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LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 24

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24: página 24 24: página 24 Marc abandonó la estación de filtrado antes de que el vapor se disipara por completo.

Su objetivo era el túnel de servicio que conectaba el sistema de aguas con el anillo periférico del CERN, en la frontera franco-suiza.

Si había un lugar en el mundo capaz de entender su mutación genética y convertirla en un arma de resistencia, era aquel santuario de la física de partículas y la biotecnología avanzada.

Sin embargo, el camino no era más que una galería de horrores estáticos.

Al entrar en el conducto de mantenimiento 4-B, Marc tuvo que caminar sobre una superficie que se sentía elástica, casi orgánica.

Al bajar la linterna, vio que el suelo estaba tapizado de personas en estados avanzados de Atrofia Metabólica.

Entre ellos, un grupo de ancianos en sillas de ruedas había sido dispuesto como un bloqueo vivo.

—”No pases de largo, joven” —susurró una de las mujeres.

Sus piernas, reducidas a huesos envueltos en una piel que parecía papel de fumar, estaban entrelazadas con los radios de las ruedas de su silla, como si el parásito hubiera decidido que ella y la máquina eran ahora un solo ser—.

“Nuestras historias pesan mucho, pero aquí todos somos ligeros como el aliento”.

A su lado, un niño de rostro angelical pero con la mandíbula inferior colgando debido a la laxitud de los ligamentos, sostenía una linterna de mano que usaba para iluminar su propia garganta.

Marc pudo ver los quistes del parásito palpitando en las amígdalas del pequeño, como uvas de un color violeta oscuro.

—”¿Quieres ver cómo brilla la paz?” —gorgoteó el niño.

La luz de su linterna atravesaba el tejido translúcido de su cuello, revelando la hipervascularización que el TG-Alpha exigía para mantenerse vivo.

Científicamente, lo que Marc veía era un “Nido de Incubación de Baja Energía”.

Al no poder moverse con rapidez, estos infectados vulnerables habían sido asignados a las zonas de sombra para actuar como purificadores de aire biológicos.

Sus cuerpos consumían lo mínimo, dedicando cada caloría a producir esporas de bioaerosol que llenaban el túnel con ese aroma dulzón a amoníaco y muerte.

—”Déjanos masticar tu prisa” —recitó la anciana, extendiendo una mano cuyos dedos estaban unidos por una membrana de sudor seco y hifas parasitarias—.

“Tu corazón late tan fuerte que nos da dolor de cabeza.

Déjanos detenerlo un ratito”.

Marc no respondió.

Usó el cañón de una pesada llave inglesa para apartar suavemente la silla de ruedas de la mujer.

Al tocar el metal frío, la anciana soltó una carcajada que terminó en una tos llena de fluido rosado.

No había odio en sus ojos, solo una decepción infinita, como la de una abuela que ve a un nieto rechazar un regalo hecho con amor.

—”Pobre niño” —dijo ella mientras él se alejaba hacia la oscuridad del túnel—.

“Corres hacia un lugar donde la lógica es reina, pero la lógica no puede abrazarte cuando tengas frío.

Nosotros sí”.

El periodista aceleró el paso, sintiendo cómo el aire se volvía más denso, cargado de la estática de las máquinas cercanas y el hedor de la “felicidad” que se pudría.

El parásito estaba convirtiendo la debilidad humana en una fortaleza inexpugnable; en el mundo de Thorne, los inválidos y los niños no eran el punto débil, sino las minas terrestres emocionales y biológicas que hacían que cualquier intento de resistencia se sintiera como un pecado contra la compasión.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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