La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 El dedo de dios
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8: Capítulo 8: El dedo de dios 8: Capítulo 8: El dedo de dios La batalla estaba a punto de desatarse.
Los inquisidores de Mictlan se encontraban dispersos por toda la región, preparándose para el inminente conflicto.
La ciudad de Valerius estaba cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara.
Darren se encontraba en el escondite improvisado de la resistencia, revisando por última vez su equipo.
Había cambiado su espada tras el daño sufrido contra el dragón.
Múltiples dagas arrojadizas, un arco de poleas y flechas FMJ, y una espada mortuoria.
Está basada en el mito de la legendaria Excalibur, del rey Arturo.
Al menos, en uno de sus tantos diseños.
Sus armas llamaban la atención de los presentes.
Entre ellos, un joven caballero, de no más de dieciséis años, se encontraba visiblemente inquieto.
Su cuerpo casi temblaba ante la idea de lo que estaba por venir.
¿Qué hacía alguien tan joven y aparentemente inexperto en medio de un grupo como ese?
La misma pregunta rondaba la mente de Darren, quien tampoco se consideraba un guerrero experto ni alguien con la capacidad de arrebatar una vida.
Sin embargo, era del tipo que deposita todo en cumplir con su deber, y ahora su misión más urgente era rescatar a su maestra.
Al notar la vulnerabilidad del chico, Darren decidió acercarse.
Preocupado, intentó tranquilizarlo, escogiendo sus palabras con cuidado para no aumentar su ansiedad.
A pesar de los nervios que lo hacían tartamudear y vacilar, el joven logró responder, y poco a poco ambos comenzaron a entablar una conversación tenue pero significativa.
Darren se acercó a él, dejando que su presencia calmada actuará como un ancla.
—Respira, chico —dijo Darren con suavidad—.
El miedo no es tu enemigo.
Te mantiene alerta.
Pero no dejes que te domine.
El chico lo miró con ojos muy abiertos, sorprendido de que el “prometido” de la princesa se rebajara a hablar con un simple recluta.
—Señor…
yo…
nunca he combatido antes —susurró el joven, su voz quebrándose—.
¿Cómo puede estar tan tranquilo?
Darren miró hacia el palacio, donde sería la gran batalla en contra de los Inquisidores.
—No estoy tranquilo, chico.
Tengo miedo.
Solo estoy concentrado en mi deber.
Y ese es proteger a la princesa Emery y aquello que ella quiera proteger.
—Por cierto, ¿cómo te llamas?
—pregunto Darren.
—Me llamo Liam Schmitt.
El chico asintió, tragando saliva.
La conversación, aunque breve, le dio la fuerza necesaria para mantenerse en pie.
Cuando llegó el momento, Darren fue el primero en adelantarse.
Utilizando sus habilidades de refuerzo mágico, ascendió ágilmente a las azoteas, dando saltos entre los muros.
Desde lo alto, preparó su arco y comenzó a abatir metódicamente a los enemigos dispersos por la ciudad, reduciendo sus filas con precisión.
A través de la radio, envió la señal a Emery para que liderará al grupo y pusieran en marcha las maniobras de distracción.
Mientras tanto, Darren continuaba neutralizando a los guardias que patrullaban los muros, asegurando el paso hacia el castillo del ducado.
Por su parte, Emery y la capitana Orla avanzaron hacia la entrada principal sin resistencia, gracias a las acciones de Darren que despejaron el camino.
Una vez cumplida esa etapa, Darren se precipitó para reunirse con ellas.
Una vez les dio alcance, Orla regresó con el resto de los miembros de la rebelión.
Mientras que Darren y Emery, avanzan por el castillo.
Ambos entran en combates, Emery aunque temerosa, acata las indicaciones que Darren le indica.
Lo que hace que ambos puedan librar los combates rápido y sin mayores problemas para ambos.
La alarma había sonado, aunque era demasiado tarde para que pudieran hacer algo para impedirlo.
No tardaron mucho en llegar al gran salón.
Allí, sorprendido, los observaba un hombre de facciones afiladas y una sonrisa arrogante.
Era maduro, pero aún joven, probablemente rondando los treinta.
En el lugar también se encontraba una docena de soldados.
Sin embargo, ni la situación ni la presencia de los hombres armados lograron intimidarlos.
El hombre, sosteniendo una sonrisa cargada de malicia, tomó la palabra: —Princesa Emery, qué inesperado encontrarnos aquí.
Emery, intentando mantener la compostura pese a su temor, respondió con firmeza: —Príncipe Alem, ¿cómo te atreves?
¿Qué motivo tienes para invadir el ducado de Valerius?
Sabía que su valentía no era completamente suya; a su lado estaba Darren, cuya presencia le infundía coraje.
Alem parecía notar ese detalle, consciente de que Emery siempre había sido una joven tímida y reservada.
—Vaya, vaya…
la pequeña princesa ha traído a su mascota —dijo Alem, su voz goteando veneno—.
¿De verdad crees que un simple hombre puede enfrentarse a mi?
—En eso te equivocas.
No soy un hombre cualquiera, Alem —respondió Darren, dando un paso al frente y tomando su espada—.
Soy aquel que va a terminar con tu ambición.
—¿Tu?
—Alem ríe a carcajadas.
—¡Acaben con el!
Los soldados que los rodeaban desataron su ataque, blandiendo espadas, lanzas y hachas en mano.
Darren colocó una mano firme sobre el hombro de Emery, como un gesto tranquilizador, indicándole que no debía temer.
Amelia, quien había estado guiándolo en hechicería y compartiendo sus conocimientos, observaba con atención.
A través de su vínculo, percibía los pensamientos estratégicos de Darren y la forma en que planeaba salir victorioso.
Antes de entrar en acción, Darren se concentró profundamente.
Canalizó su energía mágica para fortalecer sus atributos físicos y enfrentó los ataques con una maestría impecable en esgrima y kendo.
La situación era extraordinaria, aunque nada de lo que habían vivido hasta ahora podía llamarse común.
Su pasión por las artes marciales y el manejo de la espada finalmente cobraban un significado real.
Después de tanto tiempo, por fin podía poner en práctica habilidades que antes parecían haberse desperdiciado.
En esos momentos, se sentía extrañamente pleno.
El combate concluyó con rapidez.
Cada elemento, desde sus dotes naturales hasta su entrenamiento, el equipo que portaba y el poder de su magia, había jugado un papel crucial.
Gracias a la combinación de todos estos factores, logró derrotar al grupo de soldados sin mayores dificultades.
Ante aquello, Alem comprendió las palabras que le había dicho Darren.
Frente a esa demostración de poder y valentía, Alem reveló su jugada maestra.
En su mano derecha sostenía una lanza que brillaba como si estuviera forjada en oro puro: el legendario Dedo de Wiraqucha.
—¡Esta lanza es conocida como el dedo de Dios!
—rugió con autoridad.
Era un enfrentamiento entre dos armas míticas: una, un símbolo extraordinario de otro mundo, y la otra, hecha simplemente de materiales ordinarios.
Sin embargo, la verdadera diferencia residía en que la lanza no era solo un arma; estaba imbuida con poderes místicos que la hacían única.
Alem rugió y cargó con la lanza.
Cada estocada liberaba ondas de choque que agrietaban el suelo de mármol.
Darren se movía con una agilidad que desafiaba la lógica, usando sus habilidades en artes marciales y arte de la espada para desviar la lanza con el plano de su espada.
Darren podía sentir el poder arrollador de la lanza, comprendiendo al fin por qué la llamaban el dedo de Dios.
Cada vez que su espada chocaba contra ella, percibía la energía que emanaba, como si pudiera doblegar cualquier intento de resistencia.
A medida que aumentaba sus propios refuerzos, la desventaja que enfrentaba se hacía más evidente.
¿Cómo podría derrotarlo?
Esa pregunta lo llevó a revivir en su mente el enfrentamiento con el dragón.
En aquella ocasión también había sentido una abismal diferencia de poder, pero logró encontrar una manera de vencerlo.
Ahora debía hacer lo mismo: hallar la estrategia necesaria para imponerse.
Mientras tanto, Emery observaba el violento intercambio desde un costado del campo de batalla.
La lanza hacía que su portador tuviera una ventaja abrumadora, y ella más que nadie conocía la historia oculta tras aquella arma legendaria.
Había sido entregada a su tío como símbolo y herramienta para salvaguardar la frontera contra cualquier amenaza externa.
Sin embargo, ahora estaba siendo empleada con un propósito contrario al que fue destinada originalmente.
Emery se dispuso a apoyar a Darren, conjurando una serie de hechizos para asistirlo en la batalla.
Esto desequilibró a Alem, cuya precisión comenzó a fallar.
Incluso para alguien como él, manipular la lanza de Wiraqucha se volvía complicado.
A pesar de su destreza en combate y de ser temido en su reino, la situación le resultaba adversa.
Provenía de una familia de renombrados guerreros, siendo el quinto entre ocho hijos.
Su padre, apodado el rey dragón del este, había ganado ese título durante las feroces guerras de hacía cuarenta años.
Sin embargo, el actual monarca era el segundo hijo de la familia, quien había asumido el poder tras la muerte del primogénito en combate contra un dragón.
Para asegurar la estabilidad del reino y mantener la paz, se había pactado un enlace matrimonial entre Alem y Emery, con la esperanza de que su descendencia trajera armonía gobernada por el legado de un héroe.
Emery aceptó el compromiso como parte de su responsabilidad, pero su corazón ahora pertenece a otro.
Por ello, descubriendo los planes de Alem, se sintió aliviada; tales circunstancias anulaban el acuerdo matrimonial que nunca deseó.
Darren noto los movimientos torpes de Alem y aprovecho para lanzar varios embistes.
Incrementando en varias veces su resistencia física y mágica, logró soportar la carga que produce la lanza.
Y no solamente él, aquel efecto también lastimaba a Amelia.
La batalla llegó a su punto crítico.
Alem, desesperado, intentó canalizar todo el poder de la lanza en un ataque final.
El aire en el salón comenzó a succionarse hacia el arma, creando un vacío sofocante.
—¡Darren, cuidado!
—gritó Emery.
Darren no retrocedió.
Corrió hacia Alem, ignorando el dolor de la presión atmosférica.
En el último segundo, soltó su espada y tomó la lanza con sus manos desnudas.
El poder de la reliquia fluyó a través de él, amenazando con desintegrar sus células.
Mientras sostenían la lanza, tanto Amelia como Darren podían percibir el inmenso poder divino que emanaba de ella.
Sin embargo, dicho poder permitió a Darren activar un hechizo diseñado específicamente para contrarrestar la energía de la lanza.
Recurrió al mismo conjuro con el que había derrotado al dragón.
La sala se llenó de penumbras.
El aire, que momentos antes parecía desaparecer en una succión interminable, quedó inmóvil.
De repente, el lugar se transformó en un abismo oscuro.
La lanza, que brillaba con un resplandor dorado y celestial, comenzó a ser envuelta y consumida por una energía púrpura que fluía de las manos de Darren.
Grietas empezaron a abrirse en la superficie del arma sagrada, revelando finas líneas radiante de luz púrpura.
La fuerza del hechizo de Darren estaba corrompiendo y desintegrando la esencia misma de la lanza.
Era un instante decisivo; ninguno de los dos quería soltarla, pero ambos sufrían los efectos combinados de la magia que la lanza desataba y del hechizo de cero absoluto invocado por Darren.
Amelia y Emery, ambas familiarizadas con el temible poder de ese conjuro, observaban atónitas el impacto que lograba sobre un objeto considerado divino e indestructible.
Finalmente, la lanza cedió y explotó con violencia.
El choque entre ambas energías resultó devastador.
Cuando Emery despertó, se encontró completamente sola en lo que quedaba de la gran sala.
No había rastro alguno de Darren ni de Alem.
El entorno era un escenario de ruina; la explosión había acabado con todo a su alrededor, dejando tras de sí únicamente destrucción.
Emery emergió de entre las ruinas en medio de la vasta sala.
Orla, que había llegado apresurada con un grupo de rebeldes, observaba atónita el escenario dejado por la monumental explosión que había sacudido el lugar instantes atrás.
El rostro de Emery reflejaba una profunda tristeza, acentuada por la ausencia de Darren.
Orla lo notó al instante.
Al avanzar más dentro de la estancia y enfrentarse al rastro de destrucción y al eco de una batalla tan brutal, no pudo evitar quedarse impactada por el inmenso poder desatado allí.
—¿Qué pasó aquí?
¿Dónde está Darren?
—inquirió el joven, quien instantes antes había estado conversando con Darren, recibiendo consejos.
Pese a la magnitud de lo ocurrido, Emery mantenía una calma inquietante, aunque todo apuntaba a que Darren había sido consumido por la explosión.
Sin embargo, las lágrimas empezaron a caer suavemente por su rostro.
Orla, con un gesto de preocupación, se acercó e intentó darle algo de consuelo.
—Por favor, princesa… —comenzó a decir Orla, pero su voz se quebró por un instante y sus palabras quedaron inconclusas.
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