LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 13
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13: página 13 13: página 13 Para Marc, la fascinación inicial comenzó a teñirse de una extraña inquietud fisiológica.
Mientras observaba a la multitud en el Quai du Mont-Blanc, notó que el hombre que bailaba sobre la barandilla había empezado a sudar profusamente, pero no era un sudor normal.
Era espeso, con un ligero tinte amarillento, cargado de metabolitos que el cuerpo expulsaba en un intento desesperado por no sobrecalentarse.
Científicamente, el cerebro humano consume aproximadamente el 20% de la energía total del cuerpo.
Bajo la influencia del TG-Alpha, esa demanda se dispara.
El parásito obliga a las mitocondrias a trabajar en un estado de hiperactividad constante para mantener los niveles de dopamina y serotonina.
En la medicina real, esto se conoce como Excitotoxicidad: las neuronas se disparan con tanta frecuencia que empiezan a dañarse por el puro esfuerzo.
—Tiene hambre —murmuró Marc, viendo cómo el acróbata sufría un espasmo violento en la pierna.
El hombre no se detuvo.
Ignoró el calambre con una risa que ya no sonaba humana, sino mecánica.
Sus músculos estaban empezando a catabolizarse a sí mismos; el parásito, ante la falta de glucosa externa, estaba ordenando al cuerpo descomponer su propio tejido muscular para obtener energía rápida.
El resultado era una apariencia que empezaba a mutar: las mejillas se hundían, los ojos se hundían en las órbitas debido a la pérdida de grasa periorbitaria, y la piel se tensaba sobre el hueso.
—¡Necesitamos comida!
—gritó alguien en la multitud.
No fue un grito de auxilio, sino una orden colectiva.
De repente, la “fiesta” se volvió depredadora.
La gente se abalanzó sobre un puesto de comida cercano, pero no buscaban platos elaborados.
Buscaban azúcar pura, carbohidratos simples, cualquier cosa que alimentara la hoguera metabólica en sus cabezas.
En su desesperación, el instinto de etiqueta desapareció.
Se empujaban y arrebataban la comida con una fuerza frenética, pero lo hacían sin ira, manteniendo esa sonrisa fija y aterradora mientras se atragantaban.
Marc retrocedió cuando vio a la mujer que antes le había tomado las manos morder una barra de chocolate crudo con tal fuerza que sus encías empezaron a sangrar.
Ella no sintió el dolor; el parásito había bloqueado sus receptores de nocicepción.
Para ella, el sabor de su propia sangre mezclado con el azúcar era simplemente otra fuente de dopamina.
Fue entonces cuando Marc comprendió la verdadera naturaleza del TG-Alpha: no era una cura para el miedo, era un parásito que quemaba la vela por ambos extremos hasta que solo quedara el soporte.
La humanidad no estaba siendo liberada; estaba siendo consumida como combustible.
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