La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 LAS TIERRAS NEUTRAS Y EL TERCER ELEMENTO
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10: LAS TIERRAS NEUTRAS Y EL TERCER ELEMENTO 10: LAS TIERRAS NEUTRAS Y EL TERCER ELEMENTO El ejército de Onyxia partió al amanecer.
Era una visión imponente: miles de jinetes elfos sobre corceles de nieve, sus armaduras de ónix reflejando la primera luz del sol como un río de obsidiana en movimiento.
En el centro de la formación, Eyre cabalgaba junto a Niamh.
Él vestía su capa de guerra y mantenía la vista fija en el horizonte, con la mandíbula apretada.
El beso de la noche anterior no se había mencionado, pero el aire entre ellos vibraba con una electricidad que los soldados elfos evitaban notar.
Tras cruzar el Muro de Escarcha, el paisaje cambió drásticamente.
Las Tierras Neutras eran un territorio de estepas infinitas y cielos de un color ambarino.
Aquí, la magia de los reinos no llegaba con fuerza, dejando un vacío que era aprovechado por mercenarios, proscritos y aquellos que no servían a ningún dios.
Al caer la tarde, la caravana se detuvo en un puesto de avanzada cerca de las ruinas de una antigua ciudad de Calandra que se había materializado en este mundo siglos atrás.
Allí, un grupo de exploradores humanos los esperaba.
—Rey Thursteim —dijo el líder de los exploradores, bajando de su caballo con una soltura que contrastaba con la rigidez élfica—.
Mis hombres dicen que traéis compañía interesante de Aldora.
O mejor dicho…
de mi hogar.
Niamh tensó las riendas de su caballo, sus ojos volviéndose dos rendijas de hielo.
—Capitán Vance.
No recuerdo haber solicitado vuestra presencia en este sector.
Kaelen Vance se quitó la capucha de cuero, revelando un rostro bronceado por el sol, con una cicatriz juguetona que cruzaba su ceja y unos ojos castaños llenos de una picardía que Niamh despreciaba al instante.
Kaelen no era un elfo; era un humano, robusto y con un aire de libertad que Eyre no había visto en nadie en este mundo.
Kaelen ignoró a Niamh y dirigió su mirada directamente a Eyre.
Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
—Por los huesos de la Tierra…
—susurró Kaelen, acercándose al caballo de Eyre—.
Me dijeron que eras hermosa, pero no mencionaron que tenías el fuego de Calandra en la mirada.
Soy Kaelen.
De la zona sur de Calandra, si es que eso significa algo para ti aquí.
Eyre sintió un vuelco en el corazón.
Era la primera vez que hablaba con alguien que no la veía como una “princesa” o un “recipiente”, sino como una compatriota.
—Eyre —respondió ella, devolviéndole la sonrisa—.
¿Eres…
de allí?
¿De verdad?
—De los suburbios de acero y el humo eterno —rio Kaelen, extendiendo una mano para ayudarla a bajar del caballo antes de que Niamh pudiera reaccionar—.
Es un placer encontrar a alguien que sepa lo que es el sabor de una hamburguesa real en medio de tanto vino de bayas y pan de escarcha.
Niamh bajó de su montura con un movimiento tan brusco que el suelo pareció crujir bajo sus botas.
Se colocó entre Kaelen y Eyre, su altura superando a la del humano, pero Kaelen ni siquiera parpadeó.
—La Princesa está cansada por el viaje, Vance —dijo Niamh, su voz cargada de una posesividad que hizo que Eyre lo mirara sorprendida—.
Ahorraos vuestras familiaridades.
Kaelen alzó las manos en gesto de paz, aunque su sonrisa no desapareció.
—Solo le doy la bienvenida a una hermana de sangre, Rey de Hielo.
No todos tenemos la suerte de haber nacido en cunas de cristal.
Algunos valoramos el calor de nuestra propia especie.
Esa noche, el campamento se dividió en dos mundos.
Los elfos mantenían su orden impecable y su silencio, mientras que los hombres de Kaelen encendieron una hoguera ruidosa, contando historias y cantando canciones que Eyre reconoció vagamente de sus memorias borradas.
Eyre se encontró sentada junto a Kaelen cerca del fuego humano.
Él le contaba cómo su grupo había aprendido a usar tecnología de Calandra mezclada con restos de magia para defenderse de la Viscosidad.
—Niamh es un buen líder, no me malinterpretes —decía Kaelen, ofreciéndole a Eyre un trozo de carne asada con especias que olía a hogar—.
Pero él nunca entenderá lo que es ser nosotros, Eyre.
Para él, el tiempo es infinito.
Para nosotros, cada minuto es un robo al destino.
Por eso vivimos con más fuerza.
Niamh observaba la escena desde la entrada de su tienda real, a unos metros de distancia.
Su mano apretaba el pomo de su espada hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Un general se le acercó para informarle sobre las rutas, pero Niamh apenas escuchaba.
Sus ojos estaban fijos en cómo Eyre se reía de algo que Kaelen decía, y cómo el humano le tocaba el hombro con una confianza que él, el Rey de Onyxia, había tardado semanas en ganar.
Más tarde, cuando Kaelen se retiró a sus guardias, Eyre caminó hacia la tienda de Niamh.
Lo encontró de pie en la oscuridad, mirando el mapa rúnico con una rigidez absoluta.
—Ese hombre es un mercenario, Eyre —dijo Niamh sin girarse—.
No deberías confiar en alguien que vende su lealtad al mejor postor.
—Kaelen no es un mercenario, es un superviviente —respondió Eyre, entrando en la tienda—.
Y me gusta hablar con él.
Me hace sentir…
normal.
Como si Calandra no fuera solo un sueño feo, sino un lugar real.
Niamh se giró violentamente.
El frío en la tienda aumentó diez grados en un segundo.
—¿Normal?
¿Es eso lo que quieres?
¿Un humano que te cuente chistes sobre un mundo que ya no existe mientras una Diosa intenta arrancarte el alma?
Eyre retrocedió un paso, sorprendida por la intensidad de su furia.
—¿Qué te pasa, Niamh?
Estás actuando como si…
—¿Como si qué?
—Niamh se acercó a ella, sus ojos azules brillando con una luz salvaje—.
Te he dado mi protección, he puesto a mi pueblo en guerra por ti, te he dado…
—se detuvo, su voz bajando a un susurro ronco—…
te he dado mi confianza.
Y lo primero que haces al ver a un humano con una sonrisa fácil es correr hacia él.
Eyre sintió una chispa de triunfo mezclada con irritación.
—¿Estás celoso, Niamh Thursteim?
¿El gran Rey de Hielo se siente amenazado por un capitán humano?
Niamh la acorraló contra el poste central de la tienda, poniendo sus manos a ambos lados de su cabeza.
Su respiración era errática.
—No me siento amenazado —gruñó él, acercando su rostro al de ella—.
Siento que no tienes idea del peligro que corres.
Vance no puede protegerte de Morrigan.
Él no puede darte lo que yo puedo darte.
—Él me da algo que tú no puedes —desafió Eyre, aunque su corazón latía con fuerza contra su pecho—.
Él me da pertenencia.
Él no me mira como a un “caso de estudio” o una “aliada estratégica”.
Niamh soltó un gruñido bajo y hundió su rostro en el hueco del cuello de Eyre, aspirando su aroma.
—Mientes.
Sabes que para mí eres mucho más que eso.
No dejes que él te confunda, Eyre.
No dejes que su “calor” te haga olvidar quién te sostuvo cuando estabas a punto de romperte.
Antes de que Eyre pudiera responder, un grito de alarma rasgó la noche desde el exterior.
—¡LA VISCOSIDAD!
¡ESTÁN AQUÍ!
Niamh se separó de ella instantáneamente, su máscara de Rey volviendo a su lugar, pero sus ojos le dieron un último mensaje de posesión antes de salir.
Afuera, la oscuridad no venía del cielo, sino del suelo.
La tierra misma estaba empezando a burbujear con el líquido negro de Callum.
Y en medio del ataque, Kaelen Vance ya estaba en pie, con una pistola de pulso rúnico en una mano y una espada en la otra, gritando órdenes a sus hombres.
—¡Eyre, quédate cerca de mí!
—gritó Kaelen, buscándola entre la multitud.
Niamh, que ya estaba invocando una tormenta de hielo, se giró hacia el humano con una mirada que prometía que, si la Viscosidad no mataba a Kaelen, él mismo podría considerarlo.
La guerra por Aldora había empezado, pero la guerra por el corazón de Eyre acababa de volverse mucho más complicada.
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