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LA NUEVA ERA - Capítulo 56

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Capítulo 56: El laboratorio

Ana seguía en el laboratorio. Seguía experimentando con ratas. No encontraba nada. Solo fallas.

Pensaba en diferentes soluciones. Cualquier solución. Siempre que fuera para evitar la propagación del virus.

Se sentó en la silla de madera. La luz de la vela parpadeaba, moviendo las sombras en las paredes llenas de apuntes. Agarró su cuaderno. La tapa estaba manchada. Sangre. Tal vez de rata. Tal vez suya. Ya no recordaba.

Abrió en la página siguiente. Escribió.

“Fallo 40:

El virus se propaga por la sangre. Dependiendo del individuo, las propiedades de este le dan diferentes habilidades. Analicé bien alrededor de 6 ratas que consiguieron habilidades.

Una de ellas también consiguió la de usar ácido al direccionarlo. Noté que la rata crea un órgano independiente para generar el ácido. Pero al mismo tiempo, el ácido que produce la daña intensamente, matándola desde adentro. Un dato muy importante para la investigación.

Otra pudo conseguir una piel más dura. Tanto que el bisturí no la pudo cortar. Pero solo eso. El comportamiento era agresivo. Muy agresivo.

Dios mío. Las otras solo consiguieron habilidades de crecimiento muscular. Variantes que morían por su propio cuerpo.

Pero una de ellas tuvo una habilidad de regeneración. Era rara y muy débil. Pero podría salvar a las personas. Porque no solo generaba extremidades, sino también huesos y órganos. Por eso la mantuve con vida en una jaula.

El problema: su comportamiento sigue siendo muy agresivo. Para completar, es una de las más peligrosas que he visto. Al poder regenerarse de las heridas, la hace difícil de tratar.”

Dejó la pluma. Pasó la mano por la cara. Los dedos le temblaban.

—Estoy cansada —dijo en voz alta.

Se puso de pie. La silla crujió. La espalda le dolía. Llevaba horas encorvada sobre la mesa.

—Creo que me voy a preparar un sánguche.

Salió del laboratorio. La puerta de metal chirrió. El pasillo estaba frío. Vacío.

Llegó a la despensa. Estaba revisando los estantes cuando escuchó pasos.

Lara y Silvia estaban apoyadas contra la pared. Vasos de agua en la mano.

—¿Qué están haciendo acá? —preguntó Ana.

—No podíamos dormir —respondió Lara—. Vinimos a tomar agua nomás.

Silvia la miró. La vio despeinada. Ojeras profundas. La bata manchada.

—¿Vos tampoco podés dormir? —preguntó.

—No —dijo Ana—. Voy a dormir después.

Lara dejó el vaso en la mesa.

—Dejá de mentir —dijo—. Vamos a dormir todas de una vez. No nos va a hacer daño.

Silvia levantó una ceja.

—¿Eso nos va a volver más unidas?

Lara apretó los dientes.

—Ya sé que hice mal —dijo—. No tengo que exagerar.

—¿Eso te parece exagerar? —preguntó Silvia, cruzando los brazos.

La tensión creció. Las palabras flotaron en el aire. Lara y Silvia se miraron fijo. Los puños apretados.

Ana dio un paso al frente.

—Ya basta —dijo, con la voz cortante—. Esto se terminó.

Lara abrió la boca para responder. Ana la frenó con la mano.

—Cada una se va a dormir. En lugares separados.

—¿Separados? —preguntó Silvia, sorprendida.

—Separados —repitió Ana—. Antes de que digan algo que después van a lamentar.

Lara y Silvia se quedaron en silencio. Se miraron. Después, cada una bajó la cabeza.

Ana agarró su sánguche. Salió primera. No miró atrás.

Lara se fue después. Silvia fue la última.

El pasillo quedó vacío.

Cada una se fue a dormir a un lugar distinto. Separadas. Con sentimientos encontrados.

El hospital quedó en silencio.

El sol iluminaba el tejado. Lara entrenaba con una intensidad que erizaba la piel de quien la viera.

Patadas. Golpes. Flexiones. Abdominales. Sentadillas.

Todo. Una rutina completa.

El sudor caía por su frente. Los músculos le ardían. Pero no paraba.

En ese momento, sus pensamientos no la dejaban concentrarse.

Pensaba:

¿Debería disculparme con Silvia?

Todo eso le jugaba en contra. Los pensamientos la invadían. La culpa. La bronca. El miedo.

¿Qué hago? se preguntó, mientras los nudillos golpeaban la pared de cemento. ¿Qué mierda hago?

En ese momento, la puerta se abrió.

Benites llegó. Se quedó parado en el marco, mirándola.

—¿Podemos hablar un minuto? —preguntó.

Lara se detuvo. Bajó los brazos. La respiración agitada.

—Sí —dijo—. Estoy libre. Si me prohibiste salir a buscar suministros, estoy libre.

Benites suspiró.

—No te lo prohibí por capricho.

—Esas son excusas —dijo Lara, desafiante.

Benites la miró fijo.

—¿Eso son excusas? —preguntó—. ¿Cuando Marcos despierte y yo tenga que darle la noticia de que te transformaste en una de esas cosas? ¿Eso también son excusas?

Lara sintió el golpe. No en el cuerpo. En el pecho. Adentro.

Benites dio un paso adelante.

—Marcos no aceptaría que ustedes estén peleando —dijo—. Tratá de reconciliarte.

Lara bajó la cabeza.

—¿Qué haría Marcos si estuviera acá? —preguntó.

—No lo sé —respondió Benites—. Pero trataría de que no se peleen como lo hacen ahora.

Lara se quedó en silencio. Reflexionando. Los nudillos todavía sangraban.

Benites no dijo nada más. Se dio la vuelta. Caminó hacia la puerta.

—Pensalo —dijo, antes de irse.

En otro lugar, Silvia estaba intentando ayudar a un grupo de doctoras.

Enseñaban a leer a un grupo de niños. Después, matemáticas. Los números. Las sumas. Los chicos la miraban con atención. Algunos entendían. Otros no. Pero todos intentaban.

En ese instante, Samira apareció.

—¿Tenés un minuto para prestarme? —preguntó.

Silvia levantó la vista.

—Sí. ¿Qué necesitás?

Samira la llevó a una habitación chica. Una mesa. Una silla. Una camisa de un niño rota en la manga.

—Necesito que me ayudes a coser esto —dijo, mostrándole la tela—. Se me da mal. Y el chico no tiene otra.

Silvia tomó la camisa. La aguja. El hilo.

Mientras cosían juntas, Samira habló.

—Tratá de entender a Lara —dijo—. Al final, seguro que le duele mucho la pérdida. Y ahora que Marcos no despierta… es muy joven para lidiar con esas emociones.

Silvia apretó la aguja.

—Lo sé —dijo—. ¿Qué querés que haga? Yo también tengo dudas.

Samira dejó la tela un momento.

—Lo sé —dijo—. Pero vos también tenés que ser líder de vez en cuando. No sé si me explico bien. Pero tratá de reconciliarte con Lara.

Silvia se quedó en silencio.

Miró la camisa. La aguja.

—Voy a intentarlo —dijo.

Samira sonrió. Pero no dijo nada más.

El sol se escondía.

Lara seguía en el tejado. No entrenaba más. Solo miraba el horizonte.

Silvia subió las escaleras. La puerta crujió.

No dijo nada. Se quedó parada.

Lara la sintió. No se dio vuelta.

—Viniste a disculparte? —preguntó Silvia.

—Todavía no —respondió Lara.

—Yo tampoco.

Silencio.

—Pero quiero intentarlo —dijo Silvia.

Lara suspiró. Se dio vuelta.

—Yo también.

Se miraron. No había sonrisas. No había abrazos.

Solo dos mujeres cansadas. Con miedo. Con culpa.

—Me ayudás con la rutina mañana? —preguntó Lara.

—Si no te quejás de que soy lenta —respondió Silvia.

—Te voy a patear el trasero.

—Ya lo hacés todos los días.

Casi sonrieron.

Casi.

El sol se ocultó del todo. Las sombras crecieron en el tejado.

No estaban bien. Pero estaban juntas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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