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LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 37

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37: página 37 37: página 37 El Gran Salón se convirtió en una cámara de tortura química.

Marc se movía con una agilidad desesperada, cada golpe que lanzaba dejaba una estela de vapor cáustico.

El primer Guardián que lo alcanzó intentó morderle el cuello; Marc le hundió los dedos en el pecho y el suero de su sudor perforó la armadura ósea del infectado como si fuera mantequilla caliente.

Los pulmones del soldado estallaron en un spray de moco necrótico que siseó al tocar el suelo.

—”¡Más!

¡Danos más de tu pureza!” —gritaba otro de los guardianes, cuya mandíbula había sido reemplazada por una pinza de hueso endurecido.

Se lanzó sobre Marc, ignorando que su brazo izquierdo se estaba deshaciendo en jirones de carne líquida al rozar el aura de calor del periodista.

Científicamente, Marc estaba entrando en la fase de Desnaturalización Proteica.

A 43 grados centígrados, las enzimas que mantenían su propio metabolismo empezaban a fallar.

Su visión se tornaba roja, no por la sangre de sus enemigos, sino por las micro-hemorragias en sus propias retinas.

Cada vez que un infectado moría cerca de él, la liberación masiva de nitrógeno y carbono de los quistes del parásito generaba pequeñas explosiones que le quemaban la piel ya agrietada.

—”¡Mírate, Marc!

Eres el fuego que se consume a sí mismo para negar el calor a los demás” —la voz de Thorne retumbaba desde el techo, donde los corazones incrustados latían ahora con una frecuencia de 200 pulsaciones por minuto—.

“Estás muriendo por un mundo que ya no existe.

El silencio que defiendes es el de la tumba; mi alegría es el de la vida que se desborda”.

Marc logró zafarse de dos guardianes, dejando tras de sí un rastro de ceniza y miembros licuados.

El gore era indescriptible: los restos de los soldados se retorcían en el suelo, las fibras del parásito intentando desesperadamente reconstruir los cuerpos mientras el suero de Marc seguía disolviéndolos a nivel molecular.

Un infectado intentó sujetarle los pies; Marc simplemente pisó su cabeza, y el cráneo se deshizo en una nube de polvo óseo y vapor rosado.

—”¡Tengo…

que…

llegar…

a ti!” —rugió Marc, su voz ahora un susurro ronco debido al daño térmico en sus cuerdas vocales.

Se lanzó hacia la base del trono orgánico.

Las hifas que conectaban a Thorne con el suelo intentaron atraparlo, pero Marc las cortaba con sus manos desnudas, que ahora parecían garras de cristal templado.

El dolor era absoluto, una sinfonía de agonía que el parásito en Thorne interpretaba como una nota discordante en su orquesta de euforia.

Al llegar a la primera plataforma de carne, Marc vio a la Dra.

Vance…

o lo que quedaba de ella.

Estaba incrustada en el trono, su cerebro expuesto y conectado por filamentos de cobre a la columna vertebral de Thorne.

Sus ojos se abrieron, limpios por un segundo gracias a la proximidad del suero de Marc.

—”Mátalo…” —susurró ella, mientras sus propios tejidos empezaban a burbujear por el contacto—.

“Mátanos a todos…

antes de que la canción…

sea eterna”.

Marc hundió su mano en el sustrato del trono, buscando el nervio central.

El trono gritó.

Millones de voces en todo París aullaron al unísono cuando el veneno de Marc empezó a subir por las arterias del palacio, convirtiendo el “hogar” de Thorne en una necrópolis de vapor negro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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