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LA NUEVA ERA - Capítulo 68

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Capítulo 68: La recuperación

Las horas pasaron.

Marcos se dirigió a su habitación con la ayuda de Lara, Ana y Silvia. Caminaban despacio. Un paso. Una pausa. Otro paso. El brazo de Lara rodeaba su cintura. Ana sostenía el otro lado. Silvia iba atrás, por si se caía.

No se cayó.

Llegaron. La puerta crujió. La cama estaba hecha, las sábanas blancas, el gotero desconectado sobre la mesa de luz.

Marcos se sentó en el borde de la cama. Respiró hondo.

—Pensé que nunca iba a volver a esta habitación —dijo.

Nadie respondió. Pero todas sonrieron.

Se quedaron ahí. Horas. Contando, riendo, recordando.

Lara fue la primera en hablar. Contó lo mucho que había mejorado en combate. La rutina que se había armado. Los lugares que exploró en la ciudad. Los atajos. Los escondites. Las rutas seguras.

—Juárez me ayudó al principio —dijo—. Después ya pude sola.

Silvia contó que también había mejorado su condición física. Que aprendió cosas nuevas. Que le gustaría contarle todo lo que pudo mejorar en tan poco tiempo.

—No soy la más rápida —dijo—. Ana sigue siendo la más lenta en combate. Pero yo ya no me arrastro.

Ana sonrió. No se ofendió. Sabía que era verdad.

Fue su turno. Contó que aprendió medicina con Samira. Que ayudaba a los niños. Que después se dedicaba al virus.

La emoción la ganó. Le contó todo. Los errores. Las ratas. Los 300 intentos. Las dos que lograron algo.

Pero evitó contarle las horas que no durmió. Lo mal que quedó después. Las ojeras. Las manos que temblaban.

Marcos sonrió.

—Son cosas muy buenas —dijo—. Todo lo que hicieron mientras yo estaba dormido.

Su conciencia se iba recuperando. Poco a poco. Las palabras le salían más claras. La mirada menos perdida.

Las horas pasaron.

Hasta que se quedó dormido.

Lara también.

Silvia también.

Ana también.

Los cuatro estaban agotados. Los cuatro descansaron juntos.

El sol se asomaba por las ventanas rotas.

Lara abrió los ojos. Parpadeó. Miró la cama.

Marcos no estaba.

Silvia seguía durmiendo con Ana, acurrucadas en el sillón, las cabezas juntas. Respirando hondo.

Lara se levantó sin hacer ruido. Salió al pasillo. Subió las escaleras.

Sabía dónde encontrarlo.

La azotea.

La puerta de metal estaba entreabierta. El viento golpeaba. El frío del amanecer se metía entre los huesos.

Marcos estaba ahí.

Apoyado en un bastón. Mirando la ciudad destruida. El sol naranja asomándose detrás de los edificios derrumbados. Las sombras largas. El silencio.

Lara se acercó despacio. Se paró a su lado.

—No sabía cuándo la ciudad se había convertido en una mierda —dijo Marcos, sin mirarla—. Cuando llegué al hospital, no tenía nada. Ahora veo lugares que ustedes prepararon. Rutas. Escondites. Atajos.

Lara se sorprendió.

—¿Te diste cuenta?

Marcos asintió.

—Se nota. Hay sogas en lugares estratégicos. Señales en las paredes. Cosas que yo no hice.

Lara sonrió.

—No lo habríamos hecho tan rápido sin la ayuda de Juárez.

Marcos se quedó en silencio un momento.

—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó—. No sé qué debería hacer.

Lara lo miró.

—Primero, recuperate —dijo—. Después, vos sabrás qué hacer. Todos confiamos en vos. No necesitamos que te esfuerces tanto por hacerlo rápido.

Marcos suspiró.

—Entonces solo me voy a concentrar en mi recuperación.

Lara sonrió. Se acercó un poco más. Se paró a su lado. Miraron la ciudad juntos.

El sol seguía subiendo. El viento soplaba. La ciudad seguía en ruinas.

Pero ya no estaban solos.

Los días pasaron.

Marcos se concentró solo en su recuperación.

Lara lo ayudaba con ejercicios fáciles al principio. Caminar. Estirar los brazos. Moverse sin caerse.

Benites lo controlaba de vez en cuando. Cuidadosamente. Le revisaba las costillas. El brazo. La cabeza. Le preguntaba si sentía dolor.

—Un poco —respondía Marcos.

—Es normal —decía Benites—. Tu cuerpo todavía está cicatrizando.

Ana revisó las muestras de sangre. Por suerte, no había indicios del virus en su sistema. Eso la calmó bastante.

También, con la ayuda de Samira, se dedicó a cuidar la dieta de Marcos. Y a cambiarle los vendajes del brazo.

—Está sanando bien —dijo Samira—. Pero todavía falta.

Silvia lo ayudó a recordar. Le mostró lugares en un mapa que había preparado con Lara. Le explicó las rutas. Los peligros. Los escondites.

—Esto lo hicimos nosotras —dijo Silvia, señalando una línea marcada en rojo—. Pero Juárez nos mostró los lugares.

Marcos asintió. Miró el mapa. Memorizó.

Los días pasaron. La recuperación fue agotadora.

El primer mes fue el más difícil.

Marcos dejó el bastón después de cuatro semanas. Caminar sin apoyo le costaba. Las piernas le temblaban. La espalda le dolía. Pero no se rindió.

Un día caminó hasta el final del pasillo. Otro día dio la vuelta entera. Otro día subió las escaleras solo.

—Ya está —dijo Lara, la primera vez que lo vio bajar sin ayuda—. Ya no te caes más.

—Todavía me caigo —respondió Marcos—. Pero menos.

El segundo mes fue distinto.

Su cuerpo ya no recordaba el coma. Las articulaciones dejaron de crujir tanto. Los músculos empezaron a responder.

Entonces empezó con los ejercicios.

Flexiones.

Los brazos le temblaban en la primera serie. Las costillas rotas habían sanado, pero la memoria del dolor seguía ahí.

—Dale —dijo Lara, mirándolo desde atrás—. Una más.

Hizo una más.

Abdominales.

La columna le dolía. La piel tiraba. Pero siguió.

Sentadillas.

Las rodillas le fallaron en la quinta repetición. Cayó hacia atrás. Lara lo agarró antes de que se golpeara la cabeza.

—Descansá —dijo ella.

Marcos negó con la cabeza.

—Una más.

Hizo una más.

También entrenó combate. Movimientos lentos al principio. Una sombra. Un fantasma de lo que era antes.

Pero mejoró.

A pesar de las molestias. A pesar del dolor. A pesar de saber que había perdido mucha condición física.

Mejoró.

Lara lo miraba desde atrás. Lo veía esforzarse. Caerse. Levantarse. Volver a intentarlo.

Está volviendo, pensó.

Y por primera vez en mucho tiempo, no tuvo miedo de lo que vendría.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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