LA NUEVA ERA - Capítulo 45
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Capítulo 45: El trato
Terminé mi rutina. Flexiones, sentadillas, movimientos rápidos. El sudor me secaba la frente cuando abrí la puerta.
Salí al pasillo. Buscaba a Samira. Quería saber qué tareas tendría que hacer.
Pero me encontré con Benites.
¿Coincidencia? ¿O mal presagio? pensé.
Me puse en guardia.
Después vi que no. Benites estaba ayudando a dos ancianos a caminar hacia las enfermeras. Los tomaba del brazo con cuidado, con paciencia. No era el líder frío que habíamos conocido el primer día. Era alguien que también se ensuciaba las manos.
Me vio. Se enderezó.
—Samira te está esperando —dijo—. Donde está la gente. Seguí derecho, doblá dos veces a la izquierda por los pasillos con marcas verdes.
Asentí. Hice caso.
Caminé. Pasillos largos, paredes desconchadas, el olor a remedios y ropa sucia.
Cuando llegué, vi a Samira y Ana.
Estaban con los niños.
Samira vendaba el brazo de un chico de unos diez años. Ana sostenía la mano de una nena más chica, la cara llena de moretones.
Samira levantó la vista.
—Vos te quedás con ellos —dijo, señalando a los niños—. Yo voy a atender a Lara con la medicación que le prometí a Benites. Para que mejore su pierna.
—¿Está bien? —pregunté.
—Va a estar mejor. Eso es lo que importa.
Samira se fue.
Me quedé con los niños.
—¿Dónde está Silvia? —le pregunté a Ana.
—Ayudando a Juárez —respondió—. Tienen un camión escondido con recursos. Ella está descargando cajas.
Fruncí el ceño.
—¿Va a estar bien?
—Juárez no habla mucho, pero no parece mal tipo.
No respondí. Solo me arrodillé y empecé a vendar heridas. Corte aquí, raspón allá. Un chico con fiebre. Una nena que no paraba de llorar.
Ana me ayudaba en silencio.
Después de un rato, me preguntó:
—¿Vos estás bien con este lugar?
Lo pensé.
—No lo sé —respondí—. Pero mientras Lara mejore y tengamos un lugar seguro… es suficiente.
Ana no dijo nada. Solo asintió.
Seguimos trabajando.
Pasaron horas. Cuando terminamos, estábamos agotados. Mentalmente más que físicamente.
Samira apareció con Silvia.
—Voy a llevarlos a sus habitaciones para que descansen —dijo Samira.
Silvia se frotaba los hombros.
—Las cajas estaban pesadas —se quejó, pero sonriendo.
—Lara está en su habitación descansando —aclaró Samira.
—¿Ya la atendiste? —pregunté.
—Sí. Le puse una inyección y vendajes nuevos. En unos días va a notar la diferencia.
Asentí. Me despedí con un gesto y me fui a mi habitación.
Cerré la puerta. Me senté en la cama. El colchón era duro, pero mejor que el suelo del bosque.
No bajé la guardia. Nunca. Pero cerré los ojos. Solo un momento, pensé.
Plácidamente, me dormí.
En la otra habitación…
Ana y Silvia entraron despacio.
Lara dormía. Boca arriba, una pierna vendada, el brazo cruzado sobre el pecho. Su respiración era profunda, tranquila.
—Parece otra cuando duerme —susurró Silvia.
—No despiertes —dijo Ana.
Se sentaron a su lado. Una en el borde de la cama, otra en una silla.
Nadie habló. Solo la acompañaron.
Los días pasaron.
Tres. Cuatro. Cinco.
Nos acostumbramos a la rutina del hospital. Mañanas atendiendo heridos. Tardes ayudando donde hiciera falta. Noches en nuestras habitaciones, con la puerta cerrada.
Aprendí cosas del lugar.
Tenían una pequeña plantación de verduras en el techo. Lechugas, tomates, unas hierbas aromáticas. No mucho, pero suficiente para complementar las raciones.
También tenían un generador de gasolina. Lo habían modificado para que funcionara con agua —un sistema hidroeléctrico casero, rudimentario, pero efectivo.
—El problema —me explicó uno de los técnicos— es que el generador falla. Necesitamos que alguien vaya a la central electrica.
Guardé la información.
Un día, fui a hablar con Benites.
Estaba en su despacho. Papeles desparramados sobre el escritorio. Una taza vacía. Ojeras profundas.
—¿Se puede? —pregunté desde la puerta.
Benites levantó la vista.
—Marcos. Qué sorpresa.
Entré. Me senté frente a él sin esperar invitación.
—¿Tiene idea de cómo arreglar la central eléctrica? —pregunté directo.
Benites me miró un momento. Después suspiró.
—Es simple. Conectar los fusibles y reiniciar el sistema.
—¿Por qué no lo han hecho?
Silencio.
Benites se recostó en su silla. Pasó una mano por su cara cansada.
—Porque antes… esto lo dirigía mi padre.
No interrumpí.
—Éramos más de ochenta —continuó—. Todos sabían que la energía era crucial. Pero iban… y nadie volvía. Mi padre fue uno de ellos. Nunca regresó.
Hizo una pausa.
—Ahora somos cuarenta. Quizás menos. Y no tengo gente capaz de hacer esa actividad sin miedo a no volver.
Lo miré.
—Mi grupo irá.
Benites abrió los ojos, sorprendido.
—Mi grupo irá —dije—. Llevamos un mes aquí. Lara ya está sana. Su pierna está al cien por ciento. Cuando arreglemos la central, te pediré una de tus camionetas para irnos. ¿Entendido? Solo por eso lo haré.
Me levanté. Di la vuelta. Caminé hacia la puerta.
Benites no dijo nada. Me miró irme.
Él también es un ser humano, pensé. Y tiene miedo. Como todos.
Salí al pasillo.
Lara, Silvia y Ana estaban apoyadas contra la pared. Me miraron.
—Escuchamos todo —dijo Lara.
—Ya me imaginaba —respondí.
—Hay que prepararnos —dijo Lara. Su pierna aún vendada, pero la voz firme.
Ana asintió.
Silvia cruzó los brazos.
—¿Y con qué armas contamos?
Un ruido de pasos. Juárez apareció al fondo del pasillo.
Nos miró. No sonrió. No saludó.
—Síganme —dijo—. Tengo algo preparado para ustedes.
Y caminó.
Nos miramos. Después, lo seguimos.
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