LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 4
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4: página 4 4: página 4 Thorne se sentó en el banco de metal de la zona de observación, con la mirada fija en su pulgar.
Según los protocolos de seguridad de la OMS para laboratorios de alta contención, debería haber activado la alarma de nivel rojo, sellando el complejo entero y condenándose a una cuarentena de treinta días en una celda de aislamiento.
Pero mientras su mano alcanzaba el botón de emergencia, algo ocurrió en el interior de su núcleo accumbens.
Una calidez antinatural, casi sedosa, empezó a irradiar desde el centro de su cráneo.
No era un dolor de cabeza; era lo opuesto.
El TG-Alpha, al detectar el torrente de cortisol y adrenalina del pánico de Thorne, había respondido con una descarga masiva de dopamina.
En la neurobiología real, este neurotransmisor es el motor de la recompensa y el placer, pero en exceso, anula la capacidad del lóbulo frontal para evaluar riesgos.
De repente, la idea de la cuarentena le pareció…
absurda.
Una reacción exagerada de un sistema burocrático que no comprendía la magnificencia de su descubrimiento.
—Estoy bien —susurró para sí mismo.
Su propia voz le sonó extrañamente melódica, desprovista del tono quebradizo de hace unos minutos—.
El sistema inmune se encargará.
Es solo una exposición mínima.
Científicamente, lo que Thorne experimentaba era la “hipótesis de la manipulación”.
Muchos parásitos alteran el comportamiento de su huésped para facilitar su transmisión.
El Toxoplasma común hace que los ratones ignoren el olor de los gatos; en humanos, el TG-Alpha estaba eliminando el “olor” del peligro.
La amígdala de Thorne, esa pequeña estructura con forma de almendra que nos advierte cuando algo va mal, estaba siendo silenciada por una inundación química que ningún fármaco existente podría igualar.
Se levantó con una agilidad que no sentía desde hacía años.
Recogió sus pertenencias personales y se dirigió a la salida del Campus Biotech.
El guardia de seguridad, un hombre mayor llamado Klaus que solía intimidar a Thorne por su seriedad, le devolvió el saludo.
—Se va temprano hoy, doctor —comentó Klaus.
Thorne le dedicó una sonrisa amplia, genuina y deslumbrante.
Una sonrisa que no llegaba solo a los labios, sino que brillaba en sus ojos con una intensidad febril.
—Es un día hermoso, Klaus.
Demasiado hermoso para quedarse encerrado.
Al cruzar las puertas automáticas y sentir el aire fresco de Ginebra, Thorne no se dio cuenta de que acababa de cometer el primer acto de traición hacia su especie.
En su cerebro, el parásito ya estaba enviando señales a sus conductos lagrimales y glándulas salivales.
Necesitaba un nuevo huésped.
Y Ginebra, con sus calles abarrotadas de diplomáticos, turistas y estudiantes, era un festín de posibilidades.
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