LA NUEVA ERA - Capítulo 64
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Capítulo 64: Las señales
La noche llegó.
Lara se despertó. La habitación estaba a oscuras, solo la luz de la luna entrando por la ventana rota.
Sintió algo en su mano.
Estaba agarrando la mano de Marcos.
Se sorprendió. No recordaba haberse dormido así.
Pero luego sonrió.
Se acercó un poco más. Apoyó la cabeza en el pecho de Marcos.
Quería escuchar sus latidos.
Cerró los ojos. Escuchó.
Tum-tum. Tum-tum.
Sonaban como tambores. Lejanos. Pero firmes.
Pero notó algo raro. El ritmo cambiaba.
Al principio era lento. Después, sintió cómo se aceleraba.
Qué extraño, pensó.
No le dio importancia.
Apoyó la mejilla en la cama, sin soltar su mano.
—Despertate pronto —susurró.
Se quedó ahí. Un rato. Un largo rato.
Salió de la habitación.
Silvia estaba apoyada contra la pared, los brazos cruzados.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí —respondió Lara—. Solo quería un poco de agua.
—¿Tenés sed?
—Un poco. Si vas a buscar, traeme una botella.
Silvia asintió.
—Ana está bien —dijo—. Solo necesita descansar.
Lara sonrió.
—Me alegra.
Caminaron juntas un tramo. Silvia la miró de reojo.
—Trabajaste mucho últimamente —dijo—. Quizás agarrarte de la mano de Marcos mientras dormías es tu premio por portarte bien.
Lara se detuvo.
—¿Cómo sabés lo que estaba haciendo?
Silvia se rió.
—Porque te vi dormir, Lara. ¿O pensás que esa manta se puso sola en tu espalda?
Lara abrió la boca. La cerró.
No dijo nada.
Se alejó caminando. Estaba cansada.
—Me voy a dormir —dijo.
Silvia no respondió.
Lara sintió un cosquilleo en la mano. La miró.
Se acordó de lo que había hecho.
Se sonrojó un poco.
Suspiró.
Se acostó. Cerró los ojos.
Al día siguiente, los gritos rompieron el silencio del hospital.
Samira corría por los pasillos, descalza, el pelo suelto, la bata manchada.
—¡Benites! —gritaba—. ¡Benites!
Los niños se apartaban a los costados. Las enfermeras asomaban la cabeza por las puertas.
Samira llegó a la sala común. Estaban todos. Lara. Silvia. Ana. Juárez. Benites.
—¡Marcos! —jadeó—. Marcos está mostrando señales. Va a despertar.
Todos se pusieron de pie al mismo tiempo.
No hicieron falta más palabras.
Corrieron.
Llegaron. La puerta estaba abierta.
Marcos seguía en la cama. Inmóvil.
Pero no igual.
—Miren —dijo Samira, señalando.
Los dedos de Marcos se movían. Leves. Pequeños. Casi imperceptibles.
Las manos. También.
—Son movimientos involuntarios —dijo Benites, acercándose—. Pero es un avance.
—¿Eso es bueno? —preguntó Ana, con la voz temblorosa.
Benites la miró.
—Es muy bueno.
Todos sonrieron.
Lara no dijo nada.
Solo miró la mano de Marcos.
La misma que había agarrado la noche anterior.
Y sintió algo que no sentía desde hacía mucho tiempo.
Esperanza.
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