LA NUEVA ERA - Capítulo 51
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Capítulo 51: El peso de la realidad
Silvia no podía moverse. Sus piernas no respondían. El tubo de metal seguía en su mano, pero no servía de nada. Los zombis la rodeaban. Ana también estaba bloqueada. El miedo se apoderó del ambiente, denso, asfixiante.
El zombi se acercaba a Marcos. Abría la boca. Los dientes podridos a centímetros de su cuello.
Un disparo.
La cabeza del zombi explotó.
Una sombra apareció detrás. Juárez. Escopeta en mano. La camisa empapada en sangre. Moretones en la cara. Un ojo hinchado. Pero estaba de pie.
—¡Agárrenlo! —gritó—. ¡Muevanse!
Ana no lo dudó. Agarró a Marcos del brazo. Silvia reaccionó, sujetó la camilla. Juárez abrió paso a balazos. Los zombis caían uno tras otro. Lara apareció de entre las sombras, corriendo hacia ellos.
No hablaron. No había tiempo.
Entre los cuatro, cargaron a Marcos. Juárez iba adelante, disparando todo lo que tenía. Silvia y Ana llevaban la camilla, los brazos ardiendo, los pulmones quemando. Lara cubría la retaguardia con un tubo de metal, golpeando a todo lo que se acercaba.
Las calles eran un infierno. Cadáveres por todos lados. Edificios derrumbados. El eco de los disparos rebotando en las paredes.
Pero siguieron.
Llegaron.
Benites los esperaba en la entrada. Su cara blanca. Los ojos abiertos. Vio a Marcos en la camilla. Vio la sangre. Los moretones. El brazo colgando.
No dudó.
—¡Samira! —gritó—. ¡Prepara el quirófano ahora mismo!
Los camilleros rodearon a Marcos. Lo llevaron dentro. Las puertas del quirófano se cerraron con un golpe seco.
Lara se quedó mirando la puerta. No podía mover los pies.
Una enfermera la agarró del brazo.
—Vos también estás herida.
—No me importa —respondió Lara.
—No es una pregunta.
La llevaron a una habitación. Le limpiaron los rasguños. Le vendaron los brazos. Silvia y Ana estaban en la misma sala. Silvia tenía un corte en la frente. Ana se agarraba la espalda, el dolor no la dejaba estar quieta.
Nadie habló.
Juárez entró después. Tambaleándose. La sangre seguía secándose en su camisa. Una doctora lo agarró antes de que cayera.
—Siéntese —le ordenó.
Juárez no protestó. Se dejó caer en una silla.
Lara lo miró.
—¿Cómo… cómo hiciste para llegar?
Juárez respiró hondo. Le dolía hasta el alma.
—Estaba preocupado —dijo—. Salí. Había demasiados zombis. Me abrí paso a golpes. Disparando. Corriendo. No sé cuántos maté. Pero llegué.
Lara vio sus manos. Vendajes mal hechos. Sangre seca entre los dedos. Moretones en los nudillos.
—Gracias —dijo.
Juárez no respondió. Solo cerró los ojos.
Las horas pasaron.
Lentas. Pesadas.
El pasillo del hospital estaba en silencio. Solo el eco de los pasos de las enfermeras. El ruido de fondo del quirófano. Máquinas. Órdenes susurradas.
Lara no podía sentarse. Caminaba de un lado a otro. Las manos le temblaban.
Silvia estaba apoyada contra la pared. Vendajes en la frente. Moretones en los brazos. No decía nada. No podía.
Ana se sentó en el suelo. La espalda no la dejaba estar de pie. Las lágrimas no llegaban a caer. Se quedaban ahí, en los bordes de sus ojos, sin atreverse.
Juárez estaba vendado como ellas. Se había desmayado un rato, pero despertó. No dijo nada. Solo miró la puerta del quirófano.
Un pasillo de por medio, Benites operaba. Sus manos firmes. La concentración en el rostro. El sudor cayendo por su frente.
Había perdido a su padre. No iba a perder a otro.
Samira lo ayudaba. Pasaba las herramientas. Limpiaba la sangre. Su mandíbula temblaba, pero no decía nada.
Adentro, el tiempo no existía. Solo la carne. Los huesos rotos. Las costillas que había que recomponer. El brazo que había que inmovilizar. La cabeza que había que revisar.
Tenía que funcionar.
La puerta se abrió.
Benites salió.
Las vendas en sus manos estaban manchadas de rojo. La bata también. Se las sacó con cuidado. Miró al pasillo. Las chicas estaban ahí. Juárez también. Todos lo miraban.
Benites bajó la cabeza.
—No puedo… —dijo, la voz quebrada—. No puedo darles esta noticia.
Samira apareció detrás. Sus ojos vidriosos. Mordiéndose el labio para no temblar.
—Yo tampoco —susurró.
Juárez se puso de pie.
—Merecen saberlo.
Benites respiró hondo. Como si cada bocanada de aire fuera la última.
Caminó hacia la habitación. Las chicas lo siguieron con la mirada. Nadie se animó a preguntar.
Entró.
Las chicas estaban sentadas en una fila contra la pared. Vendajes. Moretones. Ojos hinchados.
Benites se paró frente a ellas. Las manos le temblaban. Las apretó para que no se notara.
—Hice lo que pude —dijo—. Las heridas eran demasiado graves. Perdió mucha sangre. El impacto en la cabeza… el brazo fracturado… las costillas rotas…
Hizo una pausa. Tragó saliva.
—No sé cuándo va a despertar.
El silencio se hizo más pesado.
—Está en coma —dijo, finalmente—. Puede que despierte en una semana. Puede que en un mes. Puede que…
No terminó la frase.
Lara no lloró.
Sus ojos estaban secos. Rojos. Pero no cayó ninguna lágrima.
—Quiero verlo —dijo—. Por favor.
Benites asintió. Se hizo a un lado.
Silvia y Ana bajaron la cabeza.
No podían levantarse. No podían moverse. Solo podían quedarse ahí, sintiendo el peso de esas palabras.
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