LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 25
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25: página 25 25: página 25 La entrada al Sector 18 del Gran Colisionador de Hadrones se alzaba ante Marc como el último bastión de una era racional.
Era una esclusa de acero y titanio, diseñada para mantener el vacío en los imanes superconductores, pero ahora servía como un filtro de bioseguridad improvisado.
Marc se detuvo frente a la cámara de escaneo térmico, su respiración formando una nube de vapor que brillaba bajo las luces halógenas.
—¡Identifíquese o se activarán las defensas cinéticas!
—tronó una voz a través de los altavoces.
No era la voz melódica de un infectado; era el tono seco, áspero y benditamente humano de un guardia de seguridad asustado.
—¡Soy Marc Vallot, periodista!
—gritó, levantando sus manos—.
¡Vengo de Ginebra!
Tengo datos…
tengo una anomalía genética.
¡Por favor, comprueben mis niveles de dopamina!
Tras un minuto de silencio agónico, la esclusa siseó.
El aire fue succionado hacia afuera en un ciclo de presión negativa, una táctica para evitar que cualquier partícula suspendida en el aire del túnel entrara al complejo.
Al abrirse la segunda puerta, Marc fue recibido no por abrazos, sino por tres hombres en trajes NBQ de nivel 4, armados con lanzallamas y rifles de pulsos.
—No te muevas —ordenó uno de ellos.
Su visor reflejaba la figura demacrada de Marc—.
El sensor de partículas está en rojo.
Estás saturado de la cepa.
—Estoy infectado, pero no “cambiado” —respondió Marc, sintiendo cómo las lágrimas surcaban la suciedad de su rostro—.
Mi cerebro no acepta el mando.
Comprueben mi DRD2.
Por favor.
Científicamente, el equipo del CERN había establecido una “Zona de Silencio Dopaminérgico”.
Dentro del complejo, habían alterado el sistema de ventilación para filtrar cualquier rastro de la proteína p30 y habían administrado bloqueadores de receptores a los supervivientes.
Era una existencia gris y plana, carente de placer, pero era la única forma de no caer ante la “Euforia” de Thorne.
Mientras lo escoltaban hacia el laboratorio de biometría, Marc pasó por una zona de observación acristalada.
Dentro, vio algo que le heló la sangre.
Habían capturado a un infectado, un niño que no tendría más de seis años, para estudiarlo.
El niño estaba sentado en una silla, con cables conectados a su cráneo.
A pesar de estar en una celda estéril y fría, el pequeño sonreía con una dulzura insoportable mientras se arrancaba tiras de piel del brazo para “dibujar” corazones en el cristal.
—”¿Por qué estás tan triste, señor del traje raro?” —decía el niño a través del intercomunicador, su voz era un susurro que goteaba veneno y miel—.
“Tus ojos tienen tanto miedo que me dan ganas de llorar por ti.
Déjame entrar.
Solo quiero darte un beso para que el frío se te olvide”.
El guardia que escoltaba a Marc apartó la mirada, pero sus manos temblaban.
Científicamente, el parásito estaba usando una “Frecuencia de Infrasonido Vocal”: el niño hablaba en un tono que estimulaba directamente el nervio vago de los guardias, intentando forzar una respuesta de protección biológica.
Marc comprendió que el CERN no era un refugio, sino una olla a presión.
Los científicos estaban luchando contra un enemigo que no usaba la fuerza para entrar, sino que pedía permiso para “amarlos”, y cada minuto que pasaba, la voluntad de los supervivientes de permanecer en la frialdad de la razón se debilitaba frente a la cálida promesa de la locura.
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