LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 23
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23: página 23 23: página 23 Marc se desplomó contra el panel de control de una subestación de monitoreo de agua, a salvo por el momento tras una puerta estanca.
Sus pulmones ardían por el vapor y el esfuerzo, y su piel estaba cubierta de una capa de mugre rosada de las alcantarillas.
Miró su mano, la misma que la mujer infectada había sujetado con tanta calidez horas atrás.
Debería estar sintiendo la euforia.
Debería estar sonriendo mientras buscaba carne fresca.
Pero lo único que sentía era un terror frío y un dolor punzante en el estómago.
—¿Por qué no…?
—sollozó, limpiándose la cara con la manga sucia.
En la esquina de la sala, un terminal de diagnóstico automático del servicio de aguas, diseñado para detectar patógenos en los empleados, emitía una luz naranja intermitente.
Marc, llevado por un impulso de periodista, introdujo su dedo en el lector de sangre para una prueba rápida.
La pantalla procesó los datos con una velocidad clínica.
[ANÁLISIS DE SANGRE – SISTEMA DE VIGILANCIA BIOLÓGICA] Presencia de Antígenos: Positivo (Variante TG-Alpha).
Carga Parasitaria: Alta.
Respuesta Neuroquímica: Error de Conexión.
Observación: El paciente presenta un polimorfismo en el gen del receptor de dopamina DRD2.
El complejo proteico del patógeno no puede anclarse a los receptores post-sinápticos.
Científicamente, Marc era una anomalía estadística.
El parásito estaba dentro de él, navegando por su torrente sanguíneo, pero era como una llave maestra intentando abrir una cerradura que había sido cambiada de fábrica.
Su mutación genética, algo que en su vida normal no habría significado nada, era ahora el único muro que separaba su conciencia de la colmena de alegría caníbal.
Sin embargo, la pantalla mostraba un dato agravante: “Estado: Portador Asintomático”.
Marc se horrorizó al comprenderlo.
No estaba infectado psicológicamente, pero físicamente era una bomba de tiempo.
Cada gota de su sudor, cada exhalación, transportaba al parásito.
Era inmune a la locura, pero era un vector para los demás.
La ironía era brutal: para sobrevivir y salvar su mente, Marc se había convertido en el arma más eficiente del Dr.
Thorne sin saberlo.
—Soy como ellos —susurró, viendo cómo la pequeña herida en su brazo, donde el niño lo había arañado, supuraba el mismo fluido amarillento—.
Solo que yo puedo sentir el miedo de lo que estoy haciendo.
“El que tiene ojos para ver el abismo, termina convirtiéndose en el puente para que el abismo cruce”, pensó, recordando una frase de un viejo libro de filosofía.
Marc no era un héroe; era una anomalía biológica condenada a ver cómo el mundo se devoraba a sí mismo mientras él cargaba con la peste en sus venas, atrapado en una lucidez que ahora se sentía como una maldición.El mensaje en la pantalla del terminal de Saint-Jean parpadeaba con una frialdad binaria: “PORTADOR ASINTOMÁTICO”.
Marc entendió la crueldad de su suerte.
Él no era un superviviente en el sentido tradicional; era una placa de Petri andante, un caballo de Troya que respiraba.
Cada vez que intentara refugiarse con otros, les llevaría la muerte envuelta en una sonrisa que él mismo no podía sentir.
—Tengo que advertirles —susurró, tecleando con dedos torpes en la consola de emergencia—.
Si hay alguien más como yo…
si hay una forma de replicar esta resistencia…
Pero antes de que pudiera enviar el paquete de datos hacia los servidores del CERN, la pantalla se oscureció y fue reemplazada por una transmisión de video en alta definición.
No era una interferencia; era una emisión nacional forzada.
La imagen mostraba el Gran Salón del Palacio del Elíseo en París.
No había rastro del gabinete de crisis que la Dra.
Vance había intentado alertar.
En su lugar, el Presidente de la República Francesa aparecía sentado a una mesa larga, flanqueado por el Dr.
Aris Thorne y el Capitán Renault.
El Presidente no tenía su habitual semblante severo; su rostro irradiaba una serenidad absoluta, casi angelical.
Frente a él, un plato de porcelana contenía cortes de carne cruda, roja y brillante, que él consumía con una elegancia perturbadora.
—Ciudadanos de Francia, habitantes del mundo —comenzó el Presidente, y su voz, amplificada por todos los altavoces de la estación de filtrado, sonaba como una caricia—.
Durante siglos hemos vivido encadenados al miedo.
Miedo a la guerra, miedo a la escasez, miedo a los demás.
Hoy, el Dr.
Thorne nos ha traído la llave de nuestra celda.
Thorne se puso de pie detrás del mandatario.
Su apariencia física había empezado a degradarse; su piel era de un blanco yeso y sus ojos parecían dos carbones encendidos por la fiebre metabólica.
Puso una mano sobre el hombro del Presidente, y Marc pudo ver cómo las uñas del doctor se hundían ligeramente en la tela del traje, buscando el contacto con la piel.
—No es una enfermedad —continuó el Presidente, mientras un niño pequeño, vestido con un traje de marinero inmaculado pero con la boca manchada de carmesí, se acercaba para ofrecerle una copa de agua rosada—.
Es el siguiente paso de nuestra evolución.
La “Paradoja de Gondii” nos enseña que solo cuando dejamos de protegernos, empezamos a vivir de verdad.
París ha abierto sus puertas.
No hay barricadas, no hay armas.
Solo hay…
comunión.
En la pantalla, la cámara se alejó para mostrar el resto del salón.
Miembros del parlamento, generales y embajadores se abrazaban y compartían comida en un banquete silencioso y sangriento.
Una mujer en silla de ruedas, cuya mandíbula había sido parcialmente removida para facilitar la alimentación constante, emitía un sonido gutural que el sistema de audio interpretaba como una risa armónica.
Científicamente, Thorne había logrado la “Infección de la Superestructura”.
Al infectar al líder, había infectado el símbolo.
El mensaje no era una advertencia de salud, era una invitación al suicidio colectivo disfrazado de utopía.
Marc golpeó la pantalla con el puño.
En París, la resistencia había muerto antes de disparar un solo tiro.
La capital del mundo civilizado se había convertido en el nido principal, y el “agua de la paz” ya estaba fluyendo por las venas de toda la nación.
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