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LA NUEVA ERA - Capítulo 67

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Capítulo 67: Calor en la palma

La silla crujió cuando ajustaron una de sus patas. Juárez la había traído de algún lugar del hospital, una vieja silla de madera que parecía haber visto demasiados inviernos. Pero servía.

Marcos estaba sentado.

Benites se arrodilló frente a él, revisándole el pulso con dos dedos apoyados en la muñeca. La piel estaba pálida, las venas marcadas. Después le revisó la cabeza, palpando con cuidado la zona donde la piedra lo había golpeado. Los dedos recorrieron las costillas, una por una. El brazo fracturado había sanado, pero no del todo.

—Apretá los dientes —dijo Benites.

Marcos obedeció. Benites le abrió un ojo, después el otro. La linterna chica iluminó sus pupilas.

—Contracción normal —murmuró—. No veo daño neurológico grave.

—¿Eso es bueno? —preguntó Marcos, la voz ronca.

—Es muy bueno.

Benites se incorporó, la rodilla le crujió. Llamó a una enfermera, le pidió jeringas y tubos de ensayo. Después le sacó sangre a Marcos. Dos muestras. Una para analizarla en el laboratorio del hospital. Otra para que Ana la estudiara por su cuenta.

—Quiero ver si hay rastros del virus en tu sistema —dijo Benites—. Y si los hay, cómo está tu cuerpo reaccionando.

Marcos no respondió. Solo miró sus propias manos.

Lara no podía creerlo.

Marcos estaba despierto. Lo veía. Lo escuchaba. Estaba ahí, en esa silla de madera, con la camisa abierta y los vendajes cubriéndole el torso. Pero seguía sin poder procesarlo del todo.

Silvia se acercó primero.

—¿Qué se siente estar en coma y volver? —preguntó, con su tono directo, sin vueltas.

Marcos levantó la vista. Parpadeó despacio.

—Nunca pensé que quedaría en coma —dijo—. Sentí que un día se hacía más largo que el anterior. No podía ver nada. Solo mis manos… cómo se hundían en el agua. Como si estuviera ahogándome en cámara lenta.

Hizo una pausa. Su mirada se perdió un segundo en la pared.

—Pero sentí un calor extraño en la palma de mi mano.

Lara se quedó helada.

Se miró la mano sin querer. La misma que había estado agarrando mientras él dormía.

Silvia la vio. Esa pequeña contracción, ese gesto involuntario. Y se rió. Una risa baja, pero sincera.

—Qué curioso, ¿no? —dijo Silvia, sin dejar de mirar a Lara.

Lara no respondió. Solo apretó los labios.

Ana se acercó a la silla. Se sentó en el suelo, a la altura de Marcos, como hacía siempre cuando le leía.

—¿Cómo te sentís? —preguntó—. ¿Recordás algunas cosas?

Marcos la miró. La cara de Ana estaba más delgada que antes. Las ojeras, más profundas. Pero los ojos le brillaban.

—No mucho —respondió—. Escuché algunas cosas. Las que me leían, de vez en cuando. Poemas. Cuentos. También escuché gritos. Y llantos.

Ana bajó la cabeza.

—Pero todavía estoy muy débil —dijo Marcos—. Las piernas no me responden bien. El brazo… duele.

Lara lo observaba desde atrás, en silencio.

Tiene razón, pensó. Está débil. Perdió masa muscular. La velocidad y la fuerza que tenía antes del coma… ya no están.

Voy a tener que ser más cuidadosa.

Silvia la interrumpió.

—Eso no importa —dijo, como si le hubiera leído la mente—. Seguro se va a poner bien en poco tiempo.

Marcos asintió.

—Cuando pueda moverme con normalidad —dijo—, vamos a tener que irnos.

—¿Irnos? —preguntó Ana, sorprendida.

—Sí. No podemos quedarnos para siempre. Ya los atrasé demasiado mientras estuve en coma. Y además…

Hizo una pausa. La voz se le quebró un poco.

—Soñé que Ricardo me perseguía.

Lara apretó los puños.

Silvia puso una mano en su hombro.

—Las cosas no están fáciles para viajar —dijo—. El invierno se acerca. Los recursos escasean.

Ana la miró.

—Acá puedo trabajar en el laboratorio —dijo—. Pero si nos vamos… la investigación tiene que seguir. No es lo único que tenemos, pero es importante.

Marcos la miró. No dijo nada. Solo asintió.

Notó que las chicas habían cambiado. No solo físicamente. Estaban más seguras. Más firmes. Habían subido un nivel que él ni siquiera sabía que existía.

Benites, que estaba terminando de etiquetar las muestras de sangre, levantó la vista.

—Era obvio que esto iba a pasar —dijo—. Ninguno de ustedes es de los que se quedan quietos.

Juárez asintió, apoyado en la pared.

—Ya lo sabía —dijo—. Marcos nunca se iba a quedar en el hospital para siempre.

Samira, que estaba en la puerta con los brazos cruzados, suspiró.

—No puedo evitar pensar que es triste —dijo—. Que se tengan que ir.

Benites la miró.

—Lo sé —dijo—. Pero ellos no son de acá. No podemos detenerlos.

Samira bajó la cabeza.

—Voy a apreciar el tiempo que se queden.

Benites se acercó a Marcos.

—Todavía tengo que hablar con vos una última vez —dijo.

Juárez también.

—Yo también tengo que hacer algo.

Se miraron.

El viento golpeó las ventanas. Afuera, el invierno se acercaba.

Dentro del hospital, algo estaba por terminar.

Las horas pasaron.

Marcos se dirigió a su habitación con la ayuda de Lara, Ana y Silvia. Caminaban despacio. Un paso. Una pausa. Otro paso. El brazo de Lara rodeaba su cintura. Ana sostenía el otro lado. Silvia iba atrás, por si se caía.

No se cayó.

Llegaron. La puerta crujió. La cama estaba hecha, las sábanas blancas, el gotero desconectado sobre la mesa de luz.

Marcos se sentó en el borde de la cama. Respiró hondo.

—Pensé que nunca iba a volver a esta habitación —dijo.

Nadie respondió. Pero todas sonrieron.

Se quedaron ahí. Horas. Contando, riendo, recordando.

Lara fue la primera en hablar. Contó lo mucho que había mejorado en combate. La rutina que se había armado. Los lugares que exploró en la ciudad. Los atajos. Los escondites. Las rutas seguras.

—Juárez me ayudó al principio —dijo—. Después ya pude sola.

Silvia contó que también había mejorado su condición física. Que aprendió cosas nuevas. Que le gustaría contarle todo lo que pudo mejorar en tan poco tiempo.

—No soy la más rápida —dijo—. Ana sigue siendo la más lenta en combate. Pero yo ya no me arrastro.

Ana sonrió. No se ofendió. Sabía que era verdad.

Fue su turno. Contó que aprendió medicina con Samira. Que ayudaba a los niños. Que después se dedicaba al virus.

La emoción la ganó. Le contó todo. Los errores. Las ratas. Los 300 intentos. Las dos que lograron algo.

Pero evitó contarle las horas que no durmió. Lo mal que quedó después. Las ojeras. Las manos que temblaban.

Marcos sonrió.

—Son cosas muy buenas —dijo—. Todo lo que hicieron mientras yo estaba dormido.

Su conciencia se iba recuperando. Poco a poco. Las palabras le salían más claras. La mirada menos perdida.

Las horas pasaron.

Hasta que se quedó dormido.

Lara también.

Silvia también.

Ana también.

Los cuatro estaban agotados. Los cuatro descansaron juntos.

El sol se asomaba por las ventanas rotas.

Lara abrió los ojos. Parpadeó. Miró la cama.

Marcos no estaba.

Silvia seguía durmiendo con Ana, acurrucadas en el sillón, las cabezas juntas. Respirando hondo.

Lara se levantó sin hacer ruido. Salió al pasillo. Subió las escaleras.

Sabía dónde encontrarlo.

La azotea.

La puerta de metal estaba entreabierta. El viento golpeaba. El frío del amanecer se metía entre los huesos.

Marcos estaba ahí.

Apoyado en un bastón. Mirando la ciudad destruida. El sol naranja asomándose detrás de los edificios derrumbados. Las sombras largas. El silencio.

Lara se acercó despacio. Se paró a su lado.

—No sabía cuándo la ciudad se había convertido en una mierda —dijo Marcos, sin mirarla—. Cuando llegué al hospital, no tenía nada. Ahora veo lugares que ustedes prepararon. Rutas. Escondites. Atajos.

Lara se sorprendió.

—¿Te diste cuenta?

Marcos asintió.

—Se nota. Hay sogas en lugares estratégicos. Señales en las paredes. Cosas que yo no hice.

Lara sonrió.

—No lo habríamos hecho tan rápido sin la ayuda de Juárez.

Marcos se quedó en silencio un momento.

—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó—. No sé qué debería hacer.

Lara lo miró.

—Primero, recuperate —dijo—. Después, vos sabrás qué hacer. Todos confiamos en vos. No necesitamos que te esfuerces tanto por hacerlo rápido.

Marcos suspiró.

—Entonces solo me voy a concentrar en mi recuperación.

Lara sonrió. Se acercó un poco más. Se paró a su lado. Miraron la ciudad juntos.

El sol seguía subiendo. El viento soplaba. La ciudad seguía en ruinas.

Pero ya no estaban solos.

Los días pasaron.

Marcos se concentró solo en su recuperación.

Lara lo ayudaba con ejercicios fáciles al principio. Caminar. Estirar los brazos. Moverse sin caerse.

Benites lo controlaba de vez en cuando. Cuidadosamente. Le revisaba las costillas. El brazo. La cabeza. Le preguntaba si sentía dolor.

—Un poco —respondía Marcos.

—Es normal —decía Benites—. Tu cuerpo todavía está cicatrizando.

Ana revisó las muestras de sangre. Por suerte, no había indicios del virus en su sistema. Eso la calmó bastante.

También, con la ayuda de Samira, se dedicó a cuidar la dieta de Marcos. Y a cambiarle los vendajes del brazo.

—Está sanando bien —dijo Samira—. Pero todavía falta.

Silvia lo ayudó a recordar. Le mostró lugares en un mapa que había preparado con Lara. Le explicó las rutas. Los peligros. Los escondites.

—Esto lo hicimos nosotras —dijo Silvia, señalando una línea marcada en rojo—. Pero Juárez nos mostró los lugares.

Marcos asintió. Miró el mapa. Memorizó.

Los días pasaron. La recuperación fue agotadora.

El primer mes fue el más difícil.

Marcos dejó el bastón después de cuatro semanas. Caminar sin apoyo le costaba. Las piernas le temblaban. La espalda le dolía. Pero no se rindió.

Un día caminó hasta el final del pasillo. Otro día dio la vuelta entera. Otro día subió las escaleras solo.

—Ya está —dijo Lara, la primera vez que lo vio bajar sin ayuda—. Ya no te caes más.

—Todavía me caigo —respondió Marcos—. Pero menos.

El segundo mes fue distinto.

Su cuerpo ya no recordaba el coma. Las articulaciones dejaron de crujir tanto. Los músculos empezaron a responder.

Entonces empezó con los ejercicios.

Flexiones.

Los brazos le temblaban en la primera serie. Las costillas rotas habían sanado, pero la memoria del dolor seguía ahí.

—Dale —dijo Lara, mirándolo desde atrás—. Una más.

Hizo una más.

Abdominales.

La columna le dolía. La piel tiraba. Pero siguió.

Sentadillas.

Las rodillas le fallaron en la quinta repetición. Cayó hacia atrás. Lara lo agarró antes de que se golpeara la cabeza.

—Descansá —dijo ella.

Marcos negó con la cabeza.

—Una más.

Hizo una más.

También entrenó combate. Movimientos lentos al principio. Una sombra. Un fantasma de lo que era antes.

Pero mejoró.

A pesar de las molestias. A pesar del dolor. A pesar de saber que había perdido mucha condición física.

Mejoró.

Lara lo miraba desde atrás. Lo veía esforzarse. Caerse. Levantarse. Volver a intentarlo.

Está volviendo, pensó.

Y por primera vez en mucho tiempo, no tuvo miedo de lo que vendría.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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