Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

LA NUEVA ERA - Capítulo 44

  1. Inicio
  2. LA NUEVA ERA
  3. Capítulo 44 - Capítulo 44: El hospital de los rotos
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 44: El hospital de los rotos

La doctora nos guió por un pasillo largo. paredes pintadas de blanco sucio, puertas de metal cerradas. Al final, abrió una.

No podía creerlo.

Adentro había más de treinta personas. Ancianos. Niños. Mujeres abrazadas a sus hijos. Hombres con vendajes en los brazos, en las piernas, en la cabeza.

El extraño de la escopeta —Juárez, me enteraría después— se quedó en la entrada. No dijo nada. Solo me miraba. Como si esperara que hiciera un movimiento en falso.

Lara se acercó a la doctora.

—¿Toda esta gente es parte del hospital?

—Ahora sí —respondió ella—. Eran residentes de la ciudad. Lograron sobrevivir al brote. Pero por desgracia, algunos no estaban preparados. Éramos más de ochenta al principio. Las bajas han aumentado. La zona es más peligrosa ahora.

Ana frunció el ceño.

—¿Por qué se volvió más peligrosa?

La doctora suspiró. Se llevó una mano a la sien, como si le doliera recordar.

—Los suministros no son suficientes. Y hace semanas, un zombi más grande de lo normal se instaló en la central eléctrica. No sabemos cómo hacer para que vuelva la luz. Muchos intentaron ir. Nadie ha vuelto con vida.

Un niño rompió el silencio.

—¡Mi papá sigue con vida! —gritó, forcejeando con una enfermera que intentaba calmarlo—. ¡Él va a volver! ¡Todavía hay esperanza!

La enfermera no pudo contenerlo. El niño se soltó y se sentó en el piso, los puños apretados, las lágrimas cayendo sin que pudiera detenerlas.

Ana lo miró. Vi cómo se mordía el labio.

—Es muy joven para ser huérfano —murmuró.

Lara no dijo nada. Pero la vi. Sus manos temblaban. Un vacío en la mirada. Tal vez compasión. Tal vez rabia.

Silvia apretó los dientes.

—¿Cuantos más van a seguir muriendo así?

Nadie respondió.

Seguimos caminando. La doctora nos guió a otra ala del hospital. Allí la gente nos miraba. Tenían heridas. Moretones. Algunos vendajes mal hechos.

—No tenemos suministros médicos ilimitados —dijo la doctora, como si leyera mi pensamiento—. Usamos lo justo y lo necesario.

—¿A dónde vamos? —pregunté.

—A hablar con el que dirige esto.

Benites.

Llegamos a una puerta. La doctora llamó dos veces, después abrió lentamente.

—Buenos días, Benites. ¿Has podido terminar tus tareas?

Benites levantó la vista. Era un hombre de pelo canoso, bata blanca manchada, gafas de lectura apoyadas en la nariz. Nos miró un momento. Después, a la doctora.

—¿Un grupo más? ¿O intrusos?

Di un paso al frente.

—No somos intrusos —dije—. No sabíamos que había gente aquí. Podemos irnos por donde vinimos. Sin hacer escándalo.

Benites me observó. Era una mirada lenta, calculadora.

—¿A qué vinieron? ¿Por suministros? Parece… Estará bien.

—¿Estar bien es lo mismo que estar preparado? —pregunté.

Lara tensó los músculos. La vi mirar a Juárez, que seguía en la puerta. Inmóvil. La escopeta cruzada sobre el pecho.

Benites sonrió. Una sonrisa seca.

—Está bien. Como quieran. Pueden quedarse aquí. Pero no les daré recursos. Solo puedo ofrecerles una habitación, información, pastillas y algo para la pierna de tu compañera —señaló a Lara—.

Lara no se inmutó.

Miré a Benites. Luego a la doctora. Luego a Juárez.

¿Será una trampa? pensé.

Pero no había muchas opciones.

—Está bien —dije—. Aceptamos. Como pago, ayudaré a su gente. Por ahora.

Benites asintió. Se recostó en su silla.

—Antes de eso, preséntense. Ni siquiera sé sus nombres.

—Marcos —dije—. Solo un sobreviviente. Con mi grupo.

—Yo soy Benites —respondió—. El doctor Benites. Controlo este hospital. Ella es Samira, una de mis mejores ayudantes. Y él —señaló a Juárez— es Juárez. Nuestro guardia de seguridad interior. Tenlo presente: no te quitará el ojo de encima si intentas algo.

Lara se colocó a mi lado.

—Yo tampoco te lo quitaré a ti —dijo, mirando fijamente a Benites.

Ana y Silvia se acercaron. Una a cada lado.

—Ana.

—Silvia.

Benites no dijo nada. Solo nos observó.

Samira nos guió a nuestras habitaciones.

La mía estaba separada de las chicas. Un pasillo de por medio. Puerta de metal. Una ventana pequeña, alta, con barrotes.

Revisé cada rincón. No había nada raro. No escuchaba nada sospechoso.

Cerré la puerta. Me apoyé contra la pared.

Lara está con ellas, pensé. Puedo estar tranquilo.

Pero no podía. No del todo.

Me puse a entrenar. Flexiones. Sentadillas. Movimientos rápidos. La calistenia me ayudaba a despejar la mente.

En la otra habitación…

Lara miró a la enfermera que las había acompañado.

—¿Hay una habitación para tres personas?

—Sí —respondió la enfermera—. Quédense tranquilas.

Cerró la puerta.

Las tres se quedaron en silencio.

Lara revisó la habitación. Puerta cerrada con llave por dentro. Ventana alta, pero sin barrotes. Una cama de plaza y media, dos colchones en el suelo.

—Marcos pensará en algo —dijo Silvia, sentándose en una esquina.

—Y si no —respondió Lara, apoyando la espalda contra la pared—, nosotras nos abriremos paso para salir de acá.

Ana asintió. No dijo nada. Pero sus manos dejaron de temblar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo