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La Lagrima Carmesí: Renacimiento - Capítulo 9

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  3. Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 Memorias de un corazón roto
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9: Capítulo 9: Memorias de un corazón roto 9: Capítulo 9: Memorias de un corazón roto Durante la intensa batalla, llegó un momento en que la energía entre la lanza y el hechizo de Darren alcanzó un punto crítico, provocando una explosión colosal.

No fue solo un estallido de energía; fue un desgarro en el tejido de la realidad.

Antes de que algo peor sucediera, Darren reaccionó rápidamente en un último acto de voluntad pura, había canalizado tanto el poder inestable de la lanza a través de su propia magia.

Previniendo que algo le pasara a Emery, creó una barrera protectora y la envolvió en ella.

Luego, todo se desvaneció en un destello de luz púrpura resultante del hechizo de Darren.

Cuando Darren abrió los ojos, ya no se encontraba en el palacio.

Se encontró suspendido y envuelto en una oscuridad absoluta, un vacío donde el tiempo y el espacio parecían no existir.

No podía distinguir nada a su alrededor; no había rastro de vida ni señales de luz en aquel enigmático lugar.

Sumido en sus pensamientos, comenzó a reconstruir lo ocurrido y, por un instante, se preguntó si todo había sido solo un sueño.

Sin embargo, la presencia persistente de Amelia en su mente le confirmó que todo aquello era tan real como los recuerdos que ahora brotaban incontrolables desde lo más profundo de su ser.

Suspendido en el vacío, imágenes fragmentadas comenzaron a llenar su mente.

Una mujer radiante jugaba felizmente con tres niños en el jardín de su antigua casa.

Más tarde, esa misma mujer, más joven, aparecía vestida de blanco en un altar, viendo el brillo de sus ojos el día de su boda.

Y en otro momento, allí estaba ella de nuevo, llorando desconsolada junto a él, mientras él yacía inmóvil sobre una cama de hospital, sosteniendo su mano mientras la vida se le escapaba.

El dolor fue tan intenso que Darren sintió que su alma se fragmentaba.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, incontenibles ante la carga emocional.

El corazón de Darren latía frenéticamente, acelerado por un dolor tan profundo que le resultaba insoportable.

Fue ese mismo dolor lo que despertó a Amelia, quien hasta entonces había permanecido inconsciente dentro de su mente.

Nuevos recuerdos invaden su mente.

Un abrazo cálido y lleno de fuerza por parte de aquella mujer.

El nacimiento de su primer hijo.

Su primer día en la escuela.

Su primer cumpleaños.

Cada imagen traía consigo un torrente de dolor insuperable.

Amelia apenas podía cargar con la intensidad de emociones que la envolvían, mucho menos con el sufrimiento en el que se encontró sumergida en el torrente de emociones de Darren.

En medio de todo aquello, se encontraba perdida, sin saber cómo aliviar su sufrimiento.

Su vida había transcurrido en soledad; nunca había sentido amor por alguien, ni tenía experiencia en temas de romance.

Había vivido en milenios como una conciencia fría y analítica, se vio abrumada por un concepto que no conocía: amor.

Sin embargo, ahora estaba completamente segura de una cosa: aquello que sentía por Darren era auténtico.

Precisamente porque nunca lo había experimentado antes, comprendió que lo que sentía por él era algo que trascendía en su existencia, sabía que era algo real.

—¡Darren, por favor, escúchame!

—la voz de Amelia resonó con una desesperación que nunca antes había mostrado.

Sumido en los fragmentos caóticos de su pasado, Darren parecía atrapado, incapaz de atender el llamado de ella.

Estaba consumido por el peso de la culpa y el dolor que arrastraba desde hacía tanto tiempo.

—Mónica… —susurró, y el nombre de su esposa, guardado bajo mil llaves en su corazón, escapó finalmente como un suspiro de agonía.

Pronunciar ese nombre le costó más esfuerzo del que jamás imaginó.

Aunque los recuerdos de aquella mujer permanecían vivos en su mente, su nombre siempre había quedado atrapado en algún rincón oscuro de su ser.

Pero ahora escapaba junto con sus lágrimas, que trazaban nuevos surcos a lo largo de sus mejillas, mostrando el desgarrador dolor que llevaba en el alma.

Amelia tenía que darse prisa y tratar de calmar el dolor que abruma el corazón de Darren.

Tenía que llevarlo a ese espacio de su mente en el que ella podía demostrarle su afecto.

Hacerle ver que podía contar con ella.

Aunque no tenga un cuerpo físico.

Mientras tanto, en el mundo real, el palacio de Valerius era un caos de escombros y humo.

Emery, con el rostro manchado de ceniza y lágrimas, buscaba desesperadamente entre los restos del gran salón algún rastro de Darren.

Aunque todo parece indicar que ha dejado de existir.

El silencio donde Darren había caído era ensordecedor.

—¡Darren!

—gritó Emery, su voz quebrándose—.

¡No puedes dejarme!

¡Me prometiste que me protegerías!

Su corazón sufre por la pérdida del único por quien había tenido ese sentimiento.

Amor.

No podía perderle.

Emery recordó todos sus momentos juntos desde que llegó.

Como su vida cambió.

Darren le había dado la atención y el respeto que su propia familia le había negado.

Para ella, él no era un familiar; era el hombre que amaba.

Orla y los soldados de la resistencia habían logrado rescatar al Duque Eldrich y a su familia, la duquesa Teresa Alicia y sus hijas Valeria Agata y Anabella Isobel.

Emery se reunió con ellos y todos se pusieron al corriente de lo sucedido.

El duque se alegró de ver a su sobrina.

Aunque lamento su pérdida al enterarse de lo sucedido con Darren.

—No estás solo —clamó Amelia, proyectando su imagen en el vacío.

Esta vez no vestía trajes modernos ni armaduras; apareció con un hermoso y sencillo vestido blanco, con los pies descalzos sobre la oscuridad—.

Darren, mírame.

Tu pasado es una parte de ti, pero no es tu final.

Mónica te amó para que fueras feliz, no para que te consumieras en la culpa.

Amelia se acercó y, aunque no tenía cuerpo físico, envolvió la conciencia de Darren con su propia esencia.

Fue un abrazo de almas, una transferencia de calor y consuelo que comenzó a calmar el latido frenético de su corazón.

—Déjame cargar con una parte de este peso —le pidió ella—.

Déjame ser tu ancla en este mundo.

Quizás no encuentres el camino de regreso…

pero si decides que este es tu nuevo hogar, déjame cuidar tu corazón.

No solo aquí, también… déjame amarte cuando recupere mi esencia física.

De repente, un movimiento entre los escombros del gran salón llamó la atención de Emery.

Pero no era Darren quien se levantaba.

Desde el cráter central, una figura deformada comenzó a emerger.

El Príncipe Alem, cuya arrogancia había sido su ruina, ya no era humano.

Fragmentos de la lanza de Wiraqucha, astillados durante la explosión, se habían incrustado profundamente en su pecho y brazos.

La reliquia divina, buscando un huésped para sobrevivir, había comenzado a fusionarse con su carne.

—Poder…

—gruñó Alem, su voz ahora una mezcla de sonidos grotescos y guturales—.

¡Siento el poder de los dioses recorriendo mis venas!

Sus heridas se cerraban con un brillo dorado enfermizo.

Alem había resucitado, pero a un precio terrible: su humanidad se desvanecía, reemplazada por la voluntad destructiva de la lanza.

—¡Emery, atrás!

—la voz de Darren surgió de entre las sombras.

Camina erguido.

Lleno de una extraña aura.

Aunque había algo diferente en Darren.

Tenía un fragmento de la lanza incrustado, el núcleo de luz pura, se había alojado justo sobre su corazón, brillando a través de sus ropas rasgadas.

A diferencia de Alem, Darren no parecía un monstruo, pero su aura era tan intensa que el aire a su alrededor vibraba con una frecuencia letal.

Alem, impulsado por la locura e ira al ver que Darren también seguía vivo, materializó una espada de luz pura y cargó contra él.

Darren esquivó el ataque con una velocidad que Emery y los presentes, apenas pudieron seguir.

Darren había recurrido a refuerzos mágicos para mejorar sus capacidades, pero ya no era necesario usar varios hechizos para aumentar sus poderes.

Le bastó con uno solo.

Asimismo, creó un nuevo juego de espadas, compuesto por un dúo que incluye la katana más emblemática de la historia japonesa, la Honjo.

El núcleo de la lanza de Wiraqucha penetraba más profundamente con cada movimiento, mientras la herida se cerraba progresivamente a medida que esta avanzaba.

La batalla que siguió fue un choque de titanes.

Alem atacaba con la fuerza bruta de un dios caído, lanzando ráfagas de energía mágica que demolían las ruinas del palacio.

Darren, por otro lado, luchaba con la precisión de un hábil guerrero.

Usaba su magia para generar pequeñas barreras de interferencia que desviaban los ataques de Alem, para proteger a los presentes, mientras buscaba el momento justo para actuar.

—¿Por qué te resistes?

—rugió Alem—.

¡Podríamos gobernar este mundo!

¡Con el poder que hemos obtenido de esta lanza, nada nos detendría!

—Ese es tu error, Alem —respondió Darren, bloqueando un golpe directo de su espada—.

Tú ves una herramienta de conquista.

Yo veo una responsabilidad.

En ese momento, Amelia canalizó toda su energía hacia el fragmento en el pecho de Darren.

De esa forma, aquel trozo terminó por incrustarse.

—¡Ahora, Darren!

¡Sincronizate con el núcleo!

—gritó ella.

Si Darren ya suponía una amenaza desproporcionada debido a sus conocimientos de un mundo avanzado, sumados a las habilidades mágicas y la magia de creación que Amelia le había enseñado, ahora, con el núcleo de la lanza en su poder, había alcanzado un nivel de poder descomunal.

Darren aceleró a toda velocidad contra Alem.

Atacó con una serie de embestidas incansables que no le concedían a su rival ni un momento para recuperar el aliento ni para concentrarse en lanzar hechizos.

La dinámica del combate había dado un giro total.

Ambos ahora luchaban empleando un poder descomunal, lo que obligaba a Darren a idear una manera de derrotarlo rápidamente antes de que Alem lograra dominar por completo el poder de la lanza.

Alem, quien anteriormente carecía de habilidades mágicas, ahora era capaz de emplear un tipo de magia derivada de los fragmentos.

Eso eliminaba la necesidad de recitar conjuros, y en consecuencia, Darren había perdido su ventaja en rapidez al usar magia.

Además, tenía que convocar escudos constantemente para proteger a los presentes.

Tras prolongados instantes de enfrentamientos tanto físicos como mágicos, Darren parecía no mostrar signos de cansancio.

Sin embargo, una extraña sensación se alojaba en su pecho cada vez que se aproximaba a Alem.

Sentía cómo el núcleo respondía ante los fragmentos, o al menos eso dedujo.

Aquella reacción le trajo consigo una idea inesperada.

Darren guardó sus espadas y, con una destreza poco común, ejecutó una maniobra acrobática que le permitió colocarse detrás de su adversario, inmovilizándolo al instante.

Luego, posó su mano sobre el pecho del príncipe, en el punto exacto donde se concentraban los fragmentos de la lanza.

Con su conocimiento sobre física, Darren desencadenó una reacción cuidadosamente controlada.

—¡Extracción!

—rugió Darren.

Una luz dorada se desprendió del cuerpo de Alem, siendo absorbida por completo.

Darren había canalizado su energía mágica, convirtiéndola en un imán capaz de atraer los fragmentos hacia el que portaba él mismo.

Los gritos desgarradores de Alem resonaron mientras los fragmentos atravesaban su cuerpo, desgarrándole la carne a su paso.

El poder divino lo abandonó, reduciéndolo a un hombre mortal, exhausto y herido.

Una vez que los fragmentos flotaron en el aire, Darren empleó nuevamente su poderoso hechizo de cero absoluto.

El choque entre las energías de los fragmentos de la lanza y el hechizo provocó una explosión violenta que arrojó a ambos en direcciones contrarias.

Cuando el humo se disipó, Alem yacía inconsciente, sus heridas ya no brillaban.

Darren, por su parte, cayó de rodillas, el fragmento en su pecho ahora apagado pero firmemente integrado en su cuerpo.

Emery corrió hacia él y lo sostuvo antes de que tocara el suelo.

—Estás a salvo —susurró ella, besándolo por primera vez.

Darren la miró, y por primera vez en mucho tiempo, la tristeza en sus ojos había sido reemplazada por una calma profunda.

En su mente, Amelia sonreía, sintiendo por fin que su conexión con Darren era algo que ni el tiempo ni los mundos podrían romper.

—Valerius es libre —dijo Darren, mirando al Duque Eldrich y a su familia, que se acercaban con gratitud—.

Pero mi camino…

mi camino acaba de volverse mucho más complicado.

Con los fragmentos de la lanza de Wiraqucha ahora vinculados a su propia existencia, Darren ya no era solo un hombre de otro mundo.

Era el portador de una herencia divina que cambiaría el destino de todos para siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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