La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 41
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- Capítulo 41 - 41 Capítulo 41 Flor de Guerra
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41: Capítulo 41: Flor de Guerra 41: Capítulo 41: Flor de Guerra Tras el torbellino de emociones, por fin, el mal que consumía a Darren parecía haber retrocedido, dándoles un respiro para soñar con el futuro juntos.
Sin embargo, la paz fue un espejismo que se desvaneció con las palabras del Rey Earendil.
—No se confíen —advirtió el monarca, su voz grave resonando contra el rugido de la cascada—.
Darren ha consumido un fruto, pero su cuerpo posee múltiples núcleos de poder en conflicto.
Necesitará una fruta por cada uno de ellos para alcanzar el equilibrio total.
El desánimo cayó sobre el grupo como un manto de plomo.
La odisea apenas comenzaba.
Pero Aerin, con la determinación de quien ha esperado más de mil años por este momento, dio un paso al frente y tomó la mano de Darren.
—No teman —dijo con una sonrisa que irradiaba esperanza—.
Yo sé dónde se ocultan los demás Árboles Sagrados.
Yo seré su guía en esta travesía; no permitiré que la vida de mi esposo se apague ahora que finalmente lo he encontrado.
Las chicas —Amelia, Emery, Lyra, Dorotea y Freya— intercambiaron miradas cargadas de una mezcla de gratitud y una nueva rivalidad.
Aerin las observaba con curiosidad; a pesar de su edad milenaria, su apariencia era tan joven y radiante como la de ellas.
Pronto comprendió la compleja red de afectos que rodeaba a Darren: ella era la tercera esposa, pero había una fila de prometidas esperando su turno bajo el sol.
Darren, aunque sentía su cuerpo pesado como si estuviera forjado en plomo, se mantenía erguido con una voluntad de hierro.
No quería que el rastro de dolor se mostrará en su rostro y empañara la alegría de su despertar.
—Debemos volver al castillo —sentenció Darren—.
Necesitamos un plan sólido para lo que viene.
Antes de partir, el Rey Earendil pidió un momento a solas con su hija.
Darren, respetando la autonomía de Aerin, le dio su bendición para que hablara con su padre.
En la penumbra de un rincón sagrado del bosque, el Rey abrazó a Aerin con una ternura que rara vez mostraba.
—Cuídalo, hija mía —le susurró—.
Aunque ahora seas parte de su mundo, nunca olvides las leyes de nuestra gente.
Darren es un buen hombre, pero su destino es más grande de lo que imaginas.
Existe una profecía entre los nuestros: un Enviado de los Dioses llegará para unificar a las razas y enfrentar una oscuridad que amenaza con devorar la existencia misma.
Si él es ese hombre, su vida es el escudo del mundo.
Al regresar al todoterreno, Aerin quedó maravillada por la tecnología que Darren había traído de su mundo pasado.
Sin embargo, al llegar al castillo y ver la magnitud de las máquinas y dispositivos, su asombro se tornó en una reprimenda cargada de sabiduría élfica.
—Darren, estas máquinas…
exhalan un veneno que el mundo no conoce —le recriminó con suavidad pero firmeza—.
Si llenas estas tierras con la tecnología de tu pasado, terminarás marchitando la magia de este presente.
—Te lo prometo, Aerin —respondió Darren, tomándola de los hombros.
—Encontraré la forma de purificar cada rastro de contaminación.
No vine a destruir este mundo, sino a darle las herramientas para defenderse.
La conversación pronto derivó hacia la ubicación de los demás frutos, por la que Darren y Aerin estaban planificando una ruta.
Ante el hecho de que la última vez se fue solo con Dorotea y regresó con Freya también, las chicas no estaban dispuestas a quedarse atrás.
Antes de que Darren pudiera sugerir que permanecieran en el castillo por seguridad, todas alzaron la voz al unísono.
—Iremos contigo a donde sea —declaró Emery, con una determinación que no admitía réplica.
—Pero antes de partir hacia el siguiente bosque, exigimos lo que se nos debe.
—reclamo Dorotea.
Lyra y Freya se unieron al reclamo.
No estaban dispuestas a enfrentar una nueva misión sin haber sellado su vínculo matrimonial.
Amelia, que ya había sacrificado su tiempo de luna de miel por la salud de Darren, habló con él explicandole que debería complaceras aquello.
—Es imposible organizar tres bodas en tan poco tiempo —protestó Darren, abrumado por la logística y la premura—.
No hay invitados, ni preparativos…
—No te preocupes por eso, amado prometido —dijo Lyra con un puchero travieso—.
Nosotras nos encargaremos de todo.
Tú solo asegúrate de estar listo para decir “sí” tres veces más en ese día.
Darren suspiró, derrotado por el amor y la terquedad de las mujeres que lo rodeaban, comprendiendo que su camino hacia la salvación estaría pavimentado con flores de boda.
Aquella era la devoción de una mujer.
El cielo se estremeció con el batir de alas colosales.
Dos equipos de repartición, se alzaban en vuelo —Dorotea y Lyra por un lado, Freya y misteriosa escolta por el otro—, partieron en una carrera frenética para repartir las invitaciones de su boda.
El tiempo era su mayor enemigo, pero su determinación era más fuerte que cualquier distancia.
En el castillo, el silencio se instaló como un bálsamo.
Amelia, observando el cansancio en los ojos de Darren, le puso una mano en el hombro con ternura.
—Ve y descansa con Emery, Darren.
Ella aún camina entre las sombras de su pérdida.
Necesita sentir que su mundo no se ha derrumbado por completo.
Darren asintió y se dirigió a la habitación de Emery.
Se recostó a su lado, rodeándola con sus brazos y dejando que su calor corporal actuará como un escudo contra el frío del duelo.
Emery se hundió en su abrazo, escuchando el latido sereno de su corazón.
En ese momento, las palabras sobraban; el roce de sus pieles y el susurro de Darren prometiéndole que siempre estaría allí fueron suficientes para que ella encontrara un rastro de paz.
A pesar de que Darren luchaba contra su propio malestar físico, su prioridad absoluta era ella.
Emery, al sentir ese sacrificio silencioso, comprendió que su amor debía ser un refugio recíproco, y juró ser la mujer que sostendría a su esposo en cada paso del camino.
Cuando Emery finalmente se sumió en un sueño reparador, Darren salió al pasillo, buscando un momento de soledad, pues no quería incomodar a Emery con sus malestares.
Sin embargo, se topó con Amelia, quien lo observaba con una sonrisa juguetona.
—¿Crees que ha quedado satisfecha, mi amado esposo?
—preguntó ella con un tono travieso que hizo que Darren se sonrojara al instante.
Él, que siempre había sido reservado con los asuntos de la alcoba, prefirió no responder, lo que solo provocó una risa suave de Amelia.
Buscando escapar de la situación, Darren se dirigió a la cocina.
El hambre comenzaba a pasarle factura, pero antes de que pudiera tocar un solo ingrediente, una doncella apareció como de la nada.
—¡Mi señor!
—exclamó ella, escandalizada al verlo allí—.
Solo tenía que pedirlo.
Por favor, déjeme prepararle algo digno de su paladar.Tras una breve pero persistente insistencia, la doncella convenció a Darren de que se sentara en el comedor mientras ella preparaba uno de sus platillos favoritos, de las recetas de su mundo original.
Amelia se unió a él en el comedor, y la charla pronto derivó hacia la misión que tenían por delante.
—¿Planeas seguir absorbiendo los núcleos de las armas divinas, Darren?
—preguntó Amelia, su tono volviéndose serio.
Darren recordó Drachenfels, el horror de ver cómo portadores de tales armas causaban la muerte de miles de inocentes.
—Esa es mi motivación, Amelia —respondió con una honestidad cortante—.
No puedo permitir que ese poder caiga en manos que solo buscan la destrucción.
Si debo cargar con ese peso para proteger a los inocentes, lo haré.
Mientras disfrutaban de la comida, Aerin entró en el comedor.
Había pasado la tarde recorriendo su nuevo hogar, maravillada por la arquitectura y la vida que bullía en el castillo.
Darren, al verla dudar ante los platillos desconocidos, tomó una cuchara y, con un gesto cargado de un romanticismo natural, se la acercó a los labios.
—Pruébalo, Aerin.
Es una receta de mi mundo.
Te prometo que te gustará.
Ante la insistencia de Darren, Aerin probó la comida y sus ojos se iluminaron.
Era una explosión de sabores que los elfos, con su dieta sencilla, jamás habrían imaginado.
Mientras comía, observaba a Amelia.
Le sorprendía la madurez de la primera esposa; no había rastro de celos en ella mientras Darren le prestaba atención a Aerin.
Al contrario, Amelia emanaba una sabiduría que parecía trascender su apariencia joven.
Recordando las palabras de su primer encuentro, Aerin dejó la cuchara y miró fijamente a Amelia.
—Amelia, ahora que somos familia…
¿podrías contarme más sobre lo que dijiste en el bosque?
Dijiste que tu cuerpo fue creado con magia.
¿Qué significa eso realmente?
El silencio cayó como un cubo de hielo, cargado de una intriga que solo los dos presentes podían disipar, mientras las miradas se cruzaban entre sí, ante el misterio de la mujer que está al lado de su amado.
Amelia miró a Darren con una mezcla de duda e intriga.
El secreto de su origen era un tesoro que solo sus prometidas compartían y aquellos más allegados.
Con una calma que solo la verdad puede otorgar, Darren tomó la palabra.
Le explicó a Aerin cómo su amor había desafiado a la muerte misma, y cómo había dedicado cada fibra de su ser a forjar un cuerpo de magia pura para que el alma de Amelia pudiera caminar de nuevo entre los vivos.
Para Aerin, la revelación fue un choque cultural profundo.
En las leyes de los elfos, una vida que ha cumplido su ciclo debe ser entregada a la tierra; forzar su regreso era una transgresión contra el orden natural.
Sin embargo, al mirar a Amelia, no vio una aberración, sino una obra maestra de devoción que solo un hombre como Darren podría haber concebido.
En ese momento, Emery entró al comedor.
Su rostro reflejaba una molestia apenas contenida, una mezcla de celos por haber sido dejada sola y el dolor que aún latía en su pecho.
Darren, sumido en su propia fatiga, tardó en reaccionar, hasta que un sutil codazo de Amelia y una mirada cargada de intención lo sacaron de su ensimismamiento.
Con un gesto apresurado y un tanto torpe, Darren se levantó para mover su silla, un pequeño acto de cortesía que finalmente permitió que Emery tomara asiento, aunque la tensión seguía flotando en el aire como una nube de tormenta.
Darren suspiró para sus adentros, comprendiendo por primera vez la inmensa carga de complacer a varias esposas.
Cada una demandaba una parte de su alma, y con tres bodas más en el horizonte, sentía que su tiempo y su energía se fragmentaban peligrosamente.
Pero su palabra era su ley, y aunque el peso fuera insoportable, no retrocedería.
Tras la comida, Amelia asumió su rol como esposa con una madurez que trascendía sus milenios de sabiduría.
Reunió a Emery y Aerin, hablándoles con una firmeza que no admitía réplica.—Deben entender sus posiciones —les dijo Amelia, su voz suave pero cargada de autoridad—.
Darren está haciendo un esfuerzo sobrehumano por complacerlas a todas, pero están ignorando que su cuerpo está al borde del colapso.
Si no aprenden a ser más consideradas con su salud, lo perderemos antes de que cualquiera de nosotras podamos decir que tuvimos una vida plena con él.
Emery sintió un rastro de recelo ante la autoridad de Amelia, pero al ver el respeto que Darren le profesaba, al punto de incluso reprenderlo cuando lo ameritaba, tanto ella como Aerin bajaron la cabeza, aceptando la lección.
Mientras las chicas procesaban sus palabras, Darren se dirigió a los grandes salones del castillo.
Para sus bodas anteriores, él no se había involucrado en los detalles, pero esta vez, con las chicas ocupadas repartiendo invitaciones, decidió tomar las riendas.
Su mayordomo y las doncellas aparecieron de inmediato, ansiosos por demostrar su valía.
Darren les entregó los patrones de decoración y las instrucciones, guiándolos con una visión clara de lo que quería para sus prometidas.
Sin embargo, el esfuerzo le estaba pasando factura.
El dolor punzante en su pecho limitaba su capacidad de razonamiento, y sus ojos se cerraban involuntariamente por la fatiga extrema.
Luchaba por mantenerse erguido, pero el mundo a su alrededor comenzaba a volverse borroso y desenfocado.
En el preciso instante en que Amelia, Emery y Aerin entraron al salón, Darren dio un traspié violento hacia atrás.
Su voluntad lo mantuvo en pie por un segundo más, pero sus fuerzas finalmente lo abandonaron.
Amelia y Aerin, que eran de la misma estatura, corrieron hacia él y lo sostuvieron por los hombros justo antes de que tocara el suelo.
Darren cerró los ojos y se desvaneció por completo en sus brazos.
El pánico estalló en el salón.
Las doncellas y el mayordomo corrieron a ayudar, mientras el cochero era llamado de urgencia para trasladar el cuerpo desfallecido de su señor a sus aposentos.
Aerin, la más reciente en unirse a este círculo de almas entrelazadas, se hizo una promesa silenciosa: sería el pilar que Darren necesitaba.
Tras escuchar a Amelia explicar la verdadera razón por la que él absorbía los núcleos de las armas divinas —un sacrificio para evitar que ese poder cayera en manos destructoras—, su respeto por él se transformó en una devoción inquebrantable.
Su bienestar era ahora su única prioridad.
Cuando Darren finalmente abrió los ojos, la habitación estaba sumida en una penumbra rota solo por la tenue luz de un foco cerca de la puerta.
Su cuerpo se sentía extrañamente ligero, como si el descanso hubiera logrado apaciguar, al menos temporalmente, la tormenta de energía que lo habitaba.
Al mirar a su alrededor, el corazón se le encogió: todas estaban allí.
Amelia, Emery, Aerin, Lyra, Dorotea y Freya dormitaban en sofás, sillas o incluso en el borde de su cama, con rostros demacrados que hablaban de noches sin sueño y una angustia constante.
Intentó incorporarse con sigilo, pero descubrió con una mezcla de ternura y asombro que las chicas habían tomado precauciones.
Unos hilos de seda casi invisibles lo unían a cada una de ellas; al menor movimiento, todas despertaron al unísono.
—¡Darren!
—exclamaron, rodeándolo en un instante.
Las disculpas fluyeron de ambos lados.
Ellas lamentaban no haber comprendido el costo físico de su sacrificio, y él se disculpaba por haberlas sumido en tal estado de preocupación.
Darren se permitió, por primera vez, aceptar su ayuda sin reservas mientras se ponía en pie.
La sorpresa fue mayúscula al descubrir que, mientras él dormía durante tres días completos, los salones del castillo habían sido transformados en escenarios de ensueño para tres recepciones de boda.
También se enteró de una presencia solemne: los padres de Emery habían llegado tras enterarse de la pérdida de su hija.
El dolor por la pérdida de su nieto era una sombra que oscurecía el reencuentro, y la situación de Emery, siendo la primera esposa, las chicas se enfocaban en su bienestar.
Sin embargo, habia algo que rompía calma.
Una realidad cruel que traía noticias desfavorables para el reino.
Dorotea y Freya se acercaron a Darren con mensajes urgentes de sus respectivos monarcas.
La noticia era devastadora: una flota masiva de invasores se aproximaba por mar, ondeando banderas del reino Ur.
El Reino de los Demonios había declarado la guerra total y solicitaban el apoyo de el y del reino de Waltzovia.
Darren se reunió con el Rey Damián para discutir la situación.
Aunque su alma anhelaba la paz y su cuerpo aún resentía el poder de los núcleos, sabía que no podía dar la espalda a sus aliados.
Ignorar el llamado sería condenar al mundo al caos y perder la confianza de quienes ahora dependían de él.
—Iremos a la guerra una vez más —sentenció Darren, su voz cargada de una determinación sombría.
Las chicas, conscientes de lo que esto significaba, no retrocedieron.
Al contrario, su deseo de sellar su vínculo matrimonial se volvió una urgencia vital.
Ante la inminencia de la batalla, Lyra, Dorotea y Freya aprovecharon la presencia del Rey Damian para hacer una petición desesperada.
—Majestad —dijo Dorotea, con una firmeza que conmovió a todos—, ante la llegada de estas noticias, le pedimos que lleve a cabo la ceremonia de unión.
No queremos partir a esta guerra sin ser sus esposas ante los ojos de los dioses y los hombres.
Ya habrá tiempo para celebraciones cuando la paz regrese, pero hoy, necesitamos este ancla para nuestras almas.
Darren miró a sus prometidas, viendo en sus ojos no un capricho, sino un acto de fe y amor puro.
En medio de los preparativos para la guerra, ese día, no solo serían sus bodas, si no un lazo que los unirá para siempre en una vida que estará convergente entre la luz que ellas emanaba y la oscuridad que se avecinaba.
Mientras ellos tejían promesas de amor, a leguas de distancia, el mar ondeaba intranquilo ante la sombra amenazante de la guerra.
Una flota de galeones, cuyas velas negras cual la noche, surcaba las aguas con una tranquilidad.
En el puente de la nave capitana, el Emperador Demonio observaba el horizonte con una sonrisa de satisfacción gélida.
Para él, los humanos debían ser eliminados.
—¿Heraldo de los Dioses?
—murmuró el Emperador, tras recibir el informe de sus exploradores.
Un grupo de demonios alados mitad ave mitad reptiles—.
No hay dios que pueda salvarlos de mi voluntad.
Con un gesto imperioso, mandó llamar a su arma más afilada: Erendira.
La guerrera, una mujer de una belleza felina y letal, se arrodilló ante él.
Sus orejas de gato se agitaron bajo la capucha y su cola, enroscada como un cinturón, delataba su naturaleza híbrida.
En su cintura colgaba un cetro dorado que pulsaba con una energía divina, marcándola como una igual en poder al hombre que buscaba.
—Encuéntralo —ordenó el Emperador—.
Y borra su existencia de este mundo.
Erendira, tras recibir instrucciones de donde se ubicaba su presa, partió de inmediato con su escuadrón, un grupo de siete guerreras felinas.
Con ayuda de feroces bestias aladas, llegaron a las costas de Waltzovia.
Cruzaron las tierras costeras como sombras veloces, dejando tras de sí un rastro de sangre y cenizas.
Al llegar al condado de Eger, la miseria de los humanos les provocó una lástima amarga; tras visitar varios poblados y asentamientos, se percataron del sufrimiento de las personas.
Durante la noche, el conde local fue ejecutado en su propia mansión.
Confirmando que no era el Heraldo al que buscaban.
Pero tras recorrer por aquellas tierras humanas, al cruzar la frontera hacia Königssee, el mundo cambió.
Las guerreras gato quedaron mudas de asombro.
En Montemorelos, los campesinos vestían ropas dignas, los niños reían en calles limpias y el comercio bullía con una vitalidad desconocida.
Era obra del regente de esas tierras, una prosperidad que brillaba como un faro en medio de la oscuridad.
Erendira ajustó su capucha, ocultando sus ojos verdes.
Sabía que estaba en el lugar correcto.
El Heraldo de los Dioses estaba cerca, y ella no descansaría hasta cumplir su misión.
Después de indagar sobre el regente, incluso llegaron a obtener el nombre de su objetivo, así como su paradero.
Sin mostrar piedad alguna, acabaron con los habitantes, tal y como lo habían hecho a lo largo de su travesía.
Mientras Emery convivia con sus padres y las demás chicas haciéndole compañía, Darren buscó un momento de paz y Dorotea decidió acompañarlo.
Los jardines traseros del castillo, una obra maestra de diseño floral, acompañados por la luz de una luna de plata.
Darren había preparado una sorpresa para su prometida.
Pequeñas luces LED ocultas entre los pétalos de las flores nocturnas, creando un camino de estrellas que guiaba hacia un cenador de madera rústica.
—Es…
es hermoso, Darren —susurró Dorotea, su voz, tan dulce y agradable a sus oídos, muy diferente de aquella dureza del campo de batalla.
Lucía hermosa, vistiendo un vestido de seda azul que resaltaba su figura y apariencia.
—Me alegra que puedas apreciar estos detalles, Dorotea —respondió Darren, tomándola de la mano—.
Estos jardines son mi promesa de lo que este reino puede llegar a ser cuando la paz reine.
Se sentaron en un banco de piedra, rodeados por el aroma del jazmín y el murmullo de una fuente cercana.
Dorotea, que siempre había sido el escudo de Darren, se permitió por fin ser vulnerable.
Apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos.
—Nos conocimos en un campo de batalla, Darren.
Y me enamoré de ti a primera vista —confesó ella en voz baja—.
Paso tanto tiempo pensando en cómo protegerte qué olvidó cómo sentirme protegida.
Pero aquí, contigo…
siento que puedo soltar la espada.
Darren la rodeó con su brazo, besando su frente con una ternura infinita.
—No tienes que ser una guerrera conmigo, Dorotea.
Eres mi prometida, mi compañera.
Y te prometo que, sin importar lo que venga en esta guerra, siempre seras una de mis flores más bellas e importantes de mi jardín.
Bajo la mirada eterna de la luna, Darren sacó un pequeño estuche.
Dentro había un colgante de oro con una gema que brillaba con una luz cálida, una “piedra de luz” que él mismo había encantado para que nunca se apagará.
Se lo colocó en el cuello, y por un momento, el tiempo se detuvo.
Solo dos almas encontrando refugio en el corazón uno del otro, sellando una promesa de amor que ni la guerra más cruel podría marchitar.
—Dorotea Sofia Von Dietrich, en todo este tiempo que hemos compartido, he tenido el privilegio de ver tu verdadera esencia.
Esa parte de ti que solo puede ser descubierta y valorada por el hombre que está destinado a amarte para siempre.
Amo tu sonrisa, la profundidad de tus ojos, la suavidad de tu cabello.
Has robado no solo mi corazón, sino también mi alma.
—Con palabras llenas de sinceridad, Darren sostuvo sus delicadas manos entre las suyas mientras la luna iluminaba la escena, como una silenciosa testigo de su promesa.
Los recuerdos de cada instante vivido junto a ella inundaban su mente.
—Prometo amarte, respetarte y honrarte, ahora y por siempre.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse suavemente por las mejillas de Dorotea, reflejo de la emoción que la embargaba.
Las manos entrelazadas de ambos tiraron de ella, acercándola más a él.
Aunque el aire estaba impregnado de sentimientos desbordantes, Dorotea permanecía inmóvil, atenazada por un torbellino de sensaciones que le impedían hablar.
Entonces Darren, interpretando su silencio, se inclinó hacia ella y rozó con los suyos aquellos labios cálidos y dulces.
Al principio tímida, pero luego guiada por la fuerza de sus emociones, ella respondió al beso, entregándose por completo a ese instante eterno.
—Mi corazón palpita por ti, Darren Von Königssee.
Con gran devoción, te amaré y respetaré.
Como tu esposa te aceptaré, y con toda mi alma proclamaré, que siempre tuya seré.
Caminaré a tu lado en cualquier sendero que el destino disponga para ti, y jamás me apartaré.
Mi amor por ti, es eterno.
En ese instante, solo estaban ellos dos, inmersos en su propio mundo.
De pronto, una melodía comenzó a resonar en el ambiente, formando parte del plan cuidadosamente orquestado por Darren.
Extendió su mano con un gesto lleno de intención, invitándola a bailar.
Dorotea, con una sonrisa cálida iluminando su rostro, aceptó sin vacilar.
Así, se sumergieron en un vals íntimo, exclusivo para ellos.
Disfrutaron del momento, dejando que el vestido de ella ondeara suavemente con cada giro, mientras la expresión de placer en el rostro de su amada añadía un brillo especial al instante.
Bailaron sin preocuparse por el tiempo, dejando que la noche avanzara mientras sus almas permanecían enlazadas hasta las primeras horas del amanecer.
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