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LA NUEVA ERA - Capítulo 53

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Capítulo 53: El peso de la espera

Ana cerró el libro.

—Es muy fuerte —murmuró, mirando la tapa gastada—. Es una lástima que sea tan fuerte.

Lo apoyó en la mesa de luz, junto a la cama de Marcos. Su respiración seguía siendo profunda. Lenta. Igual que siempre.

—Me gustaría traerte otro —dijo—, pero no tengo. Los otros libros que encontré son de medicina o cosas así. Muy aburridos.

Hizo una pausa. Escuchó el viento golpeando los vidrios rotos del pasillo.

—Bueno —dijo, poniéndose de pie—. Cuando despiertes, me gustaría saber tu opinión, Marcos. Creo que ya se hizo tarde. Te voy a dejar descansar. Yo tengo trabajo que hacer.

Salió de la habitación. La puerta crujió al cerrarse.

Caminaba por el pasillo del hospital cuando una voz la detuvo.

—Ana.

Samira estaba apoyada contra la pared, los brazos cruzados. Tenía ojeras profundas, el cabello recogido en un moño desprolijo. La bata blanca manchada de algo que Ana prefirió no identificar.

—Tenés que parar de trabajar —dijo Samira—. No paraste en toda la noche.

—Voy a descansar después —respondió Ana, evadiendo su mirada—. Mis investigaciones están mejorando.

Samira se enderezó. Dio un paso hacia ella.

—Te lo pido como amiga, no como médico. No te excedas, por favor.

Ana asintió, pero no dijo nada. Siguió caminando.

Samira la miró alejarse. Quiso decir algo más. No lo hizo.

Ana entró al laboratorio. La puerta de metal chirrió. El olor era el mismo de siempre: formol, sangre seca, muerte.

Hojas pegadas en las paredes. Apuntes escritos a mano con letra apurada. Diagramas del virus. Flechas. Preguntas sin respuesta.

Frascos con piel de zombis flotando en líquido amarillento. Montones de ratas muertas apiladas en una bandeja. Las que no sobrevivieron. Las que nunca iban a sobrevivir.

Ana se paró frente a la mesa de trabajo. Respiró hondo. Se puso los guantes.

—Empecemos de nuevo —dijo.

Agarró una rata viva de la jaula. La sujetó con firmeza. El animal chillaba, pataleaba, intentaba morder sus dedos.

—Tranquila —susurró Ana—. Va a doler, pero es necesario.

Le inyectó el virus.

La rata chilló. Se retorció. Los ojos se le pusieron rojos. Las patas se contrajeron. El cuerpecito temblaba como si tuviera fiebre.

Después de unos segundos, se quedó quieta.

Muerta.

Otra más.

Ana anotó en su cuaderno:

“Muestra N° 47: Falleció a los 12 segundos. Misma reacción que las anteriores. No logra superar la primera fase.”

Dejó la pluma. Se pasó la mano por la cara. Estaba cansada. Muy cansada.

—Por qué no funciona —murmuró—. Es como si el virus fortaleciera una parte del cuerpo. Los mutantes tienen mutaciones específicas. Unos son más rápidos. Otros más fuertes. Otros tienen ácido. Pero yo no…

Se quedó en silencio.

“¿Y si pudiera crear una pastilla?” pensó. “Algo que fortalezca el cuerpo humano sin necesidad de transformarse en zombi. Los mutantes se fortalecen. Es una capacidad. Quizás si pudiera disminuir los efectos… pero todavía no es suficiente.”

Horas pasaron.

Las ratas gritaban. Ana les ponía el virus. Las ratas morían. Ninguna daba los resultados que necesitaba.

No paró.

No miró el reloj.

Cuando salió del laboratorio, la luz del sol ya entraba por las ventanas rotas.

No había dormido en toda la noche.

—Eso es peligroso —dijo Samira cuando la vio salir—. No dormir, trabajar sin parar…

—Ya sé —respondió Ana, con la voz apagada.

Samira quiso insistir. Pero la vio caminar hacia el comedor. Tomó un poco de agua. Ayudó a repartir las raciones de comida.

Después, se sentó con los niños del hospital. Los más chicos. Los que no tenían a nadie.

—Hoy vamos a leer —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Quiénes quieren aprender una letra nueva?

Los niños se acercaron. A ella. Siempre a ella.

Más tarde, ayudó a Samira a cambiar vendajes. Aprendía rápido. Aprendía todo lo que podía.

Y en el medio, dormía.

A veces diez minutos. A veces veinte. Apoyaba la cabeza contra la pared y cerraba los ojos. Después seguía.

La tarde cayó.

Lara y Silvia entraron al hospital arrastrando los pies. Tenían golpes. Moretones. Cortes en los brazos.

—Esta vez los recursos fueron más difíciles de conseguir —dijo Lara, dejando una mochila en el suelo.

Silvia la miró con una mezcla de cansancio y reproche.

—Se lanzó de nuevo —dijo—. Sin preocuparse por nada. Directo contra los zombis. Fue muy peligroso.

—Pero volvimos —respondió Lara—. Y por suerte no había mutantes.

Ana estaba en la entrada. La vio. Las vio. Las heridas.

—Estoy cansada —dijo—. Pero voy a atenderlas antes de dormir.

Atendió a Lara primero. Le limpió los cortes. Le vendó los brazos. Mientras trabajaba, sus párpados se cerraban solos.

Después atendió a Silvia.

Cuando terminó, se sentó en el suelo. Apoyó la espalda contra la pared. Y se durmió.

Lara se quedó mirando a Ana. Después, caminó hacia la habitación de Marcos.

Abrió la puerta. Entró.

La luz de la tarde se filtraba por la ventana. Marcos seguía en la cama. Inmóvil. La respiración profunda. El pecho subiendo y bajando.

Lara se sentó en la silla que Ana había usado toda la noche. Miró el libro en la mesa de luz. “El héroe castigado”. Lo abrió. Lo cerró.

No lo leyó.

—Ana se está matando —dijo, en voz baja—. No quiere que le pase nada. Todos tenemos miedo.

Hizo una pausa.

—Yo también tengo miedo.

Apoyó la cabeza contra el borde de la cama. Cerró los ojos.

—Necesitamos que despiertes, Marcos. No puedo más con todo esto sola. Silvia me ayuda, pero… no es lo mismo.

El silencio llenó la habitación.

—No es lo mismo —repitió.

Afuera, el sol se escondía detrás de los edificios derrumbados. Un día menos. Un día más esperando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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