LA NUEVA ERA - Capítulo 66
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Capítulo 66: El primer paso
La habitación olía a remedios, a sábanas que no se cambiaban hace días, a encierro. Marcos llevaba horas mirando el techo, contando las grietas, escuchando el gotero caer. Tic. Tac. Tic. Tac.
Se sentía atrapado.
No en el cuerpo, aunque ese también le dolía. Atrapado entre esas cuatro paredes blancas. Encerrado como una rata de laboratorio. Como las que Ana le contaba.
—Ana —dijo, la voz ronca, todavía débil.
Ella levantó la vista del libro que estaba leyendo en voz baja. Unos poemas. No recordaba cuáles.
—¿Qué pasa?
—Ayudame. Quiero salir de acá.
Ana lo miró. Abrió la boca para decirle que no podía, que estaba débil, que Benites no iba a dejar, que todavía no era momento. Pero vio sus ojos.
No era un capricho. Era una necesidad.
—No es buena idea —dijo igual.
Marcos no la escuchó.
Apoyó las manos en la cama. Los dedos le temblaban. Los antebrazos, flacos después de meses sin moverse, apenas sostenían su peso. Empujó. Se incorporó.
—Marcos…
Se puso de pie.
Las piernas le fallaron al instante. La gravedad pesaba más de lo que recordaba. Las articulaciones crujieron. Las rodillas se doblaron. Cayó contra el borde de la cama, sin fuerzas, con la respiración entrecortada.
Ana se paró de golpe. Lo sostuvo del brazo antes de que se fuera al suelo.
—¿Ves? —dijo, con la voz quebrada entre el susto y la bronca—. No estás bien.
Marcos respiró hondo. Apretó los dientes.
—Llevame a tomar aire —dijo—. No puedo quedarme acá. No sé cuánto tiempo más.
Ana lo miró. Quiso decirle que no. Quiso llamar a Benites. Quiso hacer lo correcto.
Pero lo ayudó a ponerse de pie.
Caminaron despacio.
Un paso. Una pausa. Otro paso.
El brazo de Ana rodeaba la cintura de Marcos. El de Marcos pesaba sobre sus hombros. Las piernas de él apenas respondían, pero no se rendían.
El pasillo del hospital se estiraba interminable. Las paredes descascaradas. El olor a humedad y a remedios. El eco de sus propios pasos.
—¿Estás bien? —preguntó Ana, después de un rato.
—Sí —respondió él, con la voz cortada por el esfuerzo—. Puedo seguir.
Llegaron a un rellano. Marcos apoyó la mano contra la pared. Respiraba hondo.
—¿Querés volver?
—No.
Siguieron.
Lara caminaba por el pasillo del hospital, Silvia a su lado. El sol de la tarde entraba por las ventanas rotas, dibujando rombos de luz en el suelo.
—Hace rato que no escucho a Ana —dijo Lara.
—Estará leyendo —respondió Silvia.
Llegaron a la puerta de la habitación de Marcos.
Estaba abierta.
La cama, vacía. Las sábanas revueltas. El gotero, desconectado, apoyado sobre la mesa de luz.
El libro de poemas, en el suelo.
Lara sintió que el pecho se le apretaba.
—No están —dijo.
Silvia no respondió. Ya estaba corriendo.
—¡Benites! —gritó Lara por el pasillo.
La voz se expandió como un latigazo. Los niños se apartaron. Las enfermeras asomaron la cabeza por las puertas.
Benites salió de su consultorio con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa?
—Marcos no está.
Silvia ya estaba subiendo las escaleras. Lara la siguió.
—Revisamos todo el hospital —dijo Lara, con la voz entrecortada—. Las habitaciones. El laboratorio. La despensa. El comedor.
—¿La azotea? —preguntó Benites.
Silvia y Lara intercambiaron una mirada.
Corrieron.
Juárez y Samira se sumaron. Los niños miraban desde los pasillos, sin entender. Los pasos retumbaban en las escaleras. El corazón de Lara golpeaba más fuerte que cualquier eco.
—No pueden alcanzarnos —dijo Lara, mientras subía los escalones de a dos.
—Lo sé —respondió Silvia, a su lado, agotada pero firme.
Las dos solas. Las dos primero.
El viento golpeaba la puerta de la azotea.
Lara la abrió de golpe.
El sol estaba cayendo. El cielo, naranja y morado. El viento, frío, moviendo las sábanas que estaban tendidas en alambres viejos.
Y ahí, en el borde del tejado, Marcos estaba parado.
No solo.
Ana lo ayudaba a mantenerse de pie. Un brazo alrededor de su cintura. El hombro de él apoyado en el de ella. Las piernas de él temblaban. Pero estaba de pie.
Lara no pudo decir nada.
Las palabras no le salían. La boca se le abrió, pero la voz se quedó atrapada en algún lugar del pecho.
Silvia llegó un segundo después. Jadeando. Apoyó las manos en las rodillas para recuperar el aire.
Cuando levantó la vista, lo vio.
Marcos.
De pie.
En la azotea, con el sol cayendo, como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera estado todo ese tiempo en coma. Como si no hubiera estado al borde de la muerte.
Pero sí. Todo había pasado.
Lara y Silvia se abalanzaron al mismo tiempo.
Lara lo abrazó. Silvia también. Los brazos de las tres se enredaron. El peso las desequilibró.
Cayeron los cuatro al suelo.
Risas. Sollozos. Algo que no se podía nombrar.
Marcos no entendía bien qué pasaba. Su conciencia todavía estaba nublada. El dolor le recorría el cuerpo. No reconocía del todo dónde estaba.
Pero sabía que era Lara. La sentía. La reconocía.
No dijo nada.
Solo se quedó ahí, en el suelo, en la azotea, con ellas encima. Disfrutando el momento.
Benites llegó.
Vio la escena. Los cuatro en el suelo. Marcos, con el brazo envuelto en vendas, apenas incorporado. Ana con los ojos rojos. Lara y Silvia abrazadas a él como si no lo fueran a soltar nunca.
Sonrió.
—Por fin —dijo, casi en un susurro.
Juárez llegó detrás. Silencio. Una mano en el hombro de Benites.
Samira también. Abrazó a Benites sin decir nada.
Los niños empezaron a asomarse por la puerta de la azotea, empujándose para ver. Algunos reían. Otros preguntaban qué pasaba. Pero el más chico, el que siempre se sentaba solo en el fondo del comedor, sonrió.
Y alguien, no se supo quién, dijo:
—Ahora todo va a estar bien.
Marcos cerró los ojos.
El viento le movió el pelo. El sol se escondió detrás de las colinas. Y por un momento, en esa azotea, el mundo dejó de ser una mierda.
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