era un espejismo, un regalo de su subconsciente antes de que la oscuridad lo reclamara de nuevo.
Era tiempo de despertar, aunque el despertar significaba perderlo todo otra vez.
Mientras tanto, en los confines del mundo conocido, más allá del continente de Laurasia, el antiguo continente de Ur se estremecía.
Los demonios, una estirpe de guerreros liderados por un Emperador Supremo y sus cuatro Reyes demonios, habían mantenido una paz tensa con la humanidad durante siglos.
Pero esa paz fue hecha añicos por dos sombras que portaban armas de un poder divino: un arco que no erraba y una daga que cortaba el destino mismo, además del control de espíritus caídos.
Aprovechando la ausencia del Emperador, los invasores diezmaron a la guardia real y secuestraron a la princesa, la joya de la corona demoníaca.
Al regresar y encontrar su hogar profanado, el Emperador no estalló en una ira ciega; en su lugar, una frialdad absoluta emanó de su trono.
Ante un ejército de cien mil almas —demonios, orcos, goblins y dragones que cubrían el horizonte—, su voz resonó como un trueno: —No descansaremos hasta que los confines de la tierra ardan bajo nuestros pies.
Encontraremos a mi hija, y el mundo humano conocerá el precio de su osadía.
La guerra ha comenzado.
En el corazón del bosque de Lothlórien, Amelia y su grupo se encontraban ante una presencia que desafiaba la comprensión humana.
El Rey Earendil, padre de la princesa Aerin, los recibió con una mirada que contenía diez mil años de historia.
Amelia lo reconoció de inmediato; era el mismo ser que había visto en sus días como esencia etérea, un guardián de secretos que el tiempo había olvidado.
—La “Lágrima Carmesí” —murmuró el Rey Earendil, su voz como el susurro de las hojas—.
Es el fruto del Gran Árbol de la Sabiduría, una esencia que solo madura una vez cada milenio.
Poseemos una, pero su valor es incalculable.
Si desean que este tesoro cure a su señor, primero deberán demostrar que sus almas son dignas de tal sacrificio.
La misión que les encomendaré no tiene retorno para los débiles de corazón.
Pero mientras Amelia buscaba la salvación en los bosques antiguos, la tragedia golpeaba con una crueldad insoportable en la fortaleza.
Lyra se encontraba sola, luchando contra una marea de dolor que amenazaba con ahogarla.
Darren yacía inconsciente, su cuerpo agotado por el uso de magias prohibidas, pero el verdadero horror estaba en la habitación de al lado.
Emery, la mujer fuerte y decidida que siempre había sido el apoyo de Darren, se desmoronaba.
El estrés de la batalla, el miedo por la vida de su esposo y la violencia del asedio habían sido demasiado para su cuerpo.
En medio de la noche, el milagro que crecía en su vientre se había apagado.
El aborto espontáneo dejó a Emery sumida en un silencio sepulcral, con los ojos vacíos fijos en un techo que parecía caerse sobre ella.
Lyra, con las manos temblorosas y el rostro bañado en lágrimas, intentaba sanar lo que no tenía cura, sintiendo el peso de un mundo que se caía a pedazos mientras el hombre que podía salvarlas seguía atrapado en sus sueños de un pasado que nunca volvería.
Darren seguía sumergido en el cálido abrazo de sus recuerdos, un refugio donde el tiempo no tenía garras y el dolor era una palabra olvidada.
En su sueño, el sol de un domingo eterno bañaba el rostro de Mónica, cuya risa era la única melodía que deseaba escuchar por el resto de la eternidad.
Sus hijos corrían a su alrededor, sus voces llenas de una vitalidad que le hacía olvidar la oscuridad que lo acechaba en el mundo real.
De vez en cuando, una voz lejana y cargada de angustia resonaban en el aire, como un eco de otra vida, pero Mónica le tomaba la mano con una ternura tan real que el misterio se desvanecía, reemplazado por el deseo egoísta de no despertar jamás.
Mientras tanto, Amelia, Dorotea y Freya se adentraban en la misión que los elfos les habían encomendado.
El objetivo era acabar con un clan de goblins que acechaba a una distancia, aunque retirada, pero su amenaza por el odio de los goblins hacia ellos, les ponía en grave peligro.
Además, una estirpe de criaturas cuya ferocidad y resistencia desafiaban cualquier arma convencional.
Partieron en su búsqueda y, gracias al todoterreno, llegaron a la ubicación marcada en el mapa en muy poco tiempo.
Al entrar en la cueva, el horror las recibió: un lugar de muerte donde montones de cuerpos, yacían inertes.
En unas jaulas, encontraron a tres mujeres que permanecían con vida, rodeadas de los restos de más personas que no habían corrido la misma suerte.
Dorotea, con una rapidez gélida, liberó a las cautivas con su espada, mientras Freya usaba su magia para cerrar sus heridas físicas, aunque las del alma tardarían mucho más en sanar.
—Llevan días atacando nuestro pueblo —sollozó una de las mujeres—.
Ayer salieron todos…
pero ninguno ha vuelto.
El pánico se apoderó del grupo.
Si el clan entero se había dirigido al pueblo, temían encontrar solo cenizas.
Pero al aproximarse, la sorpresa fue absoluta.
El humilde pueblo ya no existía; en su lugar se alzaba una fortaleza de piedra, una obra maestra de ingeniería más avanzada para la época.
Reconociendo que debía ser obra de Darren.
El campo de batalla alrededor de los muros era un cementerio de goblins, un testimonio mudo de la carnicería que allí había ocurrido.
Al cruzar las puertas, los guardias las recibieron con respeto, pero sus rostros estaban sombríos.
Germán, el jefe de la villa, se adelantó para darles las noticias que les helaría la sangre.
—El Conde Darren…
cayó tras la batalla.
Lady Lyra se lo llevó al castillo junto a la Princesa Emery.
Ella…
ella trágicamente perdió al niño en medio del caos.
El shock fue como un golpe físico.
Sin decir palabra, las chicas corrieron hacia el todoterreno, arrancando a toda velocidad.
El viaje de regreso fue un silencio cargado de súplicas silenciosas.
Al llegar al castillo, la escena era desoladora.
En su habitación, Emery estaba sumida en un letargo de dolor, con los ojos fijos en la nada.
Freya intentó usar su magia divina, pero aunque el cuerpo de Emery sanó, su alma seguía rota, sangrando por la pérdida de su hijo.
En la habitación de Darren, encontraron a Lyra.
Su rostro estaba demacrado, con ojeras profundas que demostraban que el cansancio le había ganado, pues lo más probable es que no había podido dormir.
Se había quedado dormida con la cabeza apoyada en el pecho de Darren, como si quisiera escuchar el último rastro de vida en él.
Freya lanzó un hechizo de sanación divina sobre ambos, devolviendo el color a sus mejillas y permitiendo que Lyra despertara.
Al ver a sus amigas, se fundieron en un abrazo desesperado, una unión de lágrimas y esperanza contenida.
Fue en ese momento cuando una luz dorada comenzó a emanar del pecho y brazo de Darren.
En su sueño, las voces de Amelia, Lyra, Dorotea y Freya resonaron con una claridad cristalina.
Le hablaban de su amor, de cuánto lo necesitaban, pero sobre todo, le hablaban de Emery.
Le decían que ella se estaba marchitando, que la pérdida del bebé la estaba arrastrando a un abismo del que solo él podía rescatarla.
Darren miró a su familia en el sueño.
Mónica le apretó la mano, con lágrimas en los ojos, suplicándole que no los dejara, que se quedara en ese paraíso eterno.
El corazón de Darren se partió en mil pedazos.
—Niños…
lo siento tanto —dijo Darren, arrodillándose para abrazar a las proyecciones de sus hijos—.
Los extraño con cada fibra de mi ser.
Daría cualquier cosa por volver con ustedes, e incluso me quedaría en esta ilusión para toda la vida.
Pero hay personas que dependen de mí…
una mujer que me necesita más que a su propia vida.
Luego se puso en pie y miró a Mónica a los ojos.
—Mónica, te amo más que a mi propia existencia.
Seguir sin ti ha sido la prueba más dura de mi vida.
Quisiera quedarme aquí, aunque sea una mentira, pero mi lugar está allá afuera.
Hay un mundo que salvar y un corazón que sanar.
Te amé, te amo y te amaré por siempre, pero debo despertar.
Encontraré la forma para volver a verte en la realidad.
Con un último beso cargado de promesas y despedidas, Darren soltó la mano de su pasado.
La luz dorada lo envolvió por completo, borrando el parque, los columpios y la risa de sus hijos, mientras su conciencia comenzaba el doloroso ascenso hacia la realidad, impulsado por el amor de las mujeres que lo esperaban al otro lado del velo.
En el instante en que Darren abrió los ojos, el aire en la habitación pareció volverse más ligero.
Las chicas, que habían contenido el aliento durante lo que parecieron siglos, se lanzaron hacia él en un mar de lágrimas y alivio.
Darren las rodeó a las cuatro con sus brazos, sintiendo el calor de sus cuerpos y la sinceridad de su amor.
—Gracias…
gracias por traerme de vuelta —susurró, con una voz que aún conservaba el eco de sus sueños.
Pero su mente no tardó en buscar a la pieza que faltaba.
Con un esfuerzo que hizo temblar sus músculos, Darren se puso en pie.
Las chicas lo siguieron en silencio, manteniendo una distancia respetuosa mientras entraban en la habitación de Emery.
Allí estaba ella, una sombra de la mujer vibrante que solía ser, acurrucada en un rincón de la cama con la mirada perdida en un horizonte que solo ella podía ver.
Darren se acercó con una ternura infinita y la rodeó con sus brazos.
Al sentir su contacto, Emery se tensó, pero él no la soltó.
Se inclinó hacia su oído, dejando que su aliento cálido rozara su piel.
—Amada esposa…
sé que el silencio de tu vientre te desgarra el alma.
Lamento con todo mi ser no haber estado allí para protegerte, para sostener tu mano cuando el mundo se oscureció.
Pero he vuelto, Emery.
He vuelto por ti y para ti.
No dejes que el dolor te consuma en soledad; déjame entrar en tu duelo, déjame llorar contigo.
Vuelve a mí, por favor.
Las palabras de Darren fueron la llave que abrió la presa.
Emery reaccionó, aferrándose a sus ropas con una fuerza desesperada.
El llanto que había estado contenido por horas estalló en un sollozo desgarrador que sacudió todo su cuerpo.
Se refugió en el pecho de su esposo, escuchando el latido sereno de su corazón, un ritmo que le devolvía la paz y le confirmaba que, a pesar de todo, él no la culpaba.
En ese abrazo, Emery encontró la fuerza para empezar a recoger los pedazos de su alma rota.
Sin embargo, la calma fue un espejismo.
Freya, con su agudeza de sanadora, notó un sudor frío y extraño perlado en la frente de Darren.
Amelia también lo advirtió; conocía demasiado bien la fragilidad de su salud tras el uso de la magia del vacío.
Darren, sintiendo que el mundo empezaba a girar de nuevo, luchó por mantener la compostura.
No quería que Emery viera su debilidad, no ahora que ella apenas empezaba a respirar.
—Iré a la cocina…
prepararé algo para todos —dijo con una sonrisa forzada, alejándose antes de que pudieran protestar.
Los minutos pasaron y el silencio se volvió asfixiante.
La preocupación creció como una sombra en la habitación hasta que Dorotea, incapaz de esperar más, se ofreció a buscarlo.
Al llegar a la cocina, la escena la dejó petrificada: Darren estaba recostado, con la cabeza en el regazo de una sirvienta que intentaba despertarlo con desesperación.
Por un segundo, un aguijón de celos punzó el corazón de Dorotea, pero al ver el rostro pálido y ceniciento de Darren, la rabia se transformó en un terror gélido.
Sin perder un segundo, Dorotea cargó a Darren sobre sus hombros y lo llevo a duras penas, su fuerza de guerrera impulsada por la adrenalina.—¡Llama a las demás señoras!
—le ordenó a la sirvienta—.
¡Diles que nos vemos en el vehículo ahora mismo!
La noticia golpeó a Emery como un rayo.
El miedo que había sentido al verlo caer en la batalla regresó con una fuerza redoblada.
Corrió hacia el todoterreno con el corazón martilleando en sus oídos, diciendose a ella misma: —”No puedo perderlo, no despues de todo lo ocurrido”.
Era seguida de cerca por las demás chicas.
Al llegar, encontró a Darren recostado en la cama del todoterreno, con Dorotea a un lado de el, tratando de recuperar el aliento.
Emery se lanzó a su lado, rodeándolo con sus brazos, sintiendo la frialdad de su piel.
La culpa la golpeó con una verdad cruel: Darren había agotado sus últimas reservas de energía solo para consolarla a ella, ignorando su propio estado crítico.
Sin intercambiar una sola palabra, el motor del todoterreno rugió y arrancaron a toda velocidad hacia el bosque élfico.
La tensión en el interior era tan densa que nadie decia una sola palabra.
Todas sintiendo la culpabilidad de haber olvidado el motivo de su viaje.
Al llegar a los límites de Lothlórien, incluso en medio de su angustia, Emery y Lyra quedaron mudas de asombro.
Ante ellas se desplegaba un paisaje de ensueño: árboles colosales cuyas copas parecían sostener el mismo cielo, entrelazándose con las nubes en una danza eterna.
Las viviendas élficas, una mezcla ingeniosa de chozas rústicas y elegantes estructuras suspendidas entre las ramas, hablaban de una armonía perfecta con la naturaleza.
Los elfos, vestidos con sencillez y armaduras ligeras diseñadas para la agilidad, las observaban con una mezcla de curiosidad y respeto.
Pero para las chicas, la belleza del bosque era solo el telón de fondo de una carrera contra el tiempo para salvar la vida del hombre que era su mundo entero.
El grupo se adentró en el corazón de Lothlórien, guiado por la princesa Aerin y su guardia de honor.
El camino culminó en un balcón de piedra blanca suspendido sobre un abismo, desde donde una cascada colosal rugía con una fuerza que hacía vibrar el aire.
Darren, cuyo cuerpo inerte era sostenido por Dorotea y Amelia, parecía una sombra de sí mismo.
A pesar de su inconsciencia, su rostro estaba contraído en una mueca de agonía pura, un dolor que emanaba de lo más profundo de su ser y que Amelia sentía como un puñal en su propio pecho.
Con un gesto rápido, Amelia conjuró un taburete de madera entrelazada para recostarlo con la delicadeza que se le debe a un tesoro.
En el balcón los esperaba el Rey Earendil, cuya presencia era tan imponente como los árboles milenarios que lo rodeaban.
Las chicas se inclinaron en una reverencia solemne, y Amelia estaba por presentar a Emery y Lyra, pero antes de que ella pudiera articular palabra, el Rey la interrumpió con una sonrisa cargada de un escepticismo mordaz.
—¿Han regresado tan pronto?
—preguntó el monarca, su voz compitiendo con el rugido del agua—.
Espero que traigan pruebas de su éxito, o habrán desperdiciado mi tiempo y el de mi hija.
Amelia asintió, aunque su mente estaba en el hombre que agonizaba a un lado.
Mientras los exploradores élficos partían para verificar la derrota del clan goblin, el Rey comenzó un interrogatorio implacable.
Emery y Lyra, con una mezcla de orgullo y temor, relataron la batalla, mientras Amelia traducía cada palabra, reviviendo la desesperación de ambas, al ver a Darren enfrentarse a los goblins negros y de escamas.
Al mencionar que Darren se vio obligado a desatar la magia del vacío para perforar lo impenetrable, el Rey Earendil guardó silencio, sus ojos fijos en el humano que poseía un poder que incluso los elfos temían.
Un poder que amenazaba la destrucción del mundo.
Fue entonces cuando Aerin se adelantó, sosteniendo entre sus manos una caja de mithril que brillaba con una luz propia.
Al abrirla, la “Lágrima Carmesí” reveló su esplendor, un fruto que parecía contener la esencia misma de la vida.
Pero al mirar a Darren, la frialdad habitual de la princesa se desmoronó.
Con una ternura que dejó atónitos a los presentes, Aerin se arrodilló a su lado y acarició su rostro con una delicadeza infinita.
—Padre…
—susurró Aerin, su voz cargada de una emoción que nunca antes había mostrado—.
No es solo un humano.
Es el hombre que ha habitado mis sueños desde que tengo memoria.
He visto su vida en este mundo y en el otro, he sentido su dolor y su soledad a través del tiempo y el mismo espacio.
Es el dueño de mi alma y corazón.
La confesión cayó como un rayo directo a su padre.
El Rey Earendil retrocedió, su rostro una máscara de asombro y preocupación.
Amelia, observando la escena, sintió una punzada de empatía; ella misma había esperado cinco mil años por ese hombre, y reconocía en los ojos de Aerin la misma devoción eterna.
Sin embargo, la tensión romántica fue cortada de tajo por un espasmo violento.
El cuerpo de Darren comenzó a temblar con una fuerza aterradora.
Mientras tosía pequeñas cantidades de sangre.
Las chicas se lanzaron sobre él para sujetarlo, temiendo que se lastimara contra el suelo de piedra.
Lyra y Freya usaron su magia sanadora con una urgencia desesperada, pero el dolor de Darren parecía inmune a sus hechizos.
Una energía eléctrica, púrpura y negra, comenzó a recorrer su piel, como si la convergencia de sus poderes estuviera desgarrando su cuerpo desde adentro.
—¡La fruta!
¡Denle la fruta ahora!
—gritó Emery, con la voz rota por el pánico.
Amelia, Emery y Dorotea intentaron forzar a Darren a morder aquel fruto, pero sus mandíbulas estaban selladas por la tensión de las convulsiones.
Sus ojos se abrieron, pero no había conciencia en ellos, sólo un vacío eléctrico que amenazaba con consumirlo todo.
Estaban frente a la cura, pero el hombre que la necesitaba estaba demasiado lejos para alcanzarla, atrapado en una agonía que desafiaba incluso a la magia más sagrada de los elfos.
Aerin observaba al hombre que, durante toda su milenaria existencia, había sido el protagonista silencioso de sus sueños.
El sentimiento que guardaba por él era un tesoro maravilloso, pero hasta ese instante, carecía de la forma de manifestarse en el mundo tangible.
Pero, ante su situación, en la que ni siquiera Lyra o Freya, con sus bendiciones divinas y magias de sanación, lograban apaciguar la tormenta eléctrica que desgarraba a Darren.
Con el corazón latiendo en un galope desbocado, Aerin entrelazó sus manos en un ruego ferviente dirigido al espíritu del Gran Árbol.
—Ayúdalo…
—suplicó en su mente—.
No permitas que esta luz se apague.
La respuesta del espíritu no fue un sonido, sino una vibración de sabiduría ancestral que resonó en sus huesos: “Es tiempo de que asumas tu papel, pequeña rama.
Demuestra que el sentimiento que guardas no es solo un eco del destino, sino amor verdadero”.
Armada con esa revelación, Aerin se volvió hacia Darren con una determinación inquebrantable.
Las protestas de su padre, el Rey Earendil, llenaban el balcón con advertencias sobre la fragilidad humana y el dolor inevitable de amar a alguien cuya vida es apenas un suspiro comparada con la de un elfo.
Pero Aerin lo interrumpió con una voz que no admitía réplica.
—Mi corazón ya le pertenece, padre.
Y aunque su vida sea breve como el vuelo de una mariposa, mi amor por él será eterno.
Prefiero un siglo a su lado que diez mil años de soledad.
Desde un rincón, Amelia escuchaba cada palabra, sintiendo cómo su propio corazón se contraía.
Comprendía a Aerin demasiado bien; compartían la misma devoción milenaria.
Sus labios temblaron mientras luchaba con un torbellino de celos y gratitud.
Sabía que no estaba dispuesta a compartir a Darren, pero en ese momento crítico, si ella podía salvar la vida de su amado, no se interpondría en su camino.
Aerin tomó la “Lágrima Carmesí” con una calma ceremonial.
Dio un mordisco a la fruta sagrada, saboreando su amargo y horrible sabor.
Triturándola con paciencia hasta convertirla en una esencia líquida y pura.
Luego, se inclinó sobre Darren con una lentitud que detuvo el tiempo.
Su cabello descendió como una cascada de seda sobre el hombro desnudo de él, y al cerrar los ojos, se entregó a la intensidad del momento.
Cuando sus labios se encontraron con los de Darren, no fue solo un beso; fue un acto de entrega, donde ella aceptaba atar su vida, a la de él.
Aerin dejó fluir el jugo de la fruta, usando su lengua con un movimiento calculado y tierno para asegurar que él recibiera la medicina sagrada.
En ese intercambio silencioso, ella no solo le entregaba el fruto, sino también sus emociones más profundas, su fuerza y su esperanza.
Las demás chicas observaban la escena, petrificadas.
Lyra estuvo a punto de intervenir, movida por un instinto de celos y pertenencia, pero Freya la detuvo con un gesto firme, recordándole que debía mantener el flujo de su propia magia para estabilizarlo.
Amelia, por su parte, frenó cualquier intento de Emery o Dorotea por romper el ritual, explicándoles en susurros cargados de resignación la conversación que Aerin y el Rey habían mantenido.
Aerin repitió el proceso varias veces, triturando la pulpa y ofreciéndosela a Darren a través de sus labios.
Con cada contacto, la vibración eléctrica que recorría el cuerpo de Darren comenzó a suavizarse.
Él, en su inconsciencia, respondió al llamado, aceptando la esencia que ella le brindaba en un espacio de comunión armoniosa, ajeno al tiempo y al mundo que los rodeaba.
En ese balcón suspendido sobre la cascada, el amor de una princesa elfa se convirtió en el puente que traería a Darren de vuelta desde el borde del abismo.
Aerin se inclinó sobre Darren, su voz un susurro cargado de una sinceridad que solo los siglos de soledad pueden forjar.
Le habló de su don, esa visión del futuro que había sido de ayuda para su pueblo pero la prisión de su alma.
Le confesó cómo su padre, el Rey Earendil, la retenía en Lothlórien únicamente por ese poder, ignorando que entre sus más de cien hermanos había diversos talentos, pero ninguno igual, solo similares.
Pero sobre todo, le confesó que su corazón, ese que los elfos decían que era de hielo, ya latía por alguien especial para ella, pero era un humano y su padre no permitía su unión.
Darren, en el umbral de la conciencia, respondió con una sabiduría que trascendía mundos.
Sus palabras, transmitidas en ese espacio místico entre la vida y la muerte, le recordaron que el amor de un padre es un laberinto de buenas intenciones y miedos profundos.
Le dijo que llegaría el momento en que las raíces debían soltar a las ramas para que estas pudieran tocar el cielo por sí mismas.
Poco a poco, la esencia de la “Lágrima Carmesí” comenzó a obrar su milagro.
Las convulsiones cesaron y el color regresó a las mejillas de Darren.
Lyra y Freya, agotadas por el uso incesante de su magia, se tambalearon, solo para ser reprendidas por Amelia con una severidad que ocultaba su propio alivio.
—Deben fortalecerse —sentenció Amelia—.
En este mundo, la magia sanadora no es un lujo, es la diferencia entre la vida y la muerte de quienes amamos.
Cuando Darren finalmente abrió los ojos, el mundo pareció recuperar su equilibrio.
Pero la paz fue efímera.
Aerin seguía allí, sus labios unidos a los de él en un beso que, lejos de terminar, se volvió más profundo y compartido.
Darren, al despertar y sentir la devoción en ese contacto, no la apartó; al contrario, la atrajo hacia sí, comprendiendo en ese instante todo lo que ella había sacrificado por él, no solamente en ese momento, sino durante su extensa vida.
Emery, al presenciar la escena, se dejó llevar por los celos y trató de abalanzarse para separarlos.
Sin embargo, Dorotea la detuvo con rapidez, imponiendo la fuerza de su determinación al comprender el temple de la princesa elfa.
Además, era consciente de cuándo una batalla estaba irremediablemente perdida.
Aerin se separó lentamente de Darren, dedicándole una mirada cargada de una ternura infinita.
Ambos se pusieron de pie, sosteniéndose el uno al otro.
En ese momento, un viento cálido y perfumado con la esencia del Gran Árbol descendió sobre el balcón, envolviendo a Darren y Aerin en un torbellino que los juntó.
Era la bendición del Árbol de la Sabiduría, una señal de aprobación divina que el Rey Earendil no pudo ignorar.
El monarca, al ver la felicidad radiante en el rostro de su hija, comprendió que retenerla sería condenarla a una eternidad de sombras.
El Rey Earendil, con un suspiro de resignación y respeto, anunció lo que Amelia tardó un momento en procesar: el Gran Árbol los había unido en matrimonio.
—Es nuestra ley más sagrada —explicó el Rey ante la demanda de Amelia—.
Cuando el espíritu del Árbol bendice una unión, sus almas quedan entrelazadas para siempre.
Cuando Amelia tradujo estas palabras, el caos estalló en el grupo.
Lyra, Dorotea y Freya, las prometidas que habían estado esperando pacientemente su turno para la ceremonia, se sintieron “saltadas” en la línea de sucesión matrimonial.
Sus argumentos y quejas llenaron el aire, pero Aerin, que aún no comprendía su lenguaje, solo las observaba con una sonrisa serena.
Para romper la última barrera, Aerin se acercó a Darren y unió su frente a la suya en un gesto de intimidad mágica.
En ese contacto, su mente absorbió el lenguaje de su esposo, permitiéndole finalmente comunicarse con sus nuevas compañeras.
—Hola —dijo Aerin, agitando su mano con una sonrisa radiante que iluminó el balcón—.
Soy Aerin Aeyliros, la esposa de Darren.
Y para sellar su declaración, volvió a besarlo frente a las atónitas miradas de las demás, dejando claro que, a partir de ese momento, el mañana que Darren buscaba ahora incluía a una princesa elfa que había esperado mil quinientos años por ese instante.
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