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LA NUEVA ERA - Capítulo 43

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Capítulo 43: Demasiado limpio

Sintió una mano en mi hombro. Abrí los ojos.

Ana estaba agachada a mi lado, el índice sobre sus labios.

—No hagas ruido —susurró—. Hay zombis por la zona, pero están lejos. Despierta a las demás. Preparé el desayuno.

Asentí. Me incorporé sin hacer ruido y desperté a Lara y Silvia con un toque en el hombro.

Comimos rápido. Latas de pescado, un poco de agua. Nada especial.

Cuando terminamos, Silvia se estiró en el suelo.

—Quiero seguir durmiendo —murmuró, cerrando los ojos.

La agarré del brazo para levantarla. Tal vez con más fuerza de la necesaria.

Silvia abrió los ojos y me miró. No dijo nada, pero la vi fruncir el ceño ligeramente.

Me di cuenta. Aflojé el agarre.

—Perdón —dije—. No era mi intención.

Silvia se rió. El sonido fue bajo, pero sincero.

—¿Ya te están subiendo las hormonas por viajar con mujeres?

Sentí el calor subirme por el cuello.

—No es eso —respondí, demasiado rápido. Respiré hondo—. ¿Puedo explicarte el plan?

Ana nos observaba desde el costado. Vi cómo miraba a Silvia, después a mí, y sonreía para sí misma. Sabía que Silvia lo hacía a propósito. Para molestarme.

Después, Ana miró a Lara.

Lara no dijo nada. Solo negó con la cabeza, como si pensara “déjalos, ya se les pasa”.

—Concéntrense en el plan —dijo Lara, señalando hacia la ventana—. Los zombis están muy cerca afuera.

Suspiré. Aliviado por el cambio de tema.

—He observado que hay un hospital —dije, sacando el mapa—. No estoy seguro, pero quiero buscar suministros. Vendas, alcohol, cosas así. Por si hay emergencias.

Lara frunció el ceño.

—Es arriesgado. Los hospitales siempre están llenos de zombis. Puede haber demasiados.

—Por eso usaremos las armas —respondí—. Entro yo primero para escanear el lugar. Iremos lentamente. No pienso correr ningún riesgo.

Lara me miró un momento. Después asintió.

—Está bien. Confío en ti.

Ana levantó la mano, como si estuviera en una clase.

—¿Y si mejor dejamos de decirles “zombis mutantes”? ¿Qué tal si les decimos “variantes”?

Silvia la miró, sorprendida.

—No está mal.

—Me gusta —dije—. “Variantes”. Suena más… científico.

Ana sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero la vi. Por primera vez en días.

Salimos. Nos escondimos de edificio en edificio, de sombra en sombra. La ciudad estaba destrozada. Calles llenas de cadáveres, autos chocados, paredes derrumbadas. Un mundo en ruinas.

—Estamos cerca —dijo Ana.

Asentí.

—Sí.

Lara fue la primera en verlo.

El hospital.

Era enorme. Se levantaba contra el cielo gris como un esqueleto de cemento y vidrios rotos.

Entré primero.

El lugar estaba limpio. Demasiado limpio. Las baldosas brillaban. No había polvo, no había sangre, no había cuerpos.

El silencio era absoluto.

Algo extraño pasa aquí, pensé.

Lara también lo sintió. La vi tensar los hombros.

—¿Podría haber gente aquí? —preguntó Ana, en un susurro.

Silvia negó con la cabeza.

—No tengo idea. Es posible.

Seguimos avanzando. Pasillo tras pasillo. Puertas cerradas. Algunas con carteles borrosos.

Crucé una esquina.

Y ahí estaba.

Un hombre. Grande. Ropa oscura. Escopeta en las manos.

No me vio. No hasta que di el último paso.

Giró. Me lanzó un puñetazo directo al pecho. Lo resistí, pero la fuerza era tremenda. Me movió hacia atrás.

Pensé: ¿Quién es este tipo?

Me puse en guardia.

El hombre abrió los ojos. Me apuntaba con la escopeta a la cabeza.

Detrás de mí, Lara reaccionó. Escuché el clic de la pistola.

La tenía apuntando a la cabeza del extraño.

—Váyanse —dijo el hombre, la voz grave—. Salgan de aquí.

—¿Y si no me voy? —pregunté, manteniendo la calma.

—Entonces…

—¡Ya basta! —Una mujer apareció detrás de él. Bata blanca. Una doctora—. Están haciendo demasiado ruido. ¿Quieren que los encuentren?

El hombre bajó la escopeta un centímetro. No más.

La doctora nos miró. A mí, a Lara, a Silvia, a Ana.

—Bajen las armas —dijo—. Y hablamos. Pero primero, entren. Y cierren la puerta.

Nadie se movió.

—¿De verdad quieren que los maten ahí afuera? —insistió la doctora.

Lara me miró. Esperando mi señal.

Asentí.

Bajé la guardia. Lara bajó la pistola.

La doctora sonrió. No era una sonrisa amable. Era una sonrisa de supervivencia.

—Bienvenidos al hospital —dijo—. Ahora, síganme. Y no se separen.

La doctora nos guió por un pasillo largo. paredes pintadas de blanco sucio, puertas de metal cerradas. Al final, abrió una.

No podía creerlo.

Adentro había más de treinta personas. Ancianos. Niños. Mujeres abrazadas a sus hijos. Hombres con vendajes en los brazos, en las piernas, en la cabeza.

El extraño de la escopeta —Juárez, me enteraría después— se quedó en la entrada. No dijo nada. Solo me miraba. Como si esperara que hiciera un movimiento en falso.

Lara se acercó a la doctora.

—¿Toda esta gente es parte del hospital?

—Ahora sí —respondió ella—. Eran residentes de la ciudad. Lograron sobrevivir al brote. Pero por desgracia, algunos no estaban preparados. Éramos más de ochenta al principio. Las bajas han aumentado. La zona es más peligrosa ahora.

Ana frunció el ceño.

—¿Por qué se volvió más peligrosa?

La doctora suspiró. Se llevó una mano a la sien, como si le doliera recordar.

—Los suministros no son suficientes. Y hace semanas, un zombi más grande de lo normal se instaló en la central eléctrica. No sabemos cómo hacer para que vuelva la luz. Muchos intentaron ir. Nadie ha vuelto con vida.

Un niño rompió el silencio.

—¡Mi papá sigue con vida! —gritó, forcejeando con una enfermera que intentaba calmarlo—. ¡Él va a volver! ¡Todavía hay esperanza!

La enfermera no pudo contenerlo. El niño se soltó y se sentó en el piso, los puños apretados, las lágrimas cayendo sin que pudiera detenerlas.

Ana lo miró. Vi cómo se mordía el labio.

—Es muy joven para ser huérfano —murmuró.

Lara no dijo nada. Pero la vi. Sus manos temblaban. Un vacío en la mirada. Tal vez compasión. Tal vez rabia.

Silvia apretó los dientes.

—¿Cuantos más van a seguir muriendo así?

Nadie respondió.

Seguimos caminando. La doctora nos guió a otra ala del hospital. Allí la gente nos miraba. Tenían heridas. Moretones. Algunos vendajes mal hechos.

—No tenemos suministros médicos ilimitados —dijo la doctora, como si leyera mi pensamiento—. Usamos lo justo y lo necesario.

—¿A dónde vamos? —pregunté.

—A hablar con el que dirige esto.

Benites.

Llegamos a una puerta. La doctora llamó dos veces, después abrió lentamente.

—Buenos días, Benites. ¿Has podido terminar tus tareas?

Benites levantó la vista. Era un hombre de pelo canoso, bata blanca manchada, gafas de lectura apoyadas en la nariz. Nos miró un momento. Después, a la doctora.

—¿Un grupo más? ¿O intrusos?

Di un paso al frente.

—No somos intrusos —dije—. No sabíamos que había gente aquí. Podemos irnos por donde vinimos. Sin hacer escándalo.

Benites me observó. Era una mirada lenta, calculadora.

—¿A qué vinieron? ¿Por suministros? Parece… Estará bien.

—¿Estar bien es lo mismo que estar preparado? —pregunté.

Lara tensó los músculos. La vi mirar a Juárez, que seguía en la puerta. Inmóvil. La escopeta cruzada sobre el pecho.

Benites sonrió. Una sonrisa seca.

—Está bien. Como quieran. Pueden quedarse aquí. Pero no les daré recursos. Solo puedo ofrecerles una habitación, información, pastillas y algo para la pierna de tu compañera —señaló a Lara—.

Lara no se inmutó.

Miré a Benites. Luego a la doctora. Luego a Juárez.

¿Será una trampa? pensé.

Pero no había muchas opciones.

—Está bien —dije—. Aceptamos. Como pago, ayudaré a su gente. Por ahora.

Benites asintió. Se recostó en su silla.

—Antes de eso, preséntense. Ni siquiera sé sus nombres.

—Marcos —dije—. Solo un sobreviviente. Con mi grupo.

—Yo soy Benites —respondió—. El doctor Benites. Controlo este hospital. Ella es Samira, una de mis mejores ayudantes. Y él —señaló a Juárez— es Juárez. Nuestro guardia de seguridad interior. Tenlo presente: no te quitará el ojo de encima si intentas algo.

Lara se colocó a mi lado.

—Yo tampoco te lo quitaré a ti —dijo, mirando fijamente a Benites.

Ana y Silvia se acercaron. Una a cada lado.

—Ana.

—Silvia.

Benites no dijo nada. Solo nos observó.

Samira nos guió a nuestras habitaciones.

La mía estaba separada de las chicas. Un pasillo de por medio. Puerta de metal. Una ventana pequeña, alta, con barrotes.

Revisé cada rincón. No había nada raro. No escuchaba nada sospechoso.

Cerré la puerta. Me apoyé contra la pared.

Lara está con ellas, pensé. Puedo estar tranquilo.

Pero no podía. No del todo.

Me puse a entrenar. Flexiones. Sentadillas. Movimientos rápidos. La calistenia me ayudaba a despejar la mente.

En la otra habitación…

Lara miró a la enfermera que las había acompañado.

—¿Hay una habitación para tres personas?

—Sí —respondió la enfermera—. Quédense tranquilas.

Cerró la puerta.

Las tres se quedaron en silencio.

Lara revisó la habitación. Puerta cerrada con llave por dentro. Ventana alta, pero sin barrotes. Una cama de plaza y media, dos colchones en el suelo.

—Marcos pensará en algo —dijo Silvia, sentándose en una esquina.

—Y si no —respondió Lara, apoyando la espalda contra la pared—, nosotras nos abriremos paso para salir de acá.

Ana asintió. No dijo nada. Pero sus manos dejaron de temblar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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