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LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 34

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34: página 34 34: página 34 París no era una ciudad en guerra; era un organismo en plena digestión.

Al cruzar la Puerta Maillot, Marc tuvo que reducir la velocidad del Panhard.

Las calles estaban cubiertas por una capa de diez centímetros de un lodo biológico: una mezcla de excrementos, fluidos necróticos y el micelio rosado que el parásito extendía como una alfombra nerviosa.

Los Campos Elíseos habían sido despojados de sus árboles; en su lugar, los troncos habían sido sustituidos por “Tótems de Unión”.

Científicamente, Thorne estaba aplicando la “Arquitectura de Cosecha”.

Los tótems eran columnas de cuerpos humanos vivos, soldados entre sí por el crecimiento de quistes externos, con sus bocas conectadas a tubos de ventilación que bombeaban bioaerosol de dopamina a toda la avenida.

—”¡Bienvenido al hogar, Marc!” —Las voces no venían de un solo lugar, sino de los altavoces de la ciudad, ahora controlados por el parásito—.

“¡Hueles a tormenta, hueles a fin, pero aquí el fin es solo un nuevo comienzo!” Marc observó por el periscopio a la “Guardia de Honor” de Thorne.

Eran niños, miles de ellos, vestidos con harapos que alguna vez fueron uniformes escolares.

Estaban sentados en el asfalto, formando un pasillo.

Lo perturbador no era su presencia, sino su estado: muchos se habían arrancado los párpados para no dejar de mirar la gloria de la colmena, sus ojos secos y brillantes fijos en el blindado.

Al pasar junto a ellos, el efecto de la Antitoxina de Marc fue devastador.

A pesar del blindaje, su mera proximidad química provocaba que los niños más cercanos empezaran a convulsionar.

El aire dentro del radio de cinco metros del vehículo se volvía letal.

Marc vio cómo un pequeño que intentaba lanzar una flor —hecha de piel humana trenzada— se deshacía antes de que el regalo tocara el metal.

Sus pulmones colapsaron en un spray de ceniza y su rostro se licuó, dejando ver un cráneo que seguía vibrando con la risa grabada en el hueso.

—”¡Qué dulce es quemarse en tu presencia!” —gritaban los que aún podían hablar mientras sus cuerpos se convertían en lodo humeante bajo las ruedas del Panhard.

En la Plaza de la Concordia, la escena alcanzó su cénit gore.

El obelisco había sido recubierto de carne fresca, y de su punta colgaban ancianos en sillas de ruedas, suspendidos por cables hechos de tendones.

Giraban lentamente al viento, como un carillón macabro.

Sus cuerpos estaban siendo utilizados como “Evaporadores de Suero”: el sol calentaba sus heridas abiertas, liberando el aroma del parásito para mantener a la población en un estado de sumisión extática.

—”No hay dolor, Marc, solo hay flujo” —la voz de Thorne resonó, profunda y distorsionada por la infección—.

“Has traído el veneno, pero mi mundo es un océano.

Ven al Palacio.

Ven a ver cómo la humanidad se convierte en una sola alma sin el estorbo de la piel”.

Marc apretó los dientes, sintiendo cómo el calor en su sangre aumentaba.

La presión del suero en sus venas era tan alta que pequeñas gotas de sudor corrosivo empezaban a brotar de sus poros, fundiendo el plástico del volante.

París era el estómago del mundo, y él era la úlcera que Thorne no esperaba poder digerir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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