La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 79
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Capítulo 79: 79 | Abordaje de las sombras
Elsa
El cielo bajo el Eclipse Permanente ya no era una cúpula de paz espectral. Las naves de los Corsarios del Olvido no descendieron con el estruendo de los motores de Aethelgard ni con el rugido biológico de los Ancestros. Se deslizaron a través del aire estancado como manchas de tinta en un lienzo húmedo, jirones de oscuridad absoluta que absorbían la luz platina del eclipse y devolvían un frío que no pertenecía al invierno, sino al vacío entre las estrellas.
Me encontraba en el puente levadizo, sintiendo que mi sombra plateada se erizaba con una premonición de nada. A mi lado, Kaelen sostenía su espada de fuego solar, pero la llama dorada parpadeaba con una inquietud inusual. El “Spicy” de nuestra conexión estaba hoy cargado de una estática dolorosa; era como si el nudo intentara apretarse para protegernos de un vendaval que amenazaba con deshilacharnos.
—No tienen presencia, Elsa —susurró Kaelen, su voz tensa—. No huelo su sangre, no oigo sus corazones. Es como si el espacio que ocupan fuera una mentira.
—Son mercenarios del equilibrio, Kaelen —respondí, invocando una barrera de sombra para proteger a los guardias que nos rodeaban—. El Vigilante de la Sincronía dijo que vendrían a limpiar la paradoja. No vienen a matarnos; vienen a hacernos nunca haber sido.
Desde la nave principal, un navío hecho de huesos de ballena estelar y velas de seda de vacío, descendió una figura envuelta en una túnica gris que parecía estar hecha de niebla de ceniza. No tenía rostro, solo un par de cuencas vacías donde giraban dos pequeñas galaxias muertas. En su mano derecha sostenía un farol que emitía una luz de un blanco clínico, desprovista de calor o éter.
—Ciudadanos de la Anomalía —la voz del Corsario fue un susurro que se filtró directamente en nuestras mentes, saltándose los oídos—. Vuestro tiempo ha caducado. El registro debe ser purgado. Entregad el ancla o seréis editados.
—¡Aquí no se edita nada! —rugió Valerius, dando un paso al frente con su espada de acero Thorne en alto. El general, el hombre que había sobrevivido a tres volúmenes de guerras imposibles, cargó contra el extraño con la valentía de un león—. ¡Fuera de mi castillo, espectro!
El Corsario ni siquiera se movió. Simplemente alzó su farol y proyectó un rayo de esa luz blanca sobre Valerius.
Lo que sucedió a continuación me heló la sangre más que cualquier monstruo. Valerius no gritó. No sangró. El rayo lo envolvió y, por un segundo, su imagen empezó a parpadear como una vela al viento. Vimos su rostro volverse translúcido, sus recuerdos —sus victorias, su lealtad a Kaelen, el amor que sentía por Clara— salieron de él en forma de pequeñas chispas de luz que el farol absorbió.
Y luego, el silencio.
Donde antes estaba el General Valerius, ahora solo había aire vacío. Su espada cayó al suelo de piedra con un estruendo metálico que sonó como un funeral.
Me giré hacia Kaelen, con el corazón martilleando contra mis costillas. —¿Kaelen? ¿Valerius…?
Kaelen frunció el ceño, mirando la espada en el suelo con una confusión desgarradora. —¿De quién es esa arma, Elsa? ¿Por qué… por qué siento que debería conocer ese escudo?
El horror me golpeó con la fuerza de un rayo. Los Corsarios no solo lo habían borrado; habían borrado su rastro en nuestras mentes. Kaelen, su mejor amigo, su hermano de armas, ya no recordaba su nombre.
—¡Es Valerius, Kaelen! —grité, tomándolo de las solapas de su casaca y sacudiéndolo—. ¡Tu general! ¡El que estuvo con nosotros en la Luna de Cristal! ¡Recuerda!
—No sé de qué hablas, Elsa —respondió él, y vi en sus ojos dorados una vacante aterradora—. Nunca hemos tenido un general con ese nombre. Siempre hemos estado solos con la Guardia de Sangre… ¿verdad?
El ataque de los Corsarios continuó. No era una batalla de espadas; era una Guerra de Memoria. Cada vez que el farol de un corsario tocaba a un soldado, este desaparecía de la existencia y de los recuerdos de sus compañeros. El castillo se estaba volviendo un lugar de extraños, un nido de ausencias que solo yo, gracias a mi sombra plateada conectada al éter del Origen, parecía ser capaz de retener por unos segundos antes de que el olvido las reclamara.
—El nudo es el siguiente —dijo el Corsario Gris, fijando sus galaxias muertas en nosotros—. Si el Rey olvida a la Reina, la paradoja colapsará por su propio peso.
Kaelen me miró, y por primera vez en toda nuestra historia, vi una chispa de duda en su mirada. El farol se alzó hacia nosotros.
—¡CORRE! —le grité, empujándolo hacia el interior del Corazón del Castillo.
Nos encerramos en la cámara del Árbol de Platino. Aidan estaba allí, abrazado al tronco, temblando. El niño lloraba, pero sus lágrimas eran de un color plata líquida. —Se están llevando las raíces, madre. Están borrando los “por qué”.
Kaelen se dejó caer contra la pared, jadeando. Su luz solar estaba de un color grisáceo. Se tocó la frente, como si estuviera tratando de sujetar pensamientos que se le escapaban entre los dedos.
—Elsa… —su voz era un hilo de miedo—. He olvidado tu rostro de cuando eras niña. He olvidado el sabor de nuestra primera noche. Es como si una mano invisible estuviera arrancando las páginas de mi vida. ¿Quién… quién eres tú, además de mi Emperatriz?
El “Spicy” de este momento fue una agonía de vulnerabilidad. Me acerqué a él y lo tomé de las manos. Su piel, que siempre era un refugio de calor, ahora se sentía extrañamente distante.
—Soy la mujer que compraste por una moneda de sangre, Kaelen —dije, mis lágrimas cayendo sobre sus manos—. Soy la que te amó cuando eras un monstruo y la que te siguió hasta el fin del tiempo. Si me olvidas, el universo ganará. Tienes que luchar. No uses tu poder de Rey, usa tu poder de Amante.
Kaelen cerró los ojos, luchando contra la luz blanca que se filtraba por las grietas de la puerta. —No puedo… la lógica me dice que tú solo eres un activo político… un error de cálculo…
—¡Al diablo con la lógica! —lo besé con una ferocidad que buscaba despertar sus nervios antes que su mente.
En ese beso, inyecté toda mi sombra plateada en él. No busqué su energía, busqué sus sentidos. Le recordé el olor de mi cabello, la presión de mi cuerpo contra el suyo, el dolor que compartimos en la transmutación. El deseo es la única memoria que el cerebro no puede editar, porque reside en la médula.
Kaelen emitió un gruñido profundo, animal. Sus ojos dorados recuperaron su brillo carmesí de vampiro, la parte más instintiva de su ser. Sus brazos me rodearon con una fuerza que me hizo gemir, reclamándome no como una idea, sino como su carne.
—Elsa… —su voz volvió a ser el trueno que yo conocía—. ¡Malditos sean los Vigilantes! ¡Nadie me quita lo que es mío!
La puerta de la cámara estalló. El Corsario Gris entró, seguido por otros tres. El farol brilló con una intensidad cegadora, apuntando directamente a nuestro nudo.
—PROCEDIMIENTO DE BORRADO FINAL —sentenció la entidad.
Pero Kaelen y yo ya no estábamos defendiéndonos. Estábamos reaccionando.
Unimos nuestras manos frente al Árbol de Platino. El éter líquido de las ramas empezó a fluir hacia nosotros, atraído por la intensidad de nuestra reconexión. Esta vez, la Fusión de Platino no fue una ráfaga de fuego. Fue una Onda de Recuerdo.
Proyectamos nuestra historia hacia el exterior con la fuerza de un huracán. No solo nuestros recuerdos, sino los de Valerius, los de Clara, los de cada ciudadano que los Corsarios habían intentado borrar. Usamos el dolor de la pérdida como un ancla de realidad.
—¡VOSOTROS NO TENÉIS PASADO! —rugió Kaelen, su espada de fuego solar estallando en una luz de platino que consumió la luz del farol—. ¡Y POR LO TANTO, NO TENÉIS PODER SOBRE EL NUESTRO!
El choque de las dos luces creó una explosión de realidad. Vimos al Corsario Gris desintegrarse, no en cenizas, sino en datos corruptos que se desvanecieron en el vacío. Los otros corsarios intentaron huir hacia sus naves, pero el Árbol de Platino extendió sus ramas de cristal, atrapándolos y absorbiendo su esencia de “olvido” para convertirla en nuevas hojas de memoria.
Cuando la luz se disipó, el castillo volvió a la calma del Eclipse. Pero algo había cambiado.
Valerius apareció en la puerta de la cámara, tambaleándose, tocándose la cabeza con confusión. —¿Majestad? ¿Qué ha pasado? Siento que… que me fui a dar un paseo muy largo por un desierto de ceniza.
Kaelen corrió hacia él y lo abrazó con una fuerza que casi le rompe las costillas al general. —Valerius… viejo amigo. No te vuelvas a ir así.
—¿Irme, señor? Solo estaba informando sobre los barcos… —Valerius parpadeó, el recuerdo del borrado desvaneciéndose en su mente como un sueño—. Pero es extraño. Siento que tengo una historia nueva que contar, pero no recuerdo las palabras.
Aidan se acercó a nosotros, mirando el cielo a través del techo roto. Las naves de los Corsarios habían desaparecido, pero el eclipse ahora tenía un anillo de color gris acero a su alrededor.
—Los hemos vencido —dijo Aidan—. Pero han dejado una marca. El mundo ha recordado a Valerius porque vuestro amor le dio un lugar al que volver. Pero habrá otros que no regresarán. Gente de la ciudad, soldados menores… el olvido se ha llevado fragmentos del Norte que nunca recuperaremos.
Miré a Kaelen. Él me tomó de la mano, y aunque estábamos a salvo, sentí una tristeza infinita. Habíamos ganado la batalla, pero el enemigo ahora sabía que nuestra mayor debilidad era la propia historia que intentábamos proteger.
—El nudo es más que nosotros dos, Elsa —dijo Kaelen, mirando las hojas violetas del árbol que ahora contenían los destellos de los recuerdos recuperados—. Es la suma de todos los que creen en nosotros. Si ellos olvidan, nosotros desaparecemos.
—Entonces haremos que nunca olviden —respondí, besando sus nudillos—. Escribiremos nuestra historia en la propia luz del eclipse.
Elsa y Kaelen de pie en el balcón, mientras el Árbol de Platino empezaba a cantar una melodía que contaba la historia de Valerius, de Clara y de la caída de los Corsarios. La Guerra de Memoria apenas había comenzado, y el próximo ataque de los Vigilantes no sería contra sus vidas, sino contra el futuro que aún no habían escrito.
En la distancia, el Vigilante de la Sincronía observaba desde su ciudad de cristal, ajustando las manecillas de su reloj de arena. —El error persiste. Pero ahora, el error tiene miedo a ser olvidado. Y el miedo… el miedo es el primer paso hacia la obediencia.
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