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LA NUEVA ERA - Capítulo 49

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Capítulo 49: No puedo perderlo

Lara caminaba adelante. La escopeta vacía colgaba de su hombro, inútil. Pero sus manos no dejaban de temblar.

Tiene que estar bien, pensó una y otra vez. Tiene que haberlo logrado.

Silvia ayudaba a Ana. La sujetaba por el brazo, tratando de que el dolor de espalda no la derrumbara del todo.

—Ya casi llegamos —murmuró Silvia, más para ella misma que para Ana.

—Huelo podrido —dijo Ana, con la voz quebrada—. Estamos cerca.

Lara apretó el paso.

Entraron.

La central eléctrica era un esqueleto de metal y sombras. El olor a sangre. A pólvora. A muerte.

Paredes rotas. El suelo marcado por golpes brutales. Agujeros. Fisuras.

—Marcos —llamó Lara, en un susurro.

Silencio.

—¡Marcos! —gritó esta vez.

Silvia señaló hacia el fondo.

—Ahí.

Lara no lo dudó. Corrió.

Marcos estaba en el suelo. Inmóvil. Rodeado de un charco de sangre que seguía creciendo.

La variante yacía a unos metros. La cabeza aplastada. Carne negra y huesos rotos.

Lara ni la miró.

Se arrodilló junto a Marcos. Sus manos temblaban mientras le sacaba la mochila.

—Por favor —murmuró—. Por favor, no.

Le apoyó los dedos en el cuello.

Todavía respira.

Pero estaba destrozado. Las costillas rotas. El brazo fracturado. La cabeza ensangrentada. Moretones por todo el cuerpo.

—Necesitamos vendarle las heridas —dijo Lara, con la voz rota—. Y llevarlo al hospital. Rápido.

Ana se acercó, apoyándose en Silvia.

—No tenemos balas —dijo—. Si algo nos ataca en el camino…

—No me importa —respondió Lara—. No lo voy a dejar aquí.

Ana la miró. Tragó saliva.

—Y la camilla… no tenemos nada para hacer una. No podemos levantarlo así.

Lara quiso responder. No pudo.

La desesperación se apoderó de ella. Sus manos seguían temblando. No podía pensar.

No puedo perderlo, pensó. No puedo.

Un gemido.

Marcos abrió los ojos.

—La… central —dijo, con la voz arrastrada—. Actívenla.

Lara lo miró sin entender.

—Marcos, estás grave…

—Por eso… vinimos —tosió sangre—. Si no la activan… todos en el hospital… van a morir de hambre.

Silvia apretó los dientes.

—No es momento para esto. Estás herido. La pérdida de sangre…

—Por favor —dijo Marcos, mirando directamente a Lara—. Hagan este favor.

Los segundos pasaron. Pesados.

Lara lo miró. Sus ojos estaban fijos en los de ella.

Se puso de pie.

—Voy —dijo—. Voy a hacerlo.

Corrió hacia el panel de control. Sus manos temblaban mientras buscaba los fusibles. Los conectó uno por uno.

Una lágrima cayó sobre sus dedos.

No la detuvo.

Silvia apareció a su lado. Sin decir nada, empezó a ayudarla.

En el suelo, cerca del panel, había un cuerpo. Un hombre. Uniforme de trabajo.

Silvia lo miró un segundo. La foto que asomaba en su bolsillo. El chico del hospital. El que gritaba que su papá iba a volver.

Silvia tragó saliva. Le sacó la foto con cuidado y la guardó en su bolsillo.

No dijo nada.

Conectó el último fusible. Jaló la palanca.

La central eléctrica vibro. Luces parpadeantes. El zumbido de la energía volviendo a la vida.

—Listo —dijo Silvia, con la voz apagada.

Ana había armado una camilla. Improvisada. Con palos de escoba y un trozo de lona que encontró entre los escombros.

—No es perfecta —dijo—. Pero va a servir.

Lara y Silvia la revisaron. Ajustaron las ataduras.

—Vamos —dijo Lara.

Con mucho cuidado, cargaron a Marcos sobre la camilla.

Respiraba. Pero apenas.

—Yo voy adelante —dijo Lara—. Ustedes dos lo llevan.

—¿Y si algo viene? —preguntó Ana.

—Lo mato con las manos si hace falta —respondió Lara.

Empezaron a caminar.

El sol se ocultaba. Las sombras crecían.

Lara iba adelante, la mirada fija en el horizonte.

Tenemos que llegar, pensó. Tenemos que llegar.

A sus espaldas, escuchaba los pasos de Ana y Silvia. El peso de Marcos crujiendo en la camilla. La respiración agitada de sus compañeras.

Pero no miraba atrás.

No podía.

Si miraba atrás, veía a Marcos destrozado.

Y si veía a Marcos destrozado, se rompía.

Y si se rompía, no llegaban a ningún lado.

—Vamos —dijo, apretando el paso—. Estamos cerca.

Ana y Silvia no respondieron. Solo siguieron caminando.

El peso era mucho. Pero no se quejaron.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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