LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 11
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11: página 11 11: página 11 En el centro de mando de Ginebra, la pantalla que monitoreaba la señal de audio del Capitán Renault se llenó de un estático blanco antes de estabilizarse en un silencio absoluto.
La Dra.
Elena Vance se acercó al monitor, con los nudillos blancos de tanto presionar la mesa.
El último dato telemétrico de los trajes NBQ indicaba que las constantes vitales del equipo GIGN no estaban en estado de pánico; al contrario, sus niveles de oxitocina y serotonina habían alcanzado picos que solo se ven en estados de meditación profunda o enamoramiento intenso.
—Capitán, responda.
¿Cuál es el estado del objetivo?
—la voz del enlace de la Gendarmería en la sala sonaba desesperada.
Un crujido de estática precedió a la voz de Renault.
Pero no era la voz del soldado que Elena había escuchado minutos antes.
Era suave, rítmica y desprovista de cualquier tensión profesional.
—El objetivo está…
asegurado —dijo Renault—.
Pero estábamos equivocados, central.
No hay amenaza.
El Dr.
Thorne nos ha mostrado que el protocolo de cuarentena es el verdadero peligro.
Estamos regresando a París.
No detengan el convoy.
Es una orden.
Elena sintió que el aire de la sala se volvía irrespirable.
Científicamente, estaba presenciando un Fallo de Cascada de Contención.
Cuando los encargados de la seguridad se infectan, el sistema de vigilancia se convierte en el facilitador del patógeno.
El TG-Alpha no solo estaba usando a los soldados como huéspedes; estaba usando su autoridad, sus vehículos y sus armas para despejar el camino hacia el corazón de Francia.
—¡Cierren las comunicaciones!
—gritó Elena—.
¡Ese no es Renault!
¡Es una infección volitiva!
Pero ya era tarde.
El mapa digital mostraba que el tren no era el único vector.
Los informes de los hospitales en el trayecto de Ginebra a Lyon empezaban a saturar el sistema de vigilancia sindrómica.
Cientos de personas que habían estado en contacto con los primeros pasajeros del tranvía 15 estaban ahora en sus hogares, en oficinas o en colegios, sintiéndose “mejor que nunca”.
En la epidemiología real, una enfermedad con un periodo de incubación asintomático y sin síntomas físicos de malestar es el escenario de “extinción de civilización”.
El TG-Alpha había perfeccionado esta estrategia: el huésped no se siente enfermo, por lo que no se aísla.
Se siente feliz, por lo que socializa más de lo habitual.
El parásito de Thorne había hackeado el contrato social mismo, convirtiendo la amabilidad humana en el mecanismo de su propio fin.
Elena se desplomó en su silla mientras veía cómo los puntos rojos de infección potencial empezaban a parpadear por todo el mapa de Europa Occidental, dibujando una red de conexiones que ninguna vacuna conocida podría desenredar.
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