LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 12
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12: página 12 12: página 12 CAPÍTULO II LA CEGUERA DE LAS MASAS Mientras el TGV 9762 avanzaba hacia el norte bajo la custodia de un equipo de élite infectado, la ciudad de Ginebra intentaba digerir una tarde que la historia recordaría como el inicio del fin.
En el distrito de Pâquis, lejos de los centros de mando de la OMS, la vida parecía haber cobrado un ritmo frenético y vibrante.
No había gritos de pánico ni barricadas; lo que había era una extraña y contagiosa euforia que flotaba en el aire como el polen en primavera.
Marc, un periodista independiente que solía cubrir conflictos sociales, caminaba por el Quai du Mont-Blanc grabando con su teléfono lo que él consideraba una “revolución de la alegría”.
Se detuvo frente a un grupo de personas que rodeaban a un hombre subido a la barandilla de un puente.
El hombre no estaba saltando para terminar con su vida; estaba bailando, realizando movimientos acrobáticos peligrosos sobre el vacío con una sonrisa que Marc describió en su grabación como “divina”.
—¡Mírenlo!
—gritaba una mujer entre la multitud, aplaudiendo con fervor—.
¡Por fin alguien que no tiene miedo a vivir!
Científicamente, este es el fenómeno del “Contagio Conductual por Refuerzo Positivo”.
En la vida real, el Toxoplasma puede aumentar los niveles de testosterona y reducir el tiempo de reacción al peligro, pero en el entorno de Ginebra, la variante TG-Alpha estaba creando una retroalimentación social catastrófica.
Las neuronas espejo de la multitud, estimuladas por el bioaerosol que ya saturaba las zonas concurridas, interpretaban la temeridad del hombre como una señal de estatus evolutivo superior.
En lugar de llamar a la policía para salvarlo, la gente sentía el impulso de imitarlo.
Marc notó algo inquietante al acercarse para una toma en primer plano.
Los ojos de la mujer que aplaudía estaban dilatados hasta el borde del iris, y su piel tenía un rubor febril, una vasodilatación periférica causada por la tormenta de neurotransmisores.
Ella se volvió hacia él y, sin mediar palabra, lo tomó de las manos.
Marc sintió una calidez eléctrica, un exceso de dopamina que el parásito utilizaba para facilitar el contacto físico.
—¿No lo sientes, Marc?
—le preguntó ella, aunque él nunca le había dicho su nombre.
El parásito, en su búsqueda de eficiencia, había empezado a agudizar la percepción de micro-expresiones en los infectados, permitiéndoles “leer” a los no infectados con una precisión casi telepática.
Marc sintió un cosquilleo en la base de la nuca, el mismo pinchazo que Thorne había sentido en el laboratorio.
Su instinto de periodista, su última barrera de miedo, le gritó que se alejara, pero la sonrisa de la mujer era tan genuina, tan absoluta, que su dedo, casi de forma involuntaria, detuvo la grabación.
¿Por qué documentar el mundo cuando podía simplemente disfrutar de él?
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