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LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 27

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27: página 27 27: página 27 Mientras en el CERN se extraía el dolor de Marc, en la superficie de Francia el mundo se estaba convirtiendo en un único organismo hambriento y radiante.

El Dr.

Thorne lo había llamado el “Gran Viaje”, pero para un observador no infectado, era una marea de cuerpos que cubría la autopista A6 desde París hasta Lyon.

Eran millones.

No había vehículos; el metal era una barrera para el contacto, así que caminaban.

Científicamente, el TG-Alpha había activado el Reflejo Migratorio de Langosta.

Al igual que estos insectos, cuando la densidad de población infectada alcanza un umbral crítico, el parásito cambia el comportamiento del huésped de “sedentario” a “nómada gregario”.

La necesidad de contagiar a nuevos grupos se vuelve más fuerte que el instinto de territorio.

La carnicería de la marcha era una obra maestra de la eficiencia biológica.

En el centro de la columna, un grupo de hombres demacrados cargaba sobre sus hombros una plataforma hecha con las puertas de los coches abandonados.

Sobre ella, como en un trono de basura, descansaba una mujer cuyos intestinos colgaban por fuera de una herida abierta en el abdomen, sostenidos por ella misma con una delicadeza casi religiosa.

Ella no sufría; su cerebro estaba tan saturado de serotonina que cada espasmo de sus vísceras le provocaba un éxtasis que compartía a través de sus gritos rítmicos.

—”¡Coman de mi prisa, hermanos!

—gritaba ella, mientras ofrecía trozos de su propio hígado a los que caminaban al lado—.

¡No dejéis que el camino nos gane!” Este era el Canibalismo de Ruta.

Cuando un individuo colapsaba por el fallo multiorgánico derivado de la hiperactividad metabólica, no se le abandonaba.

Los que caminaban detrás, con una alegría metódica, desgarraban el cuerpo caído antes de que el corazón dejara de latir.

Aprovechaban la sangre caliente, cargada de nutrientes y parásitos, como si fuera una bebida energética.

Marcó un nuevo estándar de horror: una anciana se detuvo sobre un niño que había tropezado y, con una sonrisa maternal, le arrancó el tendón de Aquiles para masticarlo mientras seguía avanzando.

—”Eres tan joven, pequeño, que tus piernas nos llevarán más lejos si van en nuestros estómagos” —susurró la mujer antes de tragar.

El niño, infectado y ya incapaz de sentir el desgarro, se limitó a aplaudir con sus manos ensangrentadas mientras veía a la mujer alejarse.

Sabía que pronto otro grupo llegaría para reciclar el resto de su biomasa.

No había desperdicio.

La autopista no estaba jalonada de cadáveres, sino de manchas de grasa y fragmentos de hueso pulidos; el enjambre lo consumía todo.

En la retaguardia, los “Pastores” —infectados que conservaban un poco más de masa muscular— empujaban sillas de ruedas a través del asfalto caliente hasta que las llantas de goma se derretían.

Cuando la silla ya no avanzaba, el ocupante, a menudo un inválido o un enfermo crónico, era “elevado”.

Lo descuartizaban vivo con una precisión que solo la falta de adrenalina y el exceso de dopamina permiten.

El sonido ambiente era una cacofonía de risas, canciones de cuna y el chasquido constante de dientes rompiendo fémures para llegar al tuétano, la reserva de energía más densa.

Europa ya no era un continente de naciones; era una arteria abierta por la que fluía una masa de carne que sonreía mientras se devoraba a sí misma para alimentar el sueño de Thorne.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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