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LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 39

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39: página 39 39: página 39 Marc emergió de los escombros del Gran Salón como un espectro de nácar y hollín.

El silencio en París era ahora absoluto, un vacío que pesaba más que los gritos de euforia.

A su alrededor, lo que antes eran miles de niños y fieles seguidores, ahora eran solo montones de ceniza negra y un lodo aceitoso que se filtraba por las alcantarillas.

Había detenido la música, pero el silencio no traía la paz.

Científicamente, el aire de la ciudad estaba saturado de Residuos de Lisis.

Marc inhalaba las cenizas de sus enemigos, y cada bocanada le recordaba que su cura era, en esencia, un genocidio biológico.

Su temperatura corporal finalmente empezó a descender de los 43 grados, pero el frío que le siguió fue una agonía de temblores incontrolables.

Su metabolismo estaba entrando en un Estado de Choque Post-Citoquínico.

—”¿Marc?” —Una voz débil surgió de entre un montón de escombros cerca de la salida del palacio.

No era la voz de un infectado.

Era una voz quebrada, llena de un terror puramente humano.

Marc apartó una viga carbonizada y encontró a un guardia del Elíseo que se había refugiado en una cámara acorazada de plomo.

El hombre no tenía ojos; se los había arrancado él mismo para no caer ante la hipnosis visual del parásito, pero estaba limpio.

Su piel no brillaba.

—¿Están…

están todos muertos?

—preguntó el guardia, tanteando el aire con manos temblorosas.

Marc no pudo responder de inmediato.

Sus cuerdas vocales, quemadas por el vapor de su propio suero, solo emitieron un chasquido seco.

Miró hacia la Plaza de la Concordia.

La lluvia negra seguía cayendo, pero algo estaba cambiando en el lodo.

Científicamente, el TG-Alpha estaba demostrando una Resiliencia Epigenética aterradora.

En lugar de morir del todo, los restos de los infectados que Marc había disuelto estaban empezando a reorganizarse.

El parásito, ante la amenaza de extinción por el suero de Marc, había activado una fase de Esporulación de Emergencia.

El lodo negro en el suelo empezó a burbujear, formando pequeñas esferas rígidas, negras como el carbón, que se pegaban a las paredes y a los restos de los edificios.

—”No los has matado, Marc…” —La voz de Thorne resonó de nuevo, pero esta vez no venía de los altavoces, sino de las propias esferas que vibraban al unísono—.

“Solo nos has obligado a cambiar de piel.

Nos has dado el fuego, y ahora aprenderemos a arder”.

Marc comprendió con horror que su “ataque” había sido el catalizador de una evolución forzada.

El parásito ya no buscaba la “paz” y la “comunión” a través del afecto; las nuevas esporas estaban diseñadas para la supervivencia en ambientes hostiles, protegidas por una membrana resistente al suero de Marc.

El guardia, al oír la vibración de las esferas, soltó un alarido y empezó a golpearse la cabeza contra el suelo.

Marc intentó detenerlo, pero su mano, aún cargada de antitoxina, provocó que la frente del hombre empezara a humear al contacto.

Marc lo soltó como si se hubiera quemado.

Ya no podía tocar a un ser humano sin dañarlo.

Su bendición era su maldición definitiva: era el salvador que no podía abrazar a los salvados.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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