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LA NUEVA ERA - Capítulo 54

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Capítulo 54: El límite

Lara se quedó en silencio.

No sabía cómo decirlo. Las palabras se le atascaban en la garganta. Pero después de un minuto, largó todo.

—Todo me está llenando mal —dijo, mirando sus manos—. No puedo dormir. Tengo pesadillas. En serio lo necesito. A él.

Hizo una pausa. La voz se le quebró.

—Tengo miedo de perderlo. Como cuando perdí a mis padres. Tengo miedo.

Ana no descansaba. Solo hacía sus obligaciones. Atendía heridos, ayudaba a los niños, repartía comida. Trataba de ayudar a su manera. Mejoraba sus habilidades. Se esforzaba como podía.

Silvia también estaba mejorando. Había aprendido a combatir mejor. A pesar de que me estaba ayudando, notaba su enojo. Lo tenía guardado. Dentro. Sin soltarlo.

Nadie hablaba de eso. Pero todos lo sentían.

La puerta se abrió.

Silvia asomó la cabeza.

—Lara —dijo—. ¿Podemos hablar un rato a solas? En la azotea.

Lara levantó la vista. La miró un momento. Después asintió.

—Sí.

Subieron las escaleras. Seis pisos. Silencio. Solo los pasos y el eco.

La azotea era un lugar vacío. Tanques de agua oxidados. Ropa tendida en alambres. El sol cayendo detrás de los edificios derrumbados.

Lara se apoyó contra la baranda.

—¿De qué querés hablar?

Silvia no respondió con palabras.

Lanzó un golpe directo a la cara de Lara.

Lara lo recibió. La mejilla le ardió. Dio un paso atrás, atónita.

—¿Qué te pasa? —preguntó, con la voz endurecida.

Silvia no bajó la guardia.

—¿Qué te pasa a vos? —respondió—. Te lanzás sin pensar en el peligro. Sin mirar atrás. Sin importarte si volvés o no.

—Yo sé lo que hago.

—¿En serio? —Silvia dio un paso al frente—. ¿Marcos despierta y vos morís? ¿Qué creés que va a pensar él? ¿Qué le va a afectar saber que te mataste sola porque no podías quedarte quieta?

Lara no respondió.

—Yo sé que nunca te voy a ganar en una pelea —continuó Silvia, la voz quebrada—. Pero no es solo por Marcos. Estoy preocupada por Ana. Ella tampoco descansa. También tiene pesadillas.

Se quedó en silencio un segundo.

—Yo también —admitió—. No sé qué hacer. Estoy asustada.

Lara la miró. No dijo nada.

—Pero no quiero verte lanzarte contra los zombis como si tu vida no valiera nada —dijo Silvia—. No quiero perderte también.

La puerta de la azotea se abrió.

Benites apareció.

—Ya está bien —dijo, con voz grave—. Paren. Las dos.

Se acercó. Las miró.

—No están bien. Ninguna de las dos. No durmieron bien en días. No comen bien. Solo trabajan y pelean.

Lara quiso responder. Benites la detuvo con la mano.

—Primero entren adentro. Después hablamos.

Juárez apareció detrás de él. Samira también.

Benites las acompañó a su habitación. No dijo nada en el camino. Solo caminaba adelante, con los puños apretados.

En la puerta, se detuvo.

—Descansen —dijo—. No quiero verlas levantadas hasta mañana.

Lara entró. Silvia también. La puerta se cerró.

Benites caminó hacia su consultorio. Las baldosas crujían bajo sus pies.

Se sentó. Apoyó la cabeza en las manos.

—La situación no está mejorando —dijo—. Lara y Silvia están peleando. Ana solo piensa en el laboratorio. Marcos no da señales de que va a despertar pronto.

Samira lo miró.

—No sé qué responder —dijo.

Juárez estaba apoyado contra la pared, los brazos cruzados.

—Que paren de salir a buscar recursos —dijo—. Tenemos suficientes para algunos días. Eso les va a dar tiempo para comer y descansar.

—¿Y si no quieren? —preguntó Samira.

—Las mantenemos vigiladas —respondió Juárez.

Benites suspiró. Se frotó los ojos. Estaba cansado. Más que cansado. Agotado.

—Está bien —dijo—. Es lo único que podemos hacer.

Afuera, el viento soplaba entre los vidrios rotos. Y en la habitación, Lara y Silvia no se miraban.

Pero ninguna podía dormir.

La habitación estaba a oscuras. Solo la luz de la luna entrando por la ventana rota, dibujando sombras en el piso de cemento.

Lara suspiró. Estaba tirada en la cama, boca arriba, mirando el techo. No podía dormir. No quería. Pero el cuerpo le pedía descanso.

—Silvia —dijo, con la voz baja—. ¿Vos qué querés hacer?

Silvia estaba en la cama de al lado, acurrucada contra la pared. No se movió. Por un momento, Lara pensó que se había dormido.

Pero no.

—No lo sé —respondió Silvia, con la voz apagada—. No sé qué hacer. No sé adónde ir. No sé nada.

Hizo una pausa. Se incorporó un poco. Apoyó la espalda contra la pared.

—Revisé varias cosas en la ciudad —dijo—. Siento que mejoré en el combate. Pero en verdad… no tengo un plan.

Lara se quedó callada un momento.

—Yo también me siento igual —dijo—. Sin ningún plan.

Silvia la miró.

—¿Vos tampoco podés dormir?

Lara negó con la cabeza.

—No. No puedo.

—¿Qué ves en tus sueños?

Lara se mordió el labio. Las uñas se le clavaron en la palma de la mano.

—Miedo —dijo, con la voz quebrada—. Siento miedo. Cada vez que duermo, veo cosas. Cosas que no quiero ver.

—¿Qué cosas?

Lara cerró los ojos.

—A mi familia —susurró—. A mis padres. A mi hermana. Los veo como los perdí. Otra vez. Siempre otra vez.

Silvia no dijo nada. Solo la miró.

—Por eso no duermo bien —dijo Lara—. Por eso no quiero dormir.

Silvia bajó la cabeza.

—Yo también tengo pesadillas —dijo—. Pero no con mi familia. Con… esto. Con ustedes. Con Marcos. Con que no despierte. Con que Ana se desmaye en el laboratorio. Con que vos no vuelvas de una de esas expediciones.

Lara abrió los ojos. La miró.

—Por eso te pegué —dijo Silvia, con la voz rota—. No fue por bronca. Fue por miedo.

Lara no respondió. Solo se quedó mirando el techo.

Afuera, el viento soplaba.

Las dos se quedaron en silencio.

No dormían. Pero estaban juntas.

El sol tardó en salir. O tal vez fue que el tiempo se había vuelto más lento. O tal vez era que las horas pesaban más cuando no tenés nada que esperar.

Cuando la luz entró por la ventana, Lara se dio cuenta de que no había dormido ni un minuto.

Escuchó a Silvia moverse en la cama de al lado.

—¿Seguís despierta? —preguntó Lara.

—Sí.

—¿Pensaste algo?

Silvia se sentó. Se pasó las manos por la cara.

—No —dijo—. Solo pensé en que no sé qué hacer.

Lara asintió.

—Yo tampoco.

Se quedaron un rato más en silencio.

Después, Silvia se levantó.

—Voy a buscar un poco de agua —dijo.

—Voy con vos —respondió Lara.

Salieron de la habitación. El pasillo estaba vacío. El hospital todavía dormía.

Pero en el laboratorio, Ana seguía despierta. Y en su cama, Marcos no se movía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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