LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 53
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53: página 53 53: página 53 En el instante en que el cristal del frasco se quebró contra el bulbo raquídeo de Thorne, el mundo emitió un sonido que no fue un grito, sino un suspiro colectivo de mil millones de pulmones colapsando al mismo tiempo.
Científicamente, se desató una Reacción en Cadena de Desnaturalización Proteica.
El suero de Marc, potenciado por la energía eléctrica de la pirámide, se convirtió en una señal digital de muerte.
La antitoxina no solo viajó por los nervios de Thorne; se codificó en la frecuencia de la Cúpula de Ionización.
En microsegundos, la señal alcanzó cada rincón del planeta, desde las profundidades del Amazonas hasta los rascacielos de Shanghái.
Marc vio cómo la espina dorsal de Thorne se tornaba gris, luego negra, y finalmente se deshacía en una ceniza fina.
Las proyecciones en las paredes de la pirámide empezaron a apagarse una por una.
—”Has…
ganado…” —la voz de Thorne se desvanecía, perdiendo su nitidez, convirtiéndose en estática—.
“Bienvenido…
al…
silencio…
Marc…” En las pantallas, Marc fue testigo de la Apoptosis Global.
En las calles de las ciudades utópicas, los trabajadores se desplomaron en mitad de sus tareas, con los rostros recuperando por un segundo una expresión de terror humano antes de que sus corazones se detuvieran.
Las aves cayeron del cielo como piedras plateadas.
Los bosques, cuya fotosíntesis había sido acelerada por el parásito, empezaron a marchitarse en una velocidad cinematográfica, tornándose marrones y secos bajo el sol que ya nadie observaba.
Científicamente, el suero borró la interfaz entre el parásito y el sistema nervioso.
Sin esa interfaz, el cerebro humano —atrofiado por meses de dependencia— olvidó cómo enviar la señal eléctrica para que el diafragma se contrajera.
La humanidad no murió por el veneno; murió porque olvidó cómo respirar por sí misma.
Marc cayó de rodillas.
Su brazo izquierdo, el que había inyectado la cura, empezó a disolverse también.
Su cuerpo, que había sido mantenido unido por la furia química de la antitoxina, estaba alcanzando su Límite de Fatiga Molecular.
Las venas de nácar se estaban rompiendo, liberando un resplandor final que iluminaba la cámara del núcleo con la luz de una estrella moribunda.
El zumbido de la pirámide cesó.
El calor de los cerebros en los tanques se disipó.
El mundo se volvió frío, oscuro y, por primera vez en días, verdaderamente libre.
Pero era la libertad de un cementerio.
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