Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

LA NUEVA ERA - Capítulo 48

  1. Inicio
  2. LA NUEVA ERA
  3. Capítulo 48 - Capítulo 48: El precio
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 48: El precio

No quería pestañear.

El lugar olía a podrido, a humedad, a muerte. Una sensación que erizaba la piel. La variante no se movía, pero su atención era increíble. Me miraba fijo. Cada movimiento mío. Cada respiración.

Guardé la granada. Saqué una lanza de madera. La había armado con un palo de escoba y un cuchillo de sierra.

La lancé.

El palo rebotó contra su piel. No le hizo nada.

La variante se lanzó hacia mí.

Reaccioné rápido. Corrí hacia un lado. Esquivé un golpe brutal. El puño impactó contra el suelo. El cemento se rompió. Fisuras. Polvo.

Un golpe así me mata, pensé.

Sus movimientos eran lentos. Aproveché su impulso. Me lancé con todo hacia él. Clavé la segunda lanza —la que había preparado antes, con otro cuchillo de sierra— directo en su ojo.

La variante gritó.

El impacto fue brutal. Su ojo izquierdo quedó perforado. Sangre negra chorreó por su cara.

Respiré. Pero no pude celebrar.

La variante reaccionó rápido. Me golpeó con el brazo.

Aguanté el impacto, pero salí volando. Estrellé contra una pared de cemento. El golpe me dejó en el suelo.

Sentí mi cuerpo. Quise hablar. Solo pude escupir sangre.

Tengo las costillas rotas, pensé. El brazo fracturado. Y el impacto… me terminó de rematar.

Mi vista se nublaba.

No. No puedo.

Usé mis últimas fuerzas. Me puse de pie.

Saqué la otra lanza. La única que me quedaba. Otro cuchillo de sierra atado en la punta. Apunté a su otro ojo.

La variante se abalanzó.

Me quedé quieto. Esperé.

Los segundos se hicieron eternos. Cada paso suyo retumbaba en el suelo. En mi pecho.

Lancé la lanza.

La criatura la agarró en el aire.

Pero yo ya tenía otra lanza en la mano. La misma dirección. Golpeó su objetivo.

El ojo derecho.

Pero esa lanza también tenía la granada atada en la parte de atrás.

La explosión me empujó hacia atrás. Por suerte, no me alcanzaron los fragmentos.

Me levanté. Vi la zona de la explosión.

La variante estaba sin piel en la cabeza. Carne viva. Partes del pecho también. No tenía ojos. Pero seguía moviéndose.

¿Cómo puede seguir vivo? pensé.

La variante agarró una piedra del suelo. La arrojó hacia donde había explotado la granada.

Quise moverme. No pude. El dolor en mi cuerpo no me lo permitió.

La piedra impactó contra mi cabeza.

Caí al suelo.

La sangre fluyó.

Mis ojos se cerraron.

No podía ver.

Todo era oscuro. Un pasillo largo. Sin paredes. Sin piso. Como si caminara sobre agua sin tocarla.

No podía sentir mi cuerpo. Me dolía la cabeza.

¿Dónde estoy? pensé.

¿Estoy muerto?

Empecé a recordar.

Cuando salí de mi casa. No sabía qué hacer. Solo quería ver a mis padres.

Llegué a la ciudad. Me paralicé. Nunca pensé que el mundo se pudiera acabar así.

Todos esos momentos pasaron por mi cabeza. Una sensación que nunca había experimentado.

Mi cabeza dolía. Mi cuerpo no respondía.

Pero los recuerdos seguían.

Las voces.

Ana. Silvia. Lara.

Ellas me necesitan.

Todavía tenemos que seguir.

Yo quiero vivir.

Peleé tanto para llegar tan lejos. Para morir tan miserablemente.

No.

No.

No.

Abrí los ojos.

La variante trataba de ponerse de pie. Su cabeza era solo carne. Los ojos perdidos. Pero seguía moviéndose.

Detrás de él, una sombra se levantó.

Ojos rojos.

Ira.

Encontré la fuerza para ponerme de pie. Agarré el tubo de metal que había caído cerca de la explosión.

Me acerqué a la variante.

Golpeé.

Una vez.

Dos.

Tres.

No paré.

Le clavé el tubo en la frente. Una ira que nunca había demostrado. Como si estuviera desahogando todo lo que tenía adentro.

Los golpes siguieron. Y siguieron.

Hasta que no quedó nada de la variante.

Su cabeza quedó totalmente aplastada. Sin piel. Los huesos rotos. Sangre negra en el suelo.

Ya no era capaz de aguantar más golpes.

Noté eso. Y me derrumbé.

Caí al suelo.

No podía hacer nada. Solo cerrar lentamente los ojos.

Lara caminaba adelante. La escopeta vacía colgaba de su hombro, inútil. Pero sus manos no dejaban de temblar.

Tiene que estar bien, pensó una y otra vez. Tiene que haberlo logrado.

Silvia ayudaba a Ana. La sujetaba por el brazo, tratando de que el dolor de espalda no la derrumbara del todo.

—Ya casi llegamos —murmuró Silvia, más para ella misma que para Ana.

—Huelo podrido —dijo Ana, con la voz quebrada—. Estamos cerca.

Lara apretó el paso.

Entraron.

La central eléctrica era un esqueleto de metal y sombras. El olor a sangre. A pólvora. A muerte.

Paredes rotas. El suelo marcado por golpes brutales. Agujeros. Fisuras.

—Marcos —llamó Lara, en un susurro.

Silencio.

—¡Marcos! —gritó esta vez.

Silvia señaló hacia el fondo.

—Ahí.

Lara no lo dudó. Corrió.

Marcos estaba en el suelo. Inmóvil. Rodeado de un charco de sangre que seguía creciendo.

La variante yacía a unos metros. La cabeza aplastada. Carne negra y huesos rotos.

Lara ni la miró.

Se arrodilló junto a Marcos. Sus manos temblaban mientras le sacaba la mochila.

—Por favor —murmuró—. Por favor, no.

Le apoyó los dedos en el cuello.

Todavía respira.

Pero estaba destrozado. Las costillas rotas. El brazo fracturado. La cabeza ensangrentada. Moretones por todo el cuerpo.

—Necesitamos vendarle las heridas —dijo Lara, con la voz rota—. Y llevarlo al hospital. Rápido.

Ana se acercó, apoyándose en Silvia.

—No tenemos balas —dijo—. Si algo nos ataca en el camino…

—No me importa —respondió Lara—. No lo voy a dejar aquí.

Ana la miró. Tragó saliva.

—Y la camilla… no tenemos nada para hacer una. No podemos levantarlo así.

Lara quiso responder. No pudo.

La desesperación se apoderó de ella. Sus manos seguían temblando. No podía pensar.

No puedo perderlo, pensó. No puedo.

Un gemido.

Marcos abrió los ojos.

—La… central —dijo, con la voz arrastrada—. Actívenla.

Lara lo miró sin entender.

—Marcos, estás grave…

—Por eso… vinimos —tosió sangre—. Si no la activan… todos en el hospital… van a morir de hambre.

Silvia apretó los dientes.

—No es momento para esto. Estás herido. La pérdida de sangre…

—Por favor —dijo Marcos, mirando directamente a Lara—. Hagan este favor.

Los segundos pasaron. Pesados.

Lara lo miró. Sus ojos estaban fijos en los de ella.

Se puso de pie.

—Voy —dijo—. Voy a hacerlo.

Corrió hacia el panel de control. Sus manos temblaban mientras buscaba los fusibles. Los conectó uno por uno.

Una lágrima cayó sobre sus dedos.

No la detuvo.

Silvia apareció a su lado. Sin decir nada, empezó a ayudarla.

En el suelo, cerca del panel, había un cuerpo. Un hombre. Uniforme de trabajo.

Silvia lo miró un segundo. La foto que asomaba en su bolsillo. El chico del hospital. El que gritaba que su papá iba a volver.

Silvia tragó saliva. Le sacó la foto con cuidado y la guardó en su bolsillo.

No dijo nada.

Conectó el último fusible. Jaló la palanca.

La central eléctrica vibro. Luces parpadeantes. El zumbido de la energía volviendo a la vida.

—Listo —dijo Silvia, con la voz apagada.

Ana había armado una camilla. Improvisada. Con palos de escoba y un trozo de lona que encontró entre los escombros.

—No es perfecta —dijo—. Pero va a servir.

Lara y Silvia la revisaron. Ajustaron las ataduras.

—Vamos —dijo Lara.

Con mucho cuidado, cargaron a Marcos sobre la camilla.

Respiraba. Pero apenas.

—Yo voy adelante —dijo Lara—. Ustedes dos lo llevan.

—¿Y si algo viene? —preguntó Ana.

—Lo mato con las manos si hace falta —respondió Lara.

Empezaron a caminar.

El sol se ocultaba. Las sombras crecían.

Lara iba adelante, la mirada fija en el horizonte.

Tenemos que llegar, pensó. Tenemos que llegar.

A sus espaldas, escuchaba los pasos de Ana y Silvia. El peso de Marcos crujiendo en la camilla. La respiración agitada de sus compañeras.

Pero no miraba atrás.

No podía.

Si miraba atrás, veía a Marcos destrozado.

Y si veía a Marcos destrozado, se rompía.

Y si se rompía, no llegaban a ningún lado.

—Vamos —dijo, apretando el paso—. Estamos cerca.

Ana y Silvia no respondieron. Solo siguieron caminando.

El peso era mucho. Pero no se quejaron.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo