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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 71

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Capítulo 71: 71 | Espejo de sangre antigua

Elsa

La grieta carmesí sobre el Mar de Hierro no era una herida estática; era una boca que respiraba. Desde el balcón de la Gran Torre, el aire que llegaba al Castillo de Hierro ya no era el frío cortante del Norte, sino una brisa cálida, densa y cargada de un olor a ozono y flores dulces en descomposición. Era el aroma de la creación antes de ser domesticada.

Me encontraba sola en la biblioteca, intentando concentrarme en los antiguos textos de Malakor, pero el “nudo” en mi pecho vibraba con una inquietud animal. Kaelen estaba en las murallas bajas, organizando la defensa con Valerius. El banquete de la noche anterior parecía ahora un recuerdo de otra vida, una burbuja de placer que la realidad acababa de pinchar con una aguja de sangre.

—¿Buscas respuestas en el papel, Elsa Croft? —una voz, idéntica a la de Kaelen pero con un matiz aterciopelado que me hizo estremecer, resonó tras de mí.

Me giré bruscamente, con mi sombra plateada materializándose en mis manos como una cuchilla. Allí, apoyado contra una estantería de obsidiana, estaba Kaelen. O al menos, alguien que vestía su rostro. Llevaba la armadura de cuero negro de sus primeros días, la mirada cargada de esa oscuridad depredadora que me había cautivado y aterrado a la vez en la Galería de los Esclavos.

—¿Kaelen? —bajé la guardia un milímetro, confundida por el vínculo. A través de nuestra conexión, sentía a Kaelen en las murallas, pero el hombre frente a mí emitía una frecuencia que mi sangre reconocía como “propia”.

—No exactamente —dijo él, caminando hacia mí con esa elegancia felina que el Kaelen actual había suavizado con la nobleza del Rey—. Soy el eco de lo que amaste primero. El monstruo que te compró con un contrato de sangre. El vampiro que no necesitaba pedir permiso para ser un dios.

—Eres un Primero —siseé, recuperando mi firmeza. La sombra en mis venas rugió, detectando la impostura biológica—. Has cruzado el portal.

La figura sonrió, y por un segundo sus ojos no fueron dorados, sino de un carmesí líquido que recordaba a la grieta del cielo. Se acercó a mí, ignorando mi amenaza, y me tomó de la barbilla con una delicadeza que quemaba.

—Somos los Ancestros, Elsa. Los que fuimos exiliados porque nuestra pasión era demasiado grande para el dibujo del Arquitecto. Habéis roto la jaula, y ahora reclamamos el nudo. Ese lazo que tienes con el “pequeño” Kaelen es solo una sombra de lo que podríamos ser tú y yo.

El “Spicy” de este encuentro era una trampa sensorial. El impostor proyectaba una feromona de sangre antigua que nublaba mi juicio, activando instintos de sumisión y deseo que yo creía haber superado. Sentí que mi luz blanca parpadeaba, luchando por mantenerse pura bajo el asedio de esa presencia primordial.

Mientras tanto, en las murallas bajas, el verdadero Kaelen Thorne se detuvo en seco. Se llevó la mano al pecho, sintiendo un pinchazo de agonía en su vínculo con Elsa. La luz solar de su piel se intensificó, volviéndose de un dorado agresivo.

—¿Señor? —preguntó Valerius, notando la súbita rigidez de su Rey.

—Algo ha entrado en el castillo —gruñó Kaelen, sus colmillos alargándose instintivamente—. Algo que huele a mi propia sangre, pero podrida. Elsa…

Kaelen no esperó. Se convirtió en un rayo de fuego solar que ascendió por las paredes del castillo, impulsado por una rabia posesiva que no sentía desde su enfrentamiento con los Siete Príncipes. Sabía que los Ancestros no atacaban con ejércitos; atacaban sustituyendo lo que más amabas.

En la biblioteca, el impostor me había acorralado contra la mesa de piedra. Sus manos, idénticas a las de mi esposo pero más frías, recorrían mi cuello, deteniéndose justo sobre la marca de nuestra unión.

—Él te ha domesticado, Elsa —susurró el Ancestro al oído, su aliento frío erizando cada vello de mi cuerpo—. Te ha convertido en una madre, en una emperatriz preocupada por el orden. Pero yo recuerdo a la mujer que gritaba bajo la luna. Yo puedo darte una eternidad de ese fuego, sin la debilidad de la moral humana.

Me sentía mareada. El aroma de la sangre antigua era como un narcótico. Por un momento, vi visiones de un mundo de color carmesí donde Kaelen y yo éramos depredadores absolutos, devorando estrellas y gobernando sobre el caos. La tentación de soltar las riendas, de dejar que la sombra me consumiera por completo, era una canción de sirena en mi sangre.

Pero entonces, sentí un tirón diferente. No era la pasión carnal, era el dolor compartido. Sentí la rabia de Kaelen acercándose, una furia que no era egoísta, sino protectora.

—Tú no eres él —dije, mi voz recuperando su filo plateado—. Él nunca me prometería un fuego sin consecuencias. Él sabe que lo que nos hace fuertes es precisamente nuestra debilidad.

Clavé mis dedos en el pecho del impostor. No usé luz; usé la Sombra de Platino, la mezcla de mi esencia y la de Kaelen que habíamos forjado en el Plano Cero. El Ancestro emitió un grito que no fue humano, sino un chirrido de realidad desgarrándose. Su piel de “Kaelen” empezó a derretirse, revelando una forma de carne roja, viscosa y llena de ojos que parpadeaban con una inteligencia maligna.

—¡EL VÍNCULO ES… UNA MENTIRA! —chilló la criatura mientras retrocedía.

En ese momento, la puerta de la biblioteca estalló en astillas de obsidiana. Kaelen irrumpió en la habitación, envuelto en una corona de fuego dorado que iluminó hasta el rincón más oscuro. Al ver a la criatura de carne frente a mí, su rugido sacudió los cimientos del castillo.

—¡QUÍTALE TUS MANOS DE ENCIMA! —gritó Kaelen.

Se lanzó contra el Ancestro con una ferocidad suicida. La batalla fue breve pero brutal. El Ancestro intentaba cambiar de forma, volviéndose una masa de tentáculos de sangre, pero Kaelen lo golpeaba con ráfagas de luz solar que vaporizaban la carne primordial al contacto. Yo me uní al ataque, usando mi sombra para inmovilizar a la criatura, creando una red de oscuridad que le impedía regenerarse.

Finalmente, Kaelen hundió su mano en el centro de la masa de carne y extrajo un núcleo de cristal carmesí que latía con el ritmo del portal exterior. Con un grito de victoria, aplastó el núcleo entre sus dedos.

La criatura se disolvió en un charco de líquido negro que se evaporó en segundos, dejando tras de sí solo el aroma a ozono.

Kaelen cayó de rodillas, jadeando, su luz dorada disminuyendo hasta volverse un brillo ámbar cansado. Corrí hacia él y lo rodeé con mis brazos, sintiendo su corazón latir con una fuerza que amenazaba con romper sus costillas.

—Elsa… ¿estás bien? —me preguntó, buscándome los ojos con una desesperación que me partió el alma—. Dime que no te ha… dime que todavía eres tú.

—Soy yo, Kaelen. Siempre seré yo —le tomé el rostro entre mis manos y lo besé con una urgencia que buscaba borrar el rastro del impostor.

El “Spicy” de este momento fue una purificación. En medio de los restos de la batalla y el polvo de la biblioteca, nos entregamos a un beso que era una reclamación de territorio. Kaelen me apretó contra su armadura, sus manos recorriendo mi cuerpo como si estuviera comprobando que cada centímetro seguía perteneciendo a nuestra realidad. La desconfianza y los celos mágicos que el Ancestro había intentado sembrar se quemaron ante la autenticidad de nuestro nudo.

—Ha sido solo uno, Elsa —dijo Kaelen, separándose un poco para mirarme—. Uno solo, y casi logra engañar a tus sentidos. La grieta… no está enviando guerreros. Está enviando parásitos de identidad.

—Quieren el nudo, Kaelen —respondí, ayudándolo a ponerse de pie—. El Ancestro dijo que nuestra pasión es el ingrediente que les falta para recuperar su forma física en este mundo. Si logran corromper lo que sentimos el uno por el otro, podrán caminar entre nosotros sin ser detectados.

Aidan entró en la biblioteca, escoltado por Valerius, quien tenía la espada desenvainada y la mirada paranoica. El niño miró el lugar donde la criatura se había disuelto y luego nos miró a nosotros.

—No ha sido solo un ataque, padre —dijo Aidan, su voz cargada de una madurez aterradora—. He sentido el portal. Hay miles de ellos esperando. No son individuos; son una Conciencia de Sangre. Y han aprendido que vuestro amor es la cerradura.

—Entonces cambiaremos la cerradura —sentenció Kaelen, su mano buscando la mía y apretándola con una fuerza inquebrantable.

Miré por la ventana hacia la grieta carmesí. El cielo ya no era violeta, sino de un color sangre oscuro que presagiaba una noche eterna. El banquete de las naciones había sido el preludio, pero la verdadera prueba de nuestra unión apenas comenzaba.

Ya no luchábamos contra máquinas sin alma o príncipes orgullosos. Luchábamos contra el origen de nuestra propia especie, contra los impulsos que nos hacían quienes éramos.

—Valerius —dije, y mi voz de Emperatriz resonó con una autoridad gélida—. Cierra el castillo. Nadie entra, nadie sale. Y quien quiera hablar con los soberanos, deberá sangrar ante la Piedra Blanca primero. Si es carne de este mundo, dolerá. Si es sangre de la grieta… arderá.

Kaelen y Elsa de pie frente a su hijo, mientras el Castillo de Hierro se sumergía en una cuarentena mística. El enemigo estaba en la sangre, y la única forma de ganar era demostrar que su nudo era más puro que el caos que los creó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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