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LA NUEVA ERA - Capítulo 69

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Capítulo 69: El peso del entrenamiento

Marcos empezó una rutina simple pero eficiente.

Se levantaba a las 4 de la mañana, antes de que todos estuvieran despiertos. El hospital dormía. Los pasillos estaban vacíos. Solo el eco de sus pasos rompía el silencio.

Corría por las escaleras. Una y otra vez. Los muslos le quemaban. El aire le faltaba.

Flexiones. Los brazos le temblaban.

Abdominales. La columna le dolía.

Sentadillas. Las rodillas crujían.

Boxeo de sombra. Lento. Torpe.

Él mismo se daba cuenta de que había perdido su fuerza. Intentaba moverse con la velocidad de antes, pero el cuerpo no le respondía.

Las combinaciones de golpes salían mal. Las patadas eran débiles. Todo su cuerpo se sentía tosco.

Como si cargara plomo, pensó. Una sensación extraña.

Benites apareció de golpe. Apoyado en el marco de la puerta, los brazos cruzados. Lo había visto entrenar en silencio.

—El inicio nunca es fácil, ¿verdad? —dijo.

Marcos se detuvo. Bajó los brazos. La respiración agitada.

—No —respondió—. Pero es parte del proceso. Si fuera fácil, cualquier persona lo haría.

Benites se rió.

—¿Lo extrañas? —preguntó Marcos—. ¿De vez en cuando?

Benites se quedó en silencio un momento.

—Sí —dijo—. Más de lo que me gustaría.

Pausa.

—¿Vos extrañás a tus padres?

Marcos bajó la cabeza.

—Sí. Me gustaría volver a verlos.

—Espero que lo logres —dijo Benites—. Así que, antes de que se me olvide… Marcos, me gustaría darte las gracias.

Marcos frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Gracias a vos, todos en el hospital siguen vivos. Gracias a la electricidad que activaron, no hay hambre. Podemos cultivar comida. Tenemos algunas máquinas en funcionamiento para casos de emergencia.

Marcos negó con la cabeza.

—No tenés que dármelas. Ustedes salvaron mi vida. Estamos a mano.

Benites sonrió.

—Es verdad. Pero no pude evitar sentirme agradecido. Tu grupo hizo demasiado por nosotros.

Marcos lo miró. No dijo nada por un momento. Después:

—Olvidalo. Además, vos cuidaste de mi grupo mientras estuve en coma. Eso es suficiente.

Benites asintió. No agregó nada más.

Juárez apareció de golpe. Siempre aparecía de golpe. Como si las paredes no existieran para él.

—Yo también tengo algo que decir —dijo.

Se acercó a Marcos. Le entregó unas llaves. El metal tintineó en el aire.

—Benites me pidió que la prepare —dijo Juárez—. Está lista. Una camioneta con suministros. Gasolina extra en un bidón. El tanque lleno. Le hice algunas mejoras para que no tengan problemas en el camino.

Marcos miró las llaves en su mano. Las sopesó.

—No puedo aceptarlas.

Juárez lo miró fijo.

—Yo nunca pude vencer al variante —dijo—. Era demasiado para mí. Pero hubiera preferido morir antes que quedarme en el hospital sin hacer nada por un tiempo. Pensé que la granada que encontré hace un tiempo me serviría. Pero seguro no me hubiera ayudado.

Marcos lo miró.

—Al menos todo el mundo está bien.

Juárez asintió.

—Gracias —dijo.

Se retiró.

Benites hizo lo mismo.

Marcos se quedó solo en el pasillo. Miró las llaves. Las giró entre los dedos.

Cada vez me siento más agradecido, pensó. Las cosas no son fáciles. Pero una sensación me dice que todavía no empieza lo difícil. Es extraño.

Lara apareció. Una sonrisa amplia.

—¡Buenos días, Marcos! —dijo—. ¿Vamos a entrenar?

Silvia asomó detrás de ella.

—Yo ayudo.

Ana también.

—Esta vez entreno con ustedes.

Marcos los miró. Las tres estaban animadas. Aunque el sol recién empezaba a asomarse.

—Bueno —dijo—. Vamos.

Entrenaron juntos. Marcos, lento. Lara, rápida. Silvia, corrigiendo su postura. Ana, esforzándose para seguir el ritmo.

El día siguió con normalidad. Las chicas se fueron a sus actividades: Ana al laboratorio, Silvia a ayudar en el comedor, Lara a revisar las rutas.

Marcos se quedó solo.

Agarró unos libros para leer. Sabía que no era bueno esforzar el cuerpo de golpe. Pero la mente también necesitaba entrenar.

Encontró algunos libros interesantes. Historia. Ciencia. Naturaleza.

Uno le llamó la atención. “El arte de la humanidad”.

Un libro simple, largo. Hablaba de todo lo que el hombre había hecho. Su historia. Su cultura. Su naturaleza.

Marcos empezó a leer.

Poco a poco, se fue quedando dormido.

Cerró los ojos.

Se sentía extraño.

Sabía que estaba dormido. Pero podía sentir su cuerpo. Podía moverlo. Como si estuviera despierto, pero no.

No sé qué está pasando, pensó. Parte de mi conciencia está despierta. O es imaginación.

Quiso probar si podía despertar de golpe.

No pudo.

Pero su cuerpo en el sueño respondía. Sin dolor. Sin cansancio. Sin plomo en los huesos.

Empezó a entrenar.

Primero patadas simples. Después combos más difíciles. Golpes. Patadas. Rodillazos.

Todo fluía. Como antes. Como cuando no estaba roto.

Lara lo despertó con un toque en el hombro.

Marcos abrió los ojos de golpe. Nervioso. El corazón acelerado.

—¿Tuviste una pesadilla? —preguntó Lara, preocupada.

—No —respondió él, la voz ronca—. No fue eso.

Lara lo miró.

—Descansá —dijo—. Mañana podemos hablar más.

Marcos miró la ventana. Estaba tan oscuro que no se veía nada.

Silvia y Ana lo estaban buscando. Se escuchaban sus voces a lo lejos.

—Voy a avisarles que te fuiste a descansar —dijo Lara.

—Está bien —respondió Marcos.

Ella se fue.

Marcos se quedó solo en la habitación. Miró sus manos.

¿Qué fue eso? pensó. ¿Un sueño? ¿Una sensación extraña?

No tenía respuestas.

Pero algo le decía que no era solo imaginación.

El sol se asomaba por las ventanas rotas.

Marcos entrenaba sin descanso. Sus movimientos se sentían extraños. Como si su cuerpo recordara los movimientos que había hecho en el sueño. Una especie de memoria muscular.

—¿Qué hacés? —preguntó Lara, apoyada en el marco de la puerta.

Marcos se detuvo. Bajó los brazos.

—No lo sé —respondió—. Los movimientos me salen solos.

Lara lo miró un momento. Después sonrió.

—¿Querés medir tu condición actual? —propuso—. Un combate.

Marcos la miró. Sabía que necesitaba saber cuánto había perdido.

—Está bien.

Lara se puso unos guantes. Le tiró otros a Marcos.

—¿Estás lista? —preguntó él, ajustándose los guantes—. ¿Va a ser como aquella vez en la cabaña?

Lara sonrió.

—¿Creés que estuve sin hacer nada todo este tiempo?

Marcos se colocó en guardia adelantada. Trató de tomar distancia.

Lara es demasiada rápida, pensó. Si me descuido, pierdo.

En ese momento, Lara apareció frente a él. Un movimiento rápido de pies. Unas fintas. Rompió su guardia.

Marcos intentó reaccionar. Se posicionó de nuevo. Pero era tarde.

Lara le clavó un rodillazo en el estómago.

El dolor lo recorrió. Tosió. Casi se dobla.

Eso no fue fácil, pensó. Uno más y termino arrodillado en el piso.

Lara no se detuvo. Empezó a lanzar combinaciones. Uno-dos. Tres-cuatro. Golpes al cuerpo. Golpes a la cabeza.

Marcos no podía seguirle el ritmo. Sabía cómo moverse. Pero el cuerpo no le respondía.

No la voy a alcanzar, pensó.

Cambió de estrategia.

Esperó. Calculó el momento. Un contragolpe.

Justo cuando Lara se acercaba, Marcos lanzó su golpe.

Perfecto, pensó.

Pero Lara cambió el golpe en el aire. Desvió su mano. La hizo golpear contra su propia frente. Redujo el daño. Y contraatacó con un gancho.

Marcos cayó al suelo.

Respiraba hondo. La mandíbula le dolía. El estómago también. El orgullo, más.

Lara se agachó a su lado.

—¿Estás bien?

Marcos se incorporó despacio. Se frotó la cara.

—Nunca pensé tener que perder tan feamente —dijo—. Mejoraste bastante, Lara.

Lara se sentó a su lado.

—Sí —respondió—. Vas a tener que empezar de cero.

—Supongo que sí. Pero voy a entrenar en el viaje.

—Te voy a ayudar —dijo Lara.

Marcos la miró.

—No te sientas mal —dijo—. Voy a estar en mi mejor condición rápido. Y te voy a volver a derrotar.

Lara sonrió.

—Eso espero.

Silvia y Ana aparecieron con comida y agua.

—Comamos todos juntos —dijo Ana.

—Buena idea —respondió Marcos—. Así podemos conversar a dónde deberíamos irnos.

Lara recordó algo.

—Una vez escuché a Benites hablar de una ciudad con supervivientes. El virus ya afectó a tantos que seguro en algunas partes hay gente escondida. O lugares para comerciar, como en las películas.

Silvia frunció el ceño.

—¿Lugares para comerciar? ¿Con qué?

Ana pensó.

—El dinero ya no vale nada. Así que tal vez con comida, agua… o armas.

La puerta se abrió.

Benites entró.

—Disculpen que los interrumpa —dijo—. Escuché que estaban hablando de eso. Puedo ayudar.

—¿Hay un lugar así? —preguntó Silvia.

—Recién me enteré por radio —respondió Benites—. No sabía que existía antes. No es una ciudad como la que imaginan. Es un puesto de intercambio. Chico. Peligroso. No es como en las películas. Son más agresivos, diría yo. Pocas reglas. La más importante es que para entrar hay que pagar.

—¿Pagar con qué? —preguntó Ana.

—Una caja de cigarrillos. O una lata de comida. Podés cambiar cosas por cigarros, comida, agua, o armas. Tanto simples como armamentísticas.

Marcos se inclinó hacia adelante.

—¿Está cerca de acá?

Benites sacó un mapa del bolsillo. Lo desplegó.

—Calculo unos diez días de viaje en la camioneta. Si no tienen problemas en el camino, tal vez ocho. Pero no menos.

—¿Diez días? —preguntó Silvia, sorprendida.

—Es lo que hay —respondió Benites—. Les traje el camino marcado. Es lo único que puedo hacer.

Se puso de pie.

—No se olviden de despedirse de todos antes de irse. Tengo que atender a mis pacientes.

Salió.

Marcos miró el mapa. Lo estudió.

Si es verdad, pensó, sería una gran oportunidad para conseguir información.

Ana se acercó.

—Tal vez el científico del que escuché los rumores esté en ese lugar —dijo—. O tal vez tus padres, Marcos.

Marcos se quedó en silencio.

Lara habló primero.

—Vamos.

Silvia la miró.

—¿Ya lo decidiste?

Marcos levantó la vista.

—No pueden obligarlas —dijo—. Pero Lara tiene un punto. Es la opción más recomendable para seguir nuestro camino.

Silvia lo miró fijo.

—¿Vamos a estar seguros allá?

Marcos negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero si nos quedamos acá, no vamos a encontrar a mis padres.

Hizo una pausa.

—Y vos, Silvia, podrías divertirte un poco más.

Silvia sonrió.

—Es verdad. Me gustaría divertirme un poco más. Pero es muy arriesgado. No quiero arriesgar sus vidas de nuevo.

Marcos la entendió.

—Por eso vamos a tomar el camino más largo —dijo—. No voy a arriesgar sus vidas. Te lo prometo.

Silvia asintió.

—Está bien. Hagámoslo.

Ana se acercó.

—Donde vos vayas, yo voy —dijo, mirando a Marcos.

—¿Qué van a hacer hoy? —preguntó Marcos.

Lara respondió:

—Voy a ayudar a Juárez con unas revisiones. Notamos algunas grietas en las paredes. Hay que repararlas.

—Voy a preparar mis cosas —dijo Ana—. Y hacer algunas modificaciones para seguir trabajando con mi investigación en el viaje.

Silvia pensó un momento.

—Tal vez entrene un poco. Pero no estoy segura. En realidad, tengo una lesión.

Marcos la miró.

—¿Una lesión?

—Nada grave —respondió Silvia—. Después te cuento.

—Entrenemos después —dijo Marcos.

Silvia asintió.

Las horas pasaron.

Cada uno siguió con sus actividades.

Marcos caminaba por los pasillos del hospital cuando se encontró con Samira.

—¿Me ayudás con unos vendajes? —preguntó ella—. Tengo varios pacientes.

—Sí —respondió Marcos.

Mientras vendaba, Samira habló.

—¿Te adaptaste bien al hospital?

—Sí.

—¿Es verdad que se van pronto?

Marcos no quiso mentir.

—Sí. Es necesario. Tengo cosas que hacer. Pero si alguna de las chicas quiere quedarse, no la voy a obligar a venir.

Samira sonrió.

—Eso no va a pasar. Ellas confían en vos. Te cuidan.

Marcos no dijo nada.

Samira terminó el vendaje.

—Listo.

—¿Sabés dónde puedo encontrar algo de comer? —preguntó Marcos.

—En el comedor. Seguí derecho y bajá las escaleras.

Marcos llegó al comedor. Pero antes de entrar, vio a Lara ayudando a Juárez a reparar las paredes quebradas del hospital.

Juárez lo saludó.

—¿Cómo te sentís hoy?

—Bien —respondió Marcos. Observó las paredes—. Se están derrumbando.

Juárez asintió.

—No te preocupes. Ya las estoy arreglando. Solo necesito un poco más de tiempo. Tiene que aguantar un rato más.

Marcos lo miró.

—¿Benites tiene un plan?

Juárez se quedó en silencio un momento.

—Tal vez. Si nos encontramos de nuevo, te lo voy a contar. Pero ahora no sé.

Marcos sonrió.

—Gracias por todo.

Se retiró.

Después de comer, Marcos entrenó con Silvia.

Flexiones. Boxeo. Calistenia. Correr por las escaleras. Subir. Bajar. Subir. Bajar.

Después, combates de práctica.

Silvia ganó todas.

Marcos estaba agotado.

Mi condición es mala, pensó. Tengo que esforzarme más.

Pero también notó algo más.

Silvia mejoró tanto que nunca pensé que iba a lograrlo.

El día pasó normal. Hasta la noche.

Marcos se acostó. Miró el techo.

Cerró los ojos.

Sabía que al otro día iba a ser el último que pasaría en el hospital.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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