LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 7
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7: página 7 7: página 7 El TGV Lyria 9762 partió de la estación de Cornavin con destino a París-Gare de Lyon a trescientos kilómetros por hora.
El Dr.
Thorne observaba el paisaje alpino difuminarse a través de la ventana.
Su reflejo en el cristal le devolvía la imagen de un hombre en la cima de su existencia, pero dentro de su cráneo, el mapa sináptico estaba siendo redibujado.
A diferencia de los pasajeros del tranvía 15, que comenzaban a mostrar una euforia desordenada y errática, Thorne estaba experimentando una mutación adaptativa de la infección: una Sincronía Cognitiva.
Científicamente, en una infección parasitaria, existe lo que se llama “huésped de adaptación superior”.
El cerebro de Thorne, entrenado en la lógica compleja y la disciplina científica, no se había colapsado bajo la inundación de dopamina.
En su lugar, el parásito había encontrado un equilibrio simbiótico.
Thorne no era un “zombi” que arrastraba los pies; era un hombre con una claridad mental aterradora.
Seguía siendo él mismo, pero sus objetivos habían cambiado.
Ya no quería curar el miedo; quería erradicarlo como si fuera un defecto de diseño de la evolución humana.
—La amígdala es una prisión —susurró, escribiendo frenéticamente en su cuaderno de notas—.
El miedo es el grillete que detiene el progreso.
Yo soy el libertador.
Esta es la característica más peligrosa del TG-Alpha: la capacidad de crear infectados que conservan sus sentidos pero pierden la distinción entre el bien y el mal.
Para Thorne, infectar a otros no era un crimen, era un acto de caridad biológica.
Mientras el tren cruzaba la frontera hacia Francia, se levantó y caminó hacia el coche cafetería.
No buscaba comida.
Buscaba la mayor concentración de personas en un espacio cerrado con ventilación reciclada.
En la epidemiología real, el transporte de alta velocidad es el enemigo número uno de la contención.
Un patógeno que antes tardaba meses en cruzar un continente, ahora lo hace en cuatro horas.
Thorne se detuvo frente a una familia de turistas.
Su comportamiento era impecable, educado, incluso encantador.
Pero mientras les hablaba de las bellezas de París, sus ojos buscaban el contacto visual prolongado.
El parásito estaba aprendiendo que la empatía humana era su mejor vector de entrada.
El TG-Alpha ya no solo viajaba en la saliva; estaba empezando a manipular las neuronas espejo de sus víctimas, obligándolas subconscientemente a imitar su sonrisa febril, rompiendo la primera barrera de defensa: el instinto de desconfianza.
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