LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 29
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
29: página 29 29: página 29 Dentro de los laboratorios del CERN, a cien metros bajo tierra, el silencio era tan denso que Marc podía oír el siseo de la sangre fluyendo por los tubos de ensayo.
La Dra.
Arishti observaba una placa de Petri donde una muestra de las neuronas de Marc, cultivadas por crecimiento acelerado, se enfrentaba a una cepa concentrada de TG-Alpha.
Lo que veía en el microscopio electrónico no era una batalla, sino una Exclusión Competitiva.
—Increíble —murmuró Arishti.
Su rostro, grisáceo por la anhedonia de los bloqueadores, no mostraba asombro, pero sus manos se movían con una urgencia febril—.
Tu mutación no mata al parásito, Marc.
Simplemente ocupa los receptores DRD2 con una afinidad tan alta que el TG-Alpha no encuentra donde anclarse.
Es como si todas las sillas de una habitación estuvieran ocupadas por alguien que se niega a levantarse.
Sin embargo, el éxito científico se veía empañado por el horror que llegaba de las cámaras de seguridad del exterior.
El complejo del CERN estaba rodeado.
No por soldados, sino por una multitud de niños que habían sido enviados por delante del “Gran Viaje”.
Eran “Los Heraldos”.
Miles de infantes, muchos de ellos con malformaciones físicas causadas por el crecimiento descontrolado de los quistes, se frotaban contra las vallas de seguridad.
Científicamente, estaban realizando una “Abrasión Mucosa Voluntaria”.
Los niños se rascaban la piel contra el metal hasta sangrar, saturando las vallas con una capa de fluidos biológicos infecciosos.
Uno de ellos, un niño con las cuencas oculares vacías pero llenas de un micelio rosado, se pegó al cristal de una de las cámaras exteriores.
—”Doctora, no nos deje fuera” —susurró el niño, y su voz fue transmitida por el sistema de audio del laboratorio—.
“Nuestros huesos están cansados de sostener tanta felicidad.
Queremos entrar para que ustedes también puedan descansar.
Mi hermanita se ha comido sus propios dedos para no tener que tocar nada que no sea amor”.
Marc giró la cabeza hacia la pantalla.
Vio a una niña pequeña, de unos tres años, que efectivamente masticaba los muñones ensangrentados de su mano derecha con una expresión de paz absoluta.
El desgarro de los cartílagos era audible.
Para el parásito, la auto-fagia era una forma de mantener al huésped ocupado y calmado mientras servía de vector.
—Si abrimos las puertas para salvar a esos niños, el complejo cae en diez segundos —dijo el jefe de seguridad, su voz quebrándose—.
Pero si no lo hacemos…
—Si no lo hacemos, ellos seguirán allí hasta que el peso de sus cuerpos derribe la valla —interrumpió Arishti—.
Marc, tu suero está listo.
Pero hay un problema.
Para que sea efectivo, debemos inducir un Choque Citoquínico en tu cuerpo.
Vamos a quemar el parásito dentro de ti usando una tormenta inmunológica artificial.
Si sobrevives, serás el primer humano “limpio”.
Si no…
Un estallido sordo sacudió el laboratorio.
No fue una bomba.
Fue la presión acumulada de miles de cuerpos contra la esclusa principal.
Los niños afuera habían empezado a amontonarse unos sobre otros, creando una pirámide de carne viva para alcanzar los conductos de ventilación.
Marc vio cómo un bebé, impulsado por la fuerza de los de abajo, era aplastado contra una rejilla superior, sus fluidos filtrándose hacia el interior del sistema de aire purificado.
El olor a amoníaco y carne dulce empezó a llenar la sala.
El asedio de la alegría había comenzado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com