LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 54
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54: página 54 54: página 54 Marc se arrastró por el pasillo de la pirámide, dejando un rastro de polvo plateado tras de sí.
Su brazo derecho ya no existía; se había desmoronado en cenizas negras.
Su costado izquierdo humeaba mientras el suero de nácar terminaba de consumir los últimos restos de su tejido muscular.
Científicamente, Marc estaba experimentando una Combustión Bioquímica Espontánea.
Sin el parásito que combatir, el suero de nácar —diseñado para la guerra total— había empezado a digerir las células del propio Marc.
Su cuerpo era una reacción química que se quedaba sin combustible.
Logró alcanzar la salida.
La puerta de obsidiana, ahora muerta y sin energía, estaba entreabierta.
Con un último esfuerzo de voluntad, Marc se impulsó hacia la nieve.
El frío de los Alpes lo recibió, pero ya no sentía el impacto térmico.
Sus nervios se habían disuelto.
Miró hacia el horizonte.
El amanecer sobre Suiza era de una belleza insoportable.
El sol teñía de rosa las cumbres que Thorne había reclamado.
Pero era un paisaje estático.
No había el vuelo de una sola ave, ni el sonido de un insecto, ni el rastro de humo de ninguna chimenea.
El silencio era tan denso que Marc podía oír el crujido de sus propias células desintegrándose.
Científicamente, el mundo había entrado en el Estado Post-Biótico.
Al eliminar la simbiosis obligada, Marc había detenido el flujo de energía en la biosfera.
Las plantas, cuyos ciclos de nitrógeno dependían de la red de Thorne, se habían marchitado.
El oxígeno empezaría a descender lentamente en las próximas décadas.
La Tierra ya no era un organismo vivo; era una roca suspendida en el vacío, cubierta por los restos de una civilización que prefirió la extinción a la servidumbre.
Marc se sentó contra una roca, mirando sus manos.
Ya no brillaban.
El nácar se estaba volviendo mate, convirtiéndose en un residuo calcáreo.
—Lo hice…
—susurró, y su voz fue un leve soplido de polvo—.
Somos…
libres.
En su mente, por un segundo, apareció la imagen de la niña en la cámara de estasis.
Se preguntó si ella despertaría algún día en este mundo de silencio, o si el sistema de soporte vital también se había apagado.
Esperaba, con una piedad final, que ella nunca abriera los ojos.
Despertar en un planeta sin una sola voz humana sería un castigo más cruel que la propia muerte.
Su visión empezó a nublarse.
El anillo plateado de sus pupilas se fragmentó.
El último pensamiento de Marc no fue de arrepentimiento, sino de una curiosidad científica final: se preguntó cuánto tardaría el viento en borrar el último rastro de su nombre en la nieve.
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