LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 36
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36: página 36 36: página 36 CAPÍTULO 4 EL DIOS DE LA CARNE Marc empujó las puertas de roble del Gran Salón.
El interior no recordaba a ninguna estancia humana.
El techo había sido arrancado y reemplazado por una cúpula de nervios entrelazados que filtraban la luz de la luna, dándole a la sala un tono púrpura enfermizo.
En el centro, donde antes se celebraban las cenas de estado, se alzaba una montaña de biomasa: miles de corazones humanos, aún latiendo, estaban incrustados en las paredes, bombeando un fluido rosado a través de conductos que recorrían el suelo como serpientes de cristal.
En la cima de este trono orgánico estaba Aris Thorne.
Thorne ya no vestía su bata de laboratorio.
Su piel se había fundido con el trono, convirtiéndose en una extensión del edificio.
Sus piernas habían desaparecido, sustituidas por una red de hifas parasitarias que se hundían en el suelo del palacio.
Lo más aterrador era su rostro: se había desdoblado.
Una segunda mandíbula, hecha de cartílago transparente, le recorría el cuello, y sus ojos eran ahora grandes orbes negros que reflejaban la luz con un brillo de facetas de insecto.
—”Has llegado, Marc.
El error en la ecuación.
El hombre que no puede sentir la paz” —la voz de Thorne no salía de su boca, sino que vibraba desde las paredes, amplificada por los corazones que latían al unísono—.
“Hueles a amoníaco y a miedo químico.
Eres una herida abierta en mi mundo perfecto”.
Científicamente, Thorne había alcanzado la Cefalización Externa.
Su cerebro ya no estaba confinado a su cráneo; estaba conectado mediante señales electroquímicas a cada infectado en un radio de cinco kilómetros.
Él era el procesador central de una computadora de carne.
—”Esta no es tu paz, Thorne” —dijo Marc, dando un paso adelante.
El suelo bajo sus pies siseó.
El micelio rosado se retorcía y moría, convirtiéndose en ceniza negra en cuanto Marc entraba en su radio de acción—.
“Es un matadero con música de cuna.
He visto a los niños…
he visto lo que les haces”.
—”¿Qué es un niño sino un huésped que aún no ha aprendido a dar?” —Thorne extendió un brazo que se alargó de forma antinatural, sus dedos convertidos en agujas óseas—.
“Tú los curas, Marc, y al hacerlo los matas.
Yo los amo, y al hacerlo los hago eternos.
Mira tu propio brazo.
Tu suero te está consumiendo.
Tu humanidad es un parásito más, uno que devora tu cuerpo para mantener tu orgullo intacto”.
Marc miró su antebrazo.
Thorne tenía razón.
El Choque Citoquínico estaba pasando factura.
Su piel nácar estaba empezando a agrietarse, dejando ver una musculatura que brillaba con un rojo incandescente.
Su temperatura interna era tan alta que el sudor que caía al suelo provocaba pequeñas explosiones de vapor corrosivo.
Thorne hizo un gesto y, de las paredes del salón, empezaron a emerger “Los Guardines del Trono”: soldados de élite infectados cuyos cuerpos habían sido reforzados con placas de hueso externo y cuyas manos terminaban en garras de queratina.
No tenían ojos; se guiaban por el rastro de calor que Marc emitía.
—”Ven, Marc” —susurró Thorne, mientras su segunda mandíbula se abría, revelando una hilera de dientes que vibraban como un motor—.
“Déjanos ver si tu soledad puede sobrevivir al abrazo de un dios que nunca duerme solo”.
Los guardianes se lanzaron al ataque.
El primer soldado saltó sobre Marc, y en cuanto sus garras tocaron el hombro del periodista, el brazo del infectado estalló en una masa de carne líquida.
Pero el guardián no se detuvo; usó su propio muñón hirviente para intentar cegar a Marc, riendo mientras su propia carne se deshacía, una danza de destrucción química contra voluntad biológica.
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