LA NUEVA ERA - Capítulo 57
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Capítulo 57: Reconciliación
El sol iluminaba el tejado. Lara entrenaba con una intensidad que erizaba la piel de quien la viera.
Patadas. Golpes. Flexiones. Abdominales. Sentadillas.
Todo. Una rutina completa.
El sudor caía por su frente. Los músculos le ardían. Pero no paraba.
En ese momento, sus pensamientos no la dejaban concentrarse.
Pensaba:
¿Debería disculparme con Silvia?
Todo eso le jugaba en contra. Los pensamientos la invadían. La culpa. La bronca. El miedo.
¿Qué hago? se preguntó, mientras los nudillos golpeaban la pared de cemento. ¿Qué mierda hago?
En ese momento, la puerta se abrió.
Benites llegó. Se quedó parado en el marco, mirándola.
—¿Podemos hablar un minuto? —preguntó.
Lara se detuvo. Bajó los brazos. La respiración agitada.
—Sí —dijo—. Estoy libre. Si me prohibiste salir a buscar suministros, estoy libre.
Benites suspiró.
—No te lo prohibí por capricho.
—Esas son excusas —dijo Lara, desafiante.
Benites la miró fijo.
—¿Eso son excusas? —preguntó—. ¿Cuando Marcos despierte y yo tenga que darle la noticia de que te transformaste en una de esas cosas? ¿Eso también son excusas?
Lara sintió el golpe. No en el cuerpo. En el pecho. Adentro.
Benites dio un paso adelante.
—Marcos no aceptaría que ustedes estén peleando —dijo—. Tratá de reconciliarte.
Lara bajó la cabeza.
—¿Qué haría Marcos si estuviera acá? —preguntó.
—No lo sé —respondió Benites—. Pero trataría de que no se peleen como lo hacen ahora.
Lara se quedó en silencio. Reflexionando. Los nudillos todavía sangraban.
Benites no dijo nada más. Se dio la vuelta. Caminó hacia la puerta.
—Pensalo —dijo, antes de irse.
En otro lugar, Silvia estaba intentando ayudar a un grupo de doctoras.
Enseñaban a leer a un grupo de niños. Después, matemáticas. Los números. Las sumas. Los chicos la miraban con atención. Algunos entendían. Otros no. Pero todos intentaban.
En ese instante, Samira apareció.
—¿Tenés un minuto para prestarme? —preguntó.
Silvia levantó la vista.
—Sí. ¿Qué necesitás?
Samira la llevó a una habitación chica. Una mesa. Una silla. Una camisa de un niño rota en la manga.
—Necesito que me ayudes a coser esto —dijo, mostrándole la tela—. Se me da mal. Y el chico no tiene otra.
Silvia tomó la camisa. La aguja. El hilo.
Mientras cosían juntas, Samira habló.
—Tratá de entender a Lara —dijo—. Al final, seguro que le duele mucho la pérdida. Y ahora que Marcos no despierta… es muy joven para lidiar con esas emociones.
Silvia apretó la aguja.
—Lo sé —dijo—. ¿Qué querés que haga? Yo también tengo dudas.
Samira dejó la tela un momento.
—Lo sé —dijo—. Pero vos también tenés que ser líder de vez en cuando. No sé si me explico bien. Pero tratá de reconciliarte con Lara.
Silvia se quedó en silencio.
Miró la camisa. La aguja.
—Voy a intentarlo —dijo.
Samira sonrió. Pero no dijo nada más.
El sol se escondía.
Lara seguía en el tejado. No entrenaba más. Solo miraba el horizonte.
Silvia subió las escaleras. La puerta crujió.
No dijo nada. Se quedó parada.
Lara la sintió. No se dio vuelta.
—Viniste a disculparte? —preguntó Silvia.
—Todavía no —respondió Lara.
—Yo tampoco.
Silencio.
—Pero quiero intentarlo —dijo Silvia.
Lara suspiró. Se dio vuelta.
—Yo también.
Se miraron. No había sonrisas. No había abrazos.
Solo dos mujeres cansadas. Con miedo. Con culpa.
—Me ayudás con la rutina mañana? —preguntó Lara.
—Si no te quejás de que soy lenta —respondió Silvia.
—Te voy a patear el trasero.
—Ya lo hacés todos los días.
Casi sonrieron.
Casi.
El sol se ocultó del todo. Las sombras crecieron en el tejado.
No estaban bien. Pero estaban juntas.
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