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LA NUEVA ERA - Capítulo 52

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Capítulo 52: Los días después

Los días pasaron.

El dolor permaneció.

Lara y Silvia salían a buscar recursos para el hospital. No sé desde cuándo. Desde que Marcos está en coma, Lara se dedicó a acabar con cada zombi que se acercaba. Junto con Silvia.

Todas las noches se siente el peso de ese día. Se siente la condena de no haber podido hacer más. Y la misma pregunta, siempre:

¿Cuándo va a despertar?

A Lara le cuesta lo que hace mientras espera. Silvia decidió acompañarla en sus combates y expediciones. Para traer recursos. Cada una encontró algo para tratar de que la culpa no sea tan fuerte.

El dolor de ese día se mantiene en nuestros pechos.

En las noches tenemos pesadillas. De que nunca va a despertar.

Lara casi no duerme. Solo entrena. Y combate con los zombis de las expediciones. Juárez ayuda de vez en cuando.

Yo… bueno, yo también sentí culpa.

Tanta que le pedí a Benites que me dejara usar el laboratorio. Tengo que hacer algo, pensé. No puedo quedarme aquí sin hacer nada.

Benites me dijo que sí. Me lo prestó. Y me pidió que lo cuide también. Mejor que no estés sola en esto, me dijo.

Le terminé pidiendo a Lara que me trajera algunos libros. Cualquier libro. Para leer de noche. Para Marcos.

Lara y Silvia me trajeron algunos. Me dijeron que era difícil encontrarlos. La ciudad está destruida. Todo está lleno de zombis.

Caminaba hacia la habitación de Marcos. Pensaba: ¿Cuándo fue la última vez que me sentí tan mal conmigo misma?

Llegué. Me senté. Abrí el libro.

—Hola, Marcos —dije—. Te traje una nueva historia. ¿Qué te parece si empezamos?

El héroe que nunca fue

El callejón olía a orines y a basura podrida. Las paredes de ladrillo descascarado apenas se veían bajo la luz amarillenta de un farol que parpadeaba como si también estuviera muriéndose. El piso era cemento roto, lleno de charcos de agua sucia y restos de comida que ya nadie iba a comer.

Un niño de diez años caminaba arrastrando los pies. Estaba golpeado. Cansado. Tenía un moretón en la mejilla izquierda, el labio partido y la costilla derecha le dolía cada vez que respiraba. Sus zapatos estaban rotos. La suela izquierda se despegaba con cada paso, haciendo un ruido seco y húmedo contra el asfalto.

No sabía qué hacer. Lo único que podía ver era basura. El callejón era un agujero de mierda, igual que su vida hasta ese momento.

De golpe, una sombra apareció desde atrás de un contenedor de basura. Un vagabundo. La ropa hecha jirones, la barba sucia y enmarañada, los ojos inyectados en sangre. El olor a alcohol y tierra se le pegaba a uno en la ropa.

—¿Qué mierda hacés en mi casa? — gritó, con una voz ronca, arrastrada, como si las cuerdas vocales estuvieran podridas.

Y empezó a golpearlo.

El niño sintió el puño en la cara. Después en la boca. Después en la costilla. El aire se le escapaba de los pulmones. Quiso gritar, pero solo salió un gemido ahogado.

Se movió. Intentó arrastrarse hacia atrás. La mano derecha ya no le respondía bien. La muñeca le dolía como si estuviera fracturada. La sangre caliente le corría por la nariz y se mezclaba con las lágrimas.

El vagabundo sacó un cuchillo. Un tramontina oxidado. El filo brilló un segundo bajo la luz del farol, y el niño vio manchas marrones en la hoja que prefirió no identificar.

Las intenciones eran claras. Maliciosas. Cargadas de años de bronca, de soledad, de una vida de mierda que nadie eligió pero que todos terminan pagando.

El niño sintió miedo. Un miedo que le subió por la espalda, le apretó el pecho, le secó la garganta. Su mano temblorosa tocó algo en el suelo. Sintió el frío del metal. Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Era un objeto afilado. Una chapa oxidada. O un pedazo de vidrio. O una punta de algo que ya nadie recordaba. No importaba. Era filo.

El vagabundo se abalanzó.

El niño ya no pensó. Dejó de pensar. Dejó de sentir. Solo actuó. Saltó hacia adelante y clavó el objeto donde pudo.

La sangre se hizo visible. Brotó del estómago del vagabundo. Era caliente. Espesa. Chorros de color rojo oscuro que empaparon la mano del niño, su brazo, su cara. El olor a cobre se mezcló con el olor a orines y a basura podrida.

El vagabundo se agarró la herida con las dos manos. Como si pudiera impedir que su vida se escapara entre sus dedos.

El niño no se detuvo. Sacó el objeto. Se lo clavó en el cuello.

El vagabundo dejó de moverse.

El niño se quedó allí. Inmóvil. Totalmente roto. Como si todo lo que conocía ya no existiera. Como si el mundo se hubiera borrado de golpe.

Las lágrimas corrían. La sangre también. El cuchillo del vagabundo seguía en el suelo, manchado, inútil.

El niño no sabía cuánto tiempo pasó. Cinco minutos. Una hora. Toda la noche.

Cuando volvió a moverse, se limpió la cara con la manga rota. Se puso de pie. Caminó hacia la salida del callejón.

No miró atrás.

Cincuenta años después.

El tribunal estaba abarrotado. El mármol frío de las paredes contrastaba con el calor de los cuerpos apretados en los bancos de madera. Periodistas, policías, curiosos, familiares de víctimas. Todos querían ver al monstruo.

—¡Asesino!

—¡Que se pudra!

—¡Hijo de puta!

Los gritos rebotaban en las paredes. El juez no hizo nada por detenerlos. Tal vez pensaba que se los merecía. Tal vez tenía razón.

La puerta principal se abrió. Una mujer entró.

No era joven, pero tampoco vieja. El tiempo había marcado sus facciones, pero no había borrado lo que antes había sido. La dignidad caminaba con ella. Los abogados se hicieron a un lado. Los policías saludaron con un gesto.

Mercedes Sofía del Valle.

Jueza. Madre. Viuda. Y ahora, la única persona que podía sentenciar al hombre más temido del país.

Se sentó. El cuero de la silla crujió bajo su peso. Revisó los papeles. Sabía cuántas personas había matado. Sabía que no había perdón posible. Pero no entendía por qué todo el mundo aplaudía a un delincuente.

Otro juez la interrumpió. Un hombre de bigotes canosos, traje azul marino, los nudillos blancos de apretar la mesa.

—Usted hará las preguntas, jueza del Valle. Yo dictaré la sentencia.

—¿Por qué? — preguntó ella, sin levantar la vista.

—Porque esta es una vista histórica. Porque el protocolo lo permite. Porque yo tengo más años de experiencia.

Ella quiso protestar. No podía desobedecer.

—Como usted ordene — respondió.

El acusado entró.

Las cadenas arrastrándose por el suelo de baldosa. Los guardias a los costados, firmes, con las manos en las esposas, preparados para todo. Él caminaba erguido. No miraba al público. No miraba a los jueces. Caminaba como quien va a su propia muerte sin apuro.

Los guardias lo detuvieron frente al estrado.

Mercedes levantó la cabeza.

Se quedó helada.

Paralizada.

No podía creer lo que veía. Porque esos ojos, esa mirada, ese gesto cansado… ella los conocía. De otra vida. De cuando usaba trenzas y él no tenía arrugas en la cara. De cuando corrían juntos por el patio de la escuela y él le regalaba flores silvestres.

—Ramón — pronunció, apenas en un hilo de voz.

Él levantó la cabeza. Sonrió. Una sonrisa triste, gastada, como si hubiera sonreído tan poco que ya no recordaba cómo se hacía.

—Hola, Sofía — dijo—. Cuánto tiempo. En verdad me alegro de verte.

Ella no podía creerlo. Abrió la boca. Cerró. La volvió a abrir.

—Sofía — dijo ella, su propio nombre le sonó extraño—. ¿Qué hacés acá?

El policía a su lado respondió:

—Es el asesino, señora.

Ramón la miró fijo.

—Sofía — dijo—. Es una larga historia. En un momento te la voy a contar toda. Pero ahora… ahora solo quiero que me juzgues vos.

Ella no supo qué decir. El otro juez la detuvo.

—Yo daré la sentencia — dijo, con voz autoritaria—. Para darle un trato justo a todos los que fueron castigados por su mano, le daremos un castigo justo. Lo ejecutarán en frente de todos.

Alguien en el público gritó:

—¡Basura humana!

Ramón no se inmutó. Miró a Sofía. Después miró al policía.

—Lléveme a mi celda — pidió.

El policía aceptó. Ramón sonrió. Una sonrisa calma. Como si ya hubiera aceptado su destino.

Sofía sintió que algo andaba mal.

Se dirigió hacia la prisión esa misma noche. Llevaba una bolsa de comida: milanesa con puré y una porción de pizza de muzzarella. Su comida favorita. La de cuando eran chicos.

Sabía que él ya no era el mismo. Pero ella tampoco.

Al llegar, le pidió a un guardia que la dejara hablar con el acusado. El guardia dudó, movió la cabeza, pero después aceptó.

La celda era pequeña. Paredes de cemento sin ventanas. Una cama de metal oxidado. Una mesa. Dos sillas. El olor a humedad y encierro.

Ella se sentó. Él también.

—¿Por qué te entregaste, Ramón? — preguntó.

Él bajó la cabeza un momento. Después la levantó.

—Te extrañaba, Sofía — dijo—. Quería verte una vez más. Ver la gran persona en la que te convertiste. Y pagar con mis pecados.

—¿Te arrepentís?

Ramón se quedó en silencio. No era un silencio de duda. Era un silencio de haber pensado esa pregunta miles de veces.

—No me arrepiento de lo que hice — dijo—. Me arrepiento de lo que no pude ser. De lo que me hicieron ser.

Ella tragó saliva.

—¿Qué te pasó, Ramón? ¿Por qué desapareciste? Íbamos a la misma escuela. Estudiábamos juntos. Jugábamos juntos. Un día te fuiste y nunca volviste.

Él cerró los ojos.

—Mis padres me golpearon. Me echaron a la calle. Me abandonaron como a un perro. Y al único que traté de defenderme… lo maté.

Sofía sintió un nudo en la garganta.

—Quizás — continuó él— si hubiera podido terminar siendo distinto. Si hubiera podido convertirme en una mejor persona. En los héroes que creía que existían. Pero acabar con una persona ese día… sentí que morí. Que no podía creer en el mundo. En nadie.

—Te extrañé un montón — dijo ella, con la voz quebrada—. En aquel tiempo. Después…

—Yo también te extrañé — respondió él.

Empezó a comer. La milanesa, el puré, la pizza. Masticaba despacio, como si quisiera disfrutar cada bocado.

—Esta es mi comida favorita — dijo—. Me conocés bien. Muchas gracias.

El guardia golpeó la puerta con la culata del arma.

—¡Se acabó el tiempo! — gritó.

Sofía se despidió. Se puso de pie. Lo miró fijo.

—Nos vemos, Ramón.

—Nos vemos, Sofía.

Ella se fue. Mientras caminaba por el pasillo de la prisión, sentía los pasos del guardia detrás de ella, pero también sentía otra cosa. Una certeza. Algo estaba por pasar.

Ramón se quedó solo en la celda.

Apoyó la cabeza contra la pared de cemento. La sintió fría en la nuca.

Cerró los ojos y reflexionó sobre el pasado.

A pesar de ser el mejor asesino, nunca pudo matar a ningún inocente. Siempre le quedaron grandes los zapatos del héroe. No, los del verdugo.

Una lágrima recorrió su mejilla.

—Por fin voy a pagar mis pecados — susurró.

El momento llegó.

Lo ataron a la silla. Delante de todos. La prensa, los políticos, las víctimas. Todos querían verlo sufrir.

Iban a electrocutarlo. La condena inhumana. Querían oírlo gritar.

Él solo escupió hacia los de arriba. Sabía que eso era lo que ellos querían. Que gritara. Que suplicara. Que los maldijera.

Se quedó en silencio.

—Por todos los que tenían arruinado — gritó al fin—. Por todos los malditos drogadictos que acabé. Por todo el doble. Por toda la gente que… que maté.

Hizo una pausa.

—Pero eso nunca va a cambiar la culpa. Yo tomé esas vidas. Soy un monstruo. Igual que ellos.

El juicio comenzó. La electricidad empezó a pasar por los cables. Los músculos se contrajeron solos. La mandíbula le temblaba. El olor a carne quemada llenó la sala. Las manos se le crispaban, los dedos se abrían y cerraban sin control. Los ojos se le pusieron blancos.

La gente gritaba. Unos pedían que lo mataran. Otros pedían que lo salvaran.

Pero para él, el mundo ya no existía.

Un silencio inundó el ambiente. El silencio de los que miraban sin saber qué sentir.

La gente lo miraba fijo. Los de clase alta apretaban los dientes. Porque si querían mandar un mensaje con sus gritos, él no lo permitiría.

La electricidad seguía quemándolo.

La palanca cayó. Lo desataron. Su cuerpo se estrelló contra el suelo. Muerto.

Pero nadie podía evitar sentir su mirada. Como si, aunque muerto, siguiera juzgando a los que lo mataron. Como si su condena también fuera la de ellos.

La jueza Sofía, mientras se dirigía a su casa esa noche, recibió un paquete.

No tenía remitente. Estaba envuelto en papel madera, atado con un hilo encerado.

Lo abrió.

Era un libro. Escrito a mano. Las páginas eran de cuadernos arrancados, cosidas con hilo encerado, algunas manchadas con lo que parecía sangre seca. O quizás era vino. No quiso saberlo.

En la primera página, una sola palabra: “Para vos”.

Ramón, en ese libro, detallaba cada crimen que había cometido. Pero también detallaba otros crímenes. Los que él no había hecho. Los del gobierno. Los de los políticos. Los de los empresarios. Los de los jueces. Los de los policías.

Todas las mierdas del mundo.

Y en la última página, un último mensaje:

“Solo pude hacer esto para vos.”

Sofía cerró el libro. Lo apretó contra el pecho.

Las lágrimas empezaron a correr. No podía creer lo que el mundo le había hecho a una sola víctima.

No podía creer que él, después de todo, solo hubiera querido que alguien lo mirara como persona una última vez.

Veinte años pasaron.

La jueza Sofía se volvió heroína nacional. Atrapó a más de cincuenta criminales. Todos los jefes. Todas las mentes maestras. Pero ella sabía la verdad. Todo lo había hecho gracias a ese libro. A la persona que fue juzgada injustamente. Ese libro no solo tenía nombres. Tenía escondites. Lugares secretos. Todo.

Pero a pesar de tenerlo todo, había una persona que se escapó de sus manos. El último. El más escurridizo. El que nunca pudo encontrar.

Al salir de mi casa, me dirijo al orfanato.

Lo construí cuando era jueza. Con mi plata. Con mi esfuerzo. Para que ningún niño tuviera que pasar por lo mismo que pasó Ramón.

Ahora que me jubilé, solo cuido a los niños que salvé. Son diez. Todos con historias de miedo. Todos con ojos que han visto demasiado.

Uno de ellos me recuerda mucho a ese asesino. A Ramón. Porque cuando era niño, él también quería ayudar a todos. También mostraba una sonrisa a pesar de que fue el que más sufrió.

Ese niño, se llama Martín. Tiene ocho años. Llegó con moretones en todo el cuerpo y una fractura en el brazo. Nadie lo reclamó. Nadie lo buscó.

Cada noche, Martín ayudaba a los demás a dormir. Especialmente a los más chicos. Cuando tenían pesadillas, él iba a sus camas, les susurraba palabras tranquilas, les cantaba canciones que nadie le había enseñado.

Y sonreía.

Siempre sonreía.

A pesar de que fue el que más sufrió. A pesar de que él también tenía pesadillas y nadie iba a consolarlo.

Por desgracia, la paz duró muy poco.

Unos hombres armados entraron en el orfanato. Vestidos de negro. Pasamontañas. Rifles colgando de los hombros.

Me tiraron al piso. La rodilla izquierda golpeó contra el cemento. El dolor me recorrió la pierna. No pude hacer nada. No podía levantarme. No podía pelear. No podía ni siquiera gritar.

Un hombre bajó de un auto. Traje gris. Pelo peinado hacia atrás. Una sonrisa de aquellos que están acostumbrados a ganar.

—Jueza Sofía — dijo—. Usted ha sido un clavo en mi zapato por años. Yo soy el último. El que se le escapó al asesino.

Me quedé helada.

—Si quiere salvar a los nueve niños que tiene — continuó—, va a tener que buscarme en esta dirección.

Sacó un papel de su bolsillo. Lo dejó caer al lado mío.

—Son diez — dije, con la voz quebrada—. Son diez niños.

El hombre sonrió. Se encogió de hombros.

—Se equivoca.

Levantó el arma. Apuntó a la nena más chica. La que siempre se escondía detrás de las piernas de Martín cuando llegaba gente nueva.

Alguien se puso en el medio.

Recibió el balazo.

Era Martín.

El que siempre ayudaba a los demás. El que sonreía a pesar del dolor. El que se había puesto adelante sin pensar.

Cayó al suelo. La sangre empezó a brotar de su pecho.

Sonreía. No se veía que tuviera miedo. Sus ojos estaban abiertos, sí. Pero no era miedo. Era algo distinto. Como si su cuerpo se hubiera movido solo. Como si proteger a los demás fuera lo único que sabía hacer.

Los hombres se llevaron a los nueve niños restantes. Los subieron a una camioneta negra. Las puertas se cerraron. El motor arrancó.

Yo me arrastré por el suelo hasta donde estaba Martín. Lo agarré de la mano. Intenté tapar la herida con la otra mano. La sangre no paraba.

—No te mueras — le dije—. Por favor, no te mueras.

—No fue tu culpa — me dijo Martín, con la voz cada vez más baja—. Simplemente pasó.

Esas palabras me dolieron más que cualquier otra cosa en mi vida.

Las lágrimas salieron de nuevo. Llegó la policía. Llegó la ambulancia.

Pero ya era tarde.

Me fui a mi casa después del velorio. No dormí. No comí. Solo miré la pared hasta que el sol volvió a salir.

Después, fui a la dirección que me había dado.

El lugar era un galpón abandonado en medio de la nada. Pasto seco. Alambre oxidado. El olor a humedad y tierra mojada.

Uno de sus hombres me agarró por la espalda. Tenía las manos ásperas, llenas de callos.

—La policía va a llegar pronto — le dije—. Ya no hay tiempo para que escapen.

El hombre rió.

—Lo sé — dijo—. No quiero escapar.

Me soltó. Me empujó hacia adelante.

El jefe estaba ahí. Fumando un cigarrillo. La cicatriz en el pecho asomaba por el cuello de la camisa abierta.

—Compré a muchos políticos — dijo—. Ellos me van a sacar en poco tiempo. Pero usted, jueza… usted fue un clavo en mi zapato por mucho tiempo. Como ese estúpido asesino.

Se tocó la cicatriz.

—Nunca vi a nadie con tanto miedo como cuando lo vi por primera vez. Parecía tan tranquilo. Pero cuando supo lo que hacíamos… se transformó. En una bestia.

Hizo una pausa. Tragó saliva.

—Yo solo sobreviví porque él no pudo evitar que escapara. Las pesadillas siguen. Cada día. Hasta que vi su muerte en la tele.

—Los niños — dije—. ¿Dónde están los niños?

—Están afuera — respondió—. En un galpón. Atados. A salvo. Usted no me interesa. Solo la voy a torturar hasta que pida clemencia.

Sonreí.

—¿Sabe qué es lo bueno de que sea de noche?

Él frunció el ceño.

—Me tomé el tiempo de llenar de nafta todo el lugar.

Tiró el cigarrillo al piso.

El fuego se expandió rápido. Las llamas lamían las paredes. El humo empezó a llenar el galpón.

El criminal sacó un cuchillo.

—¿Cree que eso es suficiente, anciana?

Me abalancé. No llegué.

Un disparo. El hombro izquierdo explotó en dolor. Caí al piso. La sangre caliente me empapó la ropa.

Pero algo salió del fuego.

Dos figuras.

No eran humanas. No se podían tocar. No se podían ver bien. Una era grande. La otra era pequeña.

La grande me sostuvo. Me arrastró hacia afuera con una velocidad imposible. La pérdida de sangre me empezó a afectar. Todo daba vueltas.

La pequeña se abalanzó sobre el criminal. Lo agarró de los pies. Lo arrastró hacia las llamas. Él gritó. Desapareció en el fuego.

Cuando pude ver bien, estaba afuera. Apoyada contra un árbol. La sangre seguía brotando de mi hombro. Pero la sombra grande seguía ahí. Me apuntaba hacia el galpón donde estaban los niños.

Por alguna sensación, solo pude decir un nombre:

—Ramón.

La sombra desapareció.

Y vi cómo el galpón más grande se quemaba. Las llamas eran intensas. Devoraban todo a su paso. Los vidrios de las ventanas explotaban uno tras otro.

No había forma de que alguien adentro pudiera sobrevivir.

Abrieron el galpón pequeño. Los niños estaban a salvo. Asustados. Llorando. Pero vivos.

La policía llegó horas después. Me llevaron a la comisaría. Después a la enfermería. Después a mi casa.

No supe por qué, pero sentí que ya era suficiente.

Suficiente de jugar a ser la heroína.

Si algo aprendí en este tiempo, es que aunque atrapé a todos los del libro, siempre había más. Siempre. Los criminales no se terminan. Aprenden. Se adaptan. Esperan.

Pero también aprendí que tal como los héroes se vuelven monstruos, los monstruos también pueden volverse héroes.

Y que ellos volverían a aparecer, mostrando esa sonrisa tranquila.

Para terminar con los que la justicia no puede tocar.

Porque la justicia no existe sin ellos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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