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LA NUEVA ERA - Capítulo 58

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Capítulo 58: El límite del laboratorio

Ana trabajaba en su laboratorio.

Desde que salió el sol, los números de los errores y las pruebas seguían aumentando.

Sesenta.

Sesenta fallos.

Las ratas seguían fallando. No podía evitar que el virus se contuviera. Las habilidades que conseguían… las mataban. Las transformaban. Y después las mataban.

Escribió en su cuaderno:

“Fallo 60:

Las ratas no logran contener el virus. Las habilidades que desarrollan las matan o las transforman en algo que ya no es útil para la investigación.

También noté que las habilidades son compatibles con otras. Se puede tener dos. Pero para que coexistan, tienen que pasar por etapas. Una de ellas tiene que sobrevivir a la primera habilidad.

La rata regenerativa. Al combinarla con la habilidad de piel dura, la rata consiguió regeneración y piel dura. Pero solo cuando es necesario. La rata se arranca los pedazos de piel endurecida porque es más parecido a una coraza que a piel.

Todo me dice que la habilidad de regeneración es necesaria para que las otras funciones en el individuo. Sino, muere.

También noté que a veces el individuo se opone al virus. Como si la persona luchara contra el virus antes de caer.”

Dejó la pluma. La mano le temblaba.

No podía más.

Ana caminó hacia la azotea. Necesitaba respirar aire puro. Necesitaba sentir el viento en la cara.

Empujó la puerta de metal. El sol le pegó de lleno.

Y vio a Lara y Silvia.

Estaban practicando. Por primera vez juntas desde la pelea.

Silvia lanzaba patadas. No eran rápidas. No eran precisas. Pero mejoraban.

Lara corregía su postura. Le movía los pies. Le levantaba el brazo.

—Así no —decía Lara—. Tenés que girar la cadera.

—No me sale —respondía Silvia, agotada.

—Por eso practicamos.

Ana se sentó en el borde del tejado. Las piernas le colgaban. Las miraba en silencio.

Patada. Golpe. Corrección. Otra vez.

Lara la notó. Pero no dijo nada. Siguió entrenando.

Los minutos pasaron.

Ana se quedó dormida.

Apoyada contra la pared de ladrillo, los brazos cruzados, la cabeza inclinada hacia un lado.

Lara dejó de entrenar. Se acercó a Ana. Se agachó a su lado.

Escuchó su respiración. Lenta. Profunda. Cansada.

Miró sus manos. Las uñas mordidas. Los dedos manchados con algo que parecía sangre seca. O tal vez era reactivo. No quiso saberlo.

Las ojeras. Profundas. Oscuras.

—No duerme hace días —dijo Silvia, acercándose también.

—Lo sé —respondió Lara.

—¿Qué hacemos?

—Nada. La dejamos dormir.

Silvia se sentó al otro lado de Ana. Lara también se sentó.

Las tres quedaron juntas.

El sol se movía en el cielo. Las sombras cambiaban de lugar.

Nadie habló. Nadie se movió.

Lara cerró los ojos. Silvia también.

Terminaron durmiendo las tres. Abrazadas sin abrazarse. Juntas sin tocarse.

En la azotea del hospital, bajo el sol de la tarde, las tres descansaban.

Por primera vez en días.

Benites llegó a la azotea con Samira y Juárez. Los tres se detuvieron al ver la escena.

Lara, Silvia y Ana estaban dormidas. Abrazadas sin abrazarse. Juntas sin tocarse. Las tres agotadas, las tres rotas, las tres todavía ahí.

Benites suspiró.

—Mejor dejemos que descansen —dijo en voz baja—. Lo necesitan.

Nadie discutió.

Bajaron las escaleras en silencio. Los pasos apenas se escuchaban. En el primer piso, Benites se detuvo.

—Samira —dijo—. Ayudá con los pacientes que faltan. Hay varios que necesitan cambio de vendas.

Samira asintió. Se fue sin preguntar nada más.

Benites se giró hacia Juárez.

—El auto —dijo—. El que le prometiste a Marcos. ¿Cómo va eso?

Juárez se cruzó de brazos.

—Ya conseguimos todas las partes —respondió—. No falta ninguna. Está todo listo. Cuando Marcos despierte… puede irse cuando quiera.

Benites lo miró fijo.

—¿Marcos mostró alguna señal de despertar?

Juárez bajó la cabeza.

—No —dijo—. Nada.

El silencio se hizo pesado.

Benites se pasó la mano por la cara. Estaba cansado. Más que cansado. Agotado.

—He recibido señales por radio —dijo—. Hay un grupo de supervivientes. Dicen que en la ciudad hay más posibilidades. Más recursos. Menos zombis. Tal vez… tal vez sea mejor irnos allá.

Samira, que todavía estaba cerca, lo escuchó. Se dio la vuelta.

—No —dijo, con voz firme—. Yo soy parte de este hospital. Si nos vamos todos… los pacientes van a correr peligro. Los niños también.

—La energía y la comida ya no son un problema —dijo Benites—. Eso lo solucionamos.

—El miedo no —respondió Samira.

Benites la miró. No dijo nada.

Juárez dio un paso al frente.

—El miedo a seguir acá siempre va a estar —dijo—. Pero si vos caés, Benites… si nosotros caemos… ¿qué ejemplo les vamos a dar a esos niños?

Benites apretó los dientes.

—Tenés razón —dijo—. Tenés razón.

Nadie habló por un largo rato.

Afuera, el viento soplaba entre los vidrios rotos. Adentro, el hospital seguía en pie.

Y en la azotea, las tres chicas seguían durmiendo.

Lara abrió los ojos. La luz del sol entrába por la ventana, dibujando líneas doradas en el suelo de cemento.

Estaba en su cama. No recordaba cómo había llegado.

A su lado, Silvia y Ana también despertaban. Se frotaban los ojos, bostezaban, estiraban los brazos.

—¿Cuánto tiempo estuve dormida? —preguntó Ana, con la voz aún pastosa.

La puerta se abrió. Samira entró con una bandeja de agua y vendas.

—Durmieron bastante —dijo—. Toda una tarde. Y toda la noche.

Silvia se incorporó, sorprendida.

—¿Toda la noche?

—Me sorprendí —respondió Samira—. No había forma de despertarlas. Estaban tan dormidas que Juárez tuvo que levantarlas en brazos y traerlas a sus habitaciones.

Lara arqueó una ceja.

—¿Juárez?

—Dijo que se cansó bastante. Que eran muy pesadas.

Lara se sonrojó un poco. Pero una pequeña sonrisa se le escapó.

—Bueno —dijo—. Al menos pudimos dormir.

Silvia asintió.

—Y no soñé nada. Bueno… no tuve pesadillas.

—Yo tampoco —dijo Ana—. Descansé muy bien.

Samira sonrió. Una sonrisa cansada, pero sincera.

—Esa es una buena noticia —dijo—. Pero no pudieron salir a buscar suministros. Y Ana… tenés prohibido ir al laboratorio hoy.

Ana abrió la boca para protestar. La cerró.

—¿Qué esperás que haga entonces? —preguntó—. ¿Qué me quede mirando la pared?

Samira no respondió. Solo la miró.

Las chicas se limpiaron. Se vistieron. Se acomodaron el pelo como pudieron.

Ana fue la primera en hablar.

—¿Quieren venir a leer algo para Marcos?

Lara se estiró.

—Está bien —dijo—. No sé qué otra cosa hacer.

Silvia se puso de pie.

—Tengo unas frases anotadas para él —dijo—. Así que vamos.

Caminaron por los pasillos del hospital. Las paredes descascaradas. El olor a remedios y a humedad. Los niños corriendo de un lado a otro.

Benites y Juárez estaban apoyados contra la pared, tomando mate. Los vieron pasar y siguieron con la mirada la dirección hacia donde iban.

—Parece que se pusieron en buenos términos de nuevo —murmuró Juárez.

Benites asintió.

—Eso parece.

Samira apareció detrás de ellos. Les apoyó una mano en el hombro a cada uno.

—Denles su espacio —dijo—. No las espíen.

—No las espiábamos —protestó Juárez.

—Sí, claro.

Samira los empujó suavemente hacia el otro lado del pasillo. Los alejó. Les dio la espalda.

Pero también miró, de reojo, hacia donde se habían ido las chicas.

Lara empujó la puerta. Entró.

Silvia y Ana la siguieron.

La habitación estaba igual que siempre. Las sábanas blancas. La mesita de luz con el libro “El héroe castigado”. El gotero colgando. La respiración de Marcos. Profunda. Lenta. Igual que siempre.

—Hola, Marcos —dijo Lara.

—Hola —dijo Silvia.

Ana se sentó en la silla. Las otras dos se apoyaron contra la pared.

El aire era pesado. Pero no incómodo. Era el peso de la espera.

Ana empezó a hablar.

Le contó todo. Las ratas. Los sesenta fallos. La que se regeneraba. La que tenía piel dura. El ácido que mataba desde adentro.

—No encuentro la cura —dijo—. Pero estoy más cerca. Creo.

Lara tomó la palabra después.

Le contó sus batallas. Los zombis que había matado. El cansancio. La bronca. Y lo feliz que estaba de haberse arreglado con Silvia.

—Nos peleamos —dijo—. Pero ya pasó.

Silvia asintió.

—Mejoré mucho en combate —dijo—. Espero que despiertes pronto para mostrarte.

Fue su turno. Habló de las expediciones. Del miedo. De las pesadillas. De la noche en la azotea.

Las horas pasaron.

Nadie miró el reloj.

Cuando se dieron cuenta, el sol se escondía entre las colinas. Las sombras crecieron en la habitación.

Ana se puso de pie.

—Se hizo tarde —dijo—. Cuídense.

Lara frunció el ceño.

—¿A dónde vas? No podés usar el laboratorio.

Ana suspiró.

—Ya sé.

—Qué triste —respondio Ana.

Silvia no dijo nada. Solo miró a Marcos.

Después, las tres salieron.

La puerta se cerró.

Marcos quedó solo. Otra vez.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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