LA NUEVA ERA - Capítulo 65
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Capítulo 65: El despertar
El sol se asomaba por la ventana del pasillo. Ana caminaba despacio. El libro nuevo que le habían dado Lara y Silvia pesaba en sus manos.
Tres meses y medio, pensó. Desde que Marcos se desplomó en la central.
Mostró señales. Movió los dedos. Benites dijo que era cuestión de tiempo.
Pero pasaron los días. Y no despertó.
Recordé aquellos primeros días después de las señales. La alegría. Las sonrisas. Lara abrazando a Silvia. Hasta Juárez había soltado un “ya va a despertar”.
Pero la espera se alargó.
Pasaron tres meses y medio desde que Marcos se desplomó en la central.
Quince días en los que yo no podía hacer nada.
Caminaba por el pasillo. Las baldosas frías bajo sus pies. El eco de sus pasos.
Solo podía esperar con angustia mientras recordaba todas las veces que Marcos estaba ahí para ella y las demás.
La sonrisa no se pudo evitar al recordar esos momentos.
Benites no quería dejarme volver al laboratorio. Dijo que mi cuerpo no aguantaba. Que ya me había desplomado una vez.
Le rogué. Le expliqué que había logrado avances. Que la rata que resistió el virus seguía viva. Que la que regeneraba partes del cuerpo sin transformarse era la clave.
No le importó.
Me enojé. Le grité. Que no iba a darme por vencido tan cerca de lograr un avance. Esto puede cambiar algo.
Benites no se movió. Me miró con esos ojos cansados de cirujano.
Fue Lara la que me detuvo. Me agarró del brazo.
—Descansá —me dijo—. Después hablamos.
No era una orden. Era un ruego.
Así que descansé.
En ese tiempo me dediqué a recuperarme porque se veía la cara de preocupación de Lara y Silvia. Además Benites y Juárez también estaban preocupados y tenían muchos trabajos en el hospital. Samira también pasó mucho tiempo conmigo para que me recuperara bien y descansara del laboratorio.
Solo pude seguir con actividades del hospital.
Quince días sin laboratorio.
Quince días durmiendo. Comiendo. Caminando por el hospital. Ayudando a Samira con los niños. Leyéndole a Marcos.
Al principio me costaba. Las manos me temblaban. Soñaba con ratas. Con jaulas. Con el virus multiplicándose en placas de petri.
Pero después, el cuerpo empezó a responder.
Las ojeras se hicieron más claras. Las manos dejaron de temblar. El dolor de espalda desapareció.
Cuando Benites me dijo que podía volver, no lo celebré. Solo asentí.
—Cuidado —me dijo—. No quiero tener que operarte a vos también.
Llevo 300 intentos.
Dos logros.
Una rata que resistió el virus. No se transformó. No murió. Sigue en su jaula, mirándome con esos ojos rojos cuando enciendo la luz.
Otra rata que regenera. Le corté la pata. Le creció de nuevo. Le corté la cola. Le creció de nuevo. Pero no se transforma. No ataca. Solo mira.
Esa es la clave. Lo sé.
Pero todavía no funciona en humanos.
He probado con muestras de sangre. Con tejidos. Con células. Nada.
El virus es más fuerte en nosotros. O nosotros somos más débiles. No sé.
Pero estoy cerca.
Más cerca que nunca.
El invierno se acerca.
Se siente en el aire. En el viento que entra por las ventanas rotas. En las mantas que no alcanzan para todos.
Benites está preocupado por la fiebre de los pacientes. Samira enseña matemáticas a los niños para mantenerlos ocupados. Juárez anda en algo que no dice.
Lara y Silvia están más tranquilas. Se turnan para leerle a Marcos. Ya no pelean. Ya no se evitan.
A veces las veo entrenar juntas en el tejado. Silvia sigue siendo más lenta. Pero mejora. Y Lara ya no se lanza a la muerte. Aprendió.
Yo… yo solo quiero que Marcos despierte.
Quiero que vea lo duro que trabajé. Estoy segura de que la cura es posible, pero falta algo. Estoy segura de que Marcos podrá encontrar algo.
Ana levantó la vista.
Ya había llegado.
La puerta de la habitación de Marcos. La manija gastada. El marco desconchado.
Respiró hondo.
Abrió la puerta lentamente.
—Buenos días —dijo, como hacía siempre. Una forma de saludarlo. Una forma de decirle “sigo acá”.
—Buenos días.
Ana se quedó helada.
La voz no era suya. No era un eco. No era la imaginación.
Marcos estaba sentado.
Los ojos abiertos. La mirada perdida, pero abierta.
—Me gustaron mucho los poemas —dijo, la voz ronca, gastada, como si hubiera estado mucho tiempo sin usarla.
Las piernas de Ana dejaron de moverse.
El libro cayó al suelo.
Las lágrimas cayeron.
No podía sonreír. No podía hablar. Solo podía mirarlo.
Por fin lo veía.
Sentado.
No estoy soñando, pensó. No es un sueño.
Marcos la miró. Parpadeó despacio.
—Estás muy cambiada —dijo.
Tenía la cara más delgada. Los brazos más flacos. Las cicatrices en la frente apenas visibles. Pero los ojos.
Los ojos eran los mismos.
Ana quiso correr. Quiso abrazarlo. Quiso gritar.
Pero las piernas no le respondían. Las palabras no salían.
Los labios le temblaban.
Hasta que por fin pudo.
—¡Marcos!
El nombre salió como un grito. Como un sollozo. Como todo lo que había guardado en este tiempo por fin saliera.
Su cuerpo se movió. Corrió. Lo abrazó.
Las lágrimas mojaron la tela de su camisa. Los brazos de Ana temblaban. Los dedos se aferraban a la ropa de Marcos como si fuera a desaparecer.
Él se quedó quieto un momento.
Después, levantó la mano con esfuerzo. Le tocó la cabeza.
No dijo nada.
Solo la dejó llorar.
No entendía bien qué pasaba. Miraba la habitación. Las paredes blancas. El gotero. La mesa de luz con los libros.
Confundido.
Pero vivo.
Ana levantó la cara. Lo miró. Los ojos rojos. La nariz congestionada.
—Por fin… por fin despertaste —dijo, con la voz cortada—. Estábamos preocupadas. Todos te esperaban, Marcos. Creí que no ibas a despertar.
Él parpadeó.
—¿Cuánto tiempo llevo acá?
—Eso no importa —dice Ana—. Lo importante es que estás despierto.
Marcos no sabe qué pasa. Pero siente que todo está bien. Apoya su mano en la cabeza de Ana y le dice:
—Estoy bien. Estoy acá.
Ana lo abraza con más fuerza y grita:
—¡Lara! ¡Silvia! ¡Marcos despertó!
Con todas sus fuerzas. Para que ellas también pudieran verlo.
Ana se calló.
—Respirá —dijo Marcos—. Estoy acá.
Ana volvió a llorar.
Pero esta vez, más tranquila.
Marcos seguía sin entender del todo.
Pero estaba acá.
Y por ahora, eso era suficiente.
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