LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 8
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8: página 8 8: página 8 En el centro de mando de la OMS en Ginebra, la Dra.
Elena Vance sentía que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
Acababa de recibir los resultados preliminares de la secuenciación genómica de una muestra de tejido tomada de aquel joven que había saltado del segundo piso.
El informe mostraba una estructura de Toxoplasma gondii, pero con inserciones de nucleótidos que no existían en la naturaleza.
Eran cicatrices de edición genética, firmas moleculares que apuntaban a un solo lugar en todo el país.
—Aris —susurró Elena, con la garganta seca.
Ella conocía el trabajo de Thorne mejor que nadie; habían compartido seminarios y discusiones sobre la ética del control mental parasitario.
Al revisar los registros de acceso del Campus Biotech, la verdad se volvió asfixiante.
Thorne había reportado una brecha en el Nivel 4, pero no había esperado al equipo de contención.
No había activado el sellado.
Había salido por la puerta principal como si nada hubiera pasado.
Científicamente, lo que Elena temía era la “Transmisión Silenciosa de Larga Duración”.
Si el TG-Alpha era capaz de anular la respuesta inflamatoria inicial, el cuerpo no presentaría fiebre.
Sin fiebre, no había sospecha.
Los infectados se convertirían en portadores sanos en apariencia, pero mentalmente comprometidos.
Elena buscó la señal del GPS del teléfono de Thorne; la última vez que estuvo activo fue en la estación de Cornavin.
Al cruzar los datos con la red ferroviaria, la realidad se fragmentó en mil direcciones posibles: París, Lyon, Milán, Zúrich.
En la epidemiología de crisis, el tiempo se mide en “número reproductivo básico” (R0).
Si un infectado normal de gripe contagia a dos personas, un “Sinfónico” como Thorne, dotado de un encanto artificial y una falta total de miedo social, podía contagiar a cientos antes de que el primer síntoma de euforia descontrolada se hiciera evidente.
Elena activó la línea roja con el Ministerio del Interior francés.
—Necesito que detengan el TGV Lyria 9762 —dijo con voz firme, a pesar del sudor frío que le empapaba la nuca—.
No es una amenaza terrorista convencional.
Es una emergencia biológica de grado uno.
No envíen a la policía con máscaras normales; envíen unidades de aislamiento total.
Y, por el amor de Dios, digan a sus hombres que no escuchen lo que ese hombre tenga que decirles.
No lo dejen hablar.
Elena sabía que el peligro no era solo la infección física, sino la persuasión química.
Si Thorne lograba hablar con sus captores, el parásito usaría la empatía y la dopamina para convencerlos de que la cura no era necesaria, de que la verdadera enfermedad era el miedo que intentaban proteger.
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