La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 EL LLANTO DE LOS CUERVOS
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9: EL LLANTO DE LOS CUERVOS 9: EL LLANTO DE LOS CUERVOS El beso de Niamh todavía ardía en los labios de Eyre como una marca de fuego sobre el hielo.
En la penumbra de su despacho, el tiempo parecía haberse detenido, dejando fuera las intrigas de Elara y la viscosidad de Callum.
Por un instante, Eyre no fue una herramienta, ni un recipiente, ni una princesa exiliada; fue simplemente una mujer encontrando su lugar en los brazos de un hombre que era tan sólido como la montaña que gobernaba.
Niamh separó sus labios de los de ella apenas unos centímetros, manteniendo sus manos firmes en el rostro de Eyre.
Sus ojos azules, usualmente tormentosos, tenían un brillo de vulnerabilidad que solo ella había logrado provocar.
—Te advertí que el fuego de Aldora se apaga rápido en este reino —susurró él, su aliento cálido contra su piel—.
Me equivoqué.
Tu fuego no se apaga…
está consumiendo todo lo que creía saber sobre mí mismo.
Eyre puso sus manos sobre las de él, entrelazando sus dedos.
—No soy de Aldora, Niamh.
Y ya no soy solo de Calandra.
Soy lo que tú viste en el espejo: una unión de mundos.
Y si eso significa que debo ser el incendio que queme tus sombras, que así sea.
El momento de comunión fue roto por un cambio súbito en la atmósfera.
El fuego azul de la chimenea se extinguió de golpe, dejando la habitación en una oscuridad sepulcral.
Un frío que no pertenecía a Onyxia, un frío seco y antiguo, se filtró por las rendijas de las ventanas.
Afuera, el silencio de la noche fue desgarrado por un sonido aterrador: miles de alas batiendo al unísono.
Niamh reaccionó con la velocidad de un rayo.
Soltó a Eyre y corrió hacia el balcón, desenvainando su espada de cristal negro.
Eyre lo siguió, con la Daga Celestial ya brillando en su mano, respondiendo a la presencia de su “madre”.
Lo que vieron desde el balcón hizo que el corazón de Eyre se saltara un latido.
El cielo de Onyxia ya no era negro; era púrpura.
Una nube masiva de cuervos de ojos violetas cubría las lunas, descendiendo sobre la ciudad como una marea de pesadilla.
No eran aves comunes; eran fragmentos de la voluntad de Morrigan.
Donde los cuervos tocaban la piedra de obsidiana, esta empezaba a agrietarse, supurando la viscosidad negra que Callum había perfeccionado.
—Ha cruzado el Muro de Escarcha —dijo Niamh, su voz llena de una furia gélida—.
No con un ejército, sino con su esencia.
De repente, los cuervos empezaron a chocar contra el ventanal del despacho, rompiendo el cristal reforzado.
Eyre y Niamh se lanzaron al suelo mientras una ráfaga de plumas negras inundaba la habitación.
Las plumas no caían; flotaban, girando en un remolino que empezó a tomar una forma femenina.
Morrigan se manifestó en medio del despacho.
No era una proyección borrosa; era una aparición sólida, envuelta en un vestido de sombras que goteaba oscuridad.
Su belleza era tan devastadora como siempre, pero sus ojos eran pozos de una locura divina.
—Mi pequeña luz…
—la voz de Morrigan vibró en los huesos de Eyre, cargada de un amor que cortaba como un cuchillo—.
¿Realmente creíste que el hielo de este elfo orgulloso podría protegerte de mí?
¿Después de todo lo que sacrifiqué para traerte desde el mundo de acero?
Eyre se puso en pie, colocándose frente a Niamh, quien ya preparaba un hechizo de escarcha en su mano libre.
—¡Tú no sacrificaste nada por mí, Morrigan!
—gritó Eyre—.
Me robaste.
Mataste la vida de una mujer inocente para alimentar tu soledad.
Lo que sientes por mí no es amor, es propiedad.
Morrigan soltó una carcajada que sonó como cristales rompiéndose.
Se acercó a Eyre, ignorando la espada de Niamh que apuntaba a su garganta.
—Te di una corona.
Te di recuerdos de felicidad que nunca habrías tenido en ese apartamento gris de Calandra.
Te amé más de lo que cualquier humana podría —la Diosa extendió una mano, y por un segundo, su rostro mostró una tristeza genuina—.
Mira a este Rey, Eyre.
Él te mira y ve una forma de salvar su reino.
Yo te miro y veo mi única razón para no destruir este mundo miserable.
—¡Mientes!
—intervino Niamh, lanzando un tajo de energía helada hacia la Diosa.
Morrigan disipó el ataque con un simple movimiento de su mano, pero el esfuerzo hizo que su forma parpadeara.
Ella no estaba allí físicamente del todo; estaba proyectando su alma a través de la Daga.
—Niamh Thursteim…
—Morrigan lo miró con un odio que venía de siglos de rechazo—.
Sigues siendo tan frío como el día que me diste la espalda.
Pero ahora tengo algo que tú deseas.
Y te lo quitaré, pieza por pieza.
Morrigan se giró de nuevo hacia Eyre, y su tono cambió a uno de advertencia mortal.
—Callum se está perdiendo, Eyre.
La viscosidad ha llegado a su cerebro.
Él ya no te ve como a una hija; te ve como el motor que le devolverá su humanidad.
Si no vuelves conmigo ahora, él marchará con todo su ejército de sombras.
Onyxia arderá, y la sangre de tu querido Rey manchará la nieve para siempre.
Los cuervos afuera empezaron a atacar a los ciudadanos en las calles.
Eyre podía escuchar los gritos desde el balcón.
La presencia de Morrigan estaba debilitando las defensas rúnicas de la ciudad.
—Vuelve a casa, Eyre —suplicó Morrigan, extendiendo su mano—.
Vuelve, y perdonaré a Onyxia.
Volveremos a ser tú y yo en los jardines de Aldora.
Borraré este dolor, borraré a este elfo de tu mente, y serás feliz de nuevo.
Eyre miró la mano de la Diosa.
Por un microsegundo, la parte de ella que había sido la “Princesa de Aldora” quiso aceptarla.
Quiso volver a la seguridad de la mentira, al calor de los mimos de su madre.
La dualidad la golpeó con una fuerza física que la hizo tambalear.
Pero entonces, sintió la mano de Niamh en su hombro.
No era un agarre posesivo; era un apoyo.
—No puedes comprar su alma con amenazas, Morrigan —dijo Niamh con firmeza.
Eyre levantó la Daga Celestial.
El rubí brillaba con una luz que no era de este mundo.
—Ya no puedes borrar mis recuerdos, madre —dijo Eyre, usando esa palabra con una amargura final—.
Porque ahora sé quién soy.
Soy la mujer que te detendrá.
Eyre clavó la daga en el suelo de la habitación, liberando una onda de choque de luz pura que golpeó la forma de sombras de Morrigan.
La Diosa gritó, un sonido que mezclaba furia y un dolor desgarrador, como el de una madre que pierde a su hija por segunda vez.
—¡ENTONCES QUE ASÍ SEA!
—rugió la aparición mientras se desvanecía en un torbellino de plumas—.
¡SI ELIGES EL HIELO, MORIRÁS EN EL HIELO!
¡CALANDRA SERÁ OLVIDADA Y ALDORA SERÁ TU TUMBA!
Cuando la aparición desapareció, los cuervos en el cielo se desintegraron en una lluvia de ceniza negra.
La luz azul de la chimenea volvió a encenderse, pero la habitación estaba en ruinas.
Eyre cayó de rodillas, agotada.
La confrontación emocional la había dejado más vacía que el entrenamiento físico.
Niamh se arrodilló a su lado, envolviéndola en sus brazos.
Ella escondió el rostro en su cuello, dejando que las lágrimas que había contenido finalmente fluyeran.
—Ella no se rendirá —sollozó Eyre—.
Va a destruir todo por mi culpa.
—No es por tu culpa, Eyre.
Es por su egoísmo —Niamh le acarició el cabello, su voz más suave de lo que nunca había sido—.
Ella acaba de declarar la guerra total.
Ya no hay vuelta atrás.
Niamh se separó un poco y la miró a los ojos con una determinación feroz.
—Has rechazado a una Diosa por mí, por Onyxia.
Ahora, mi reino y yo te daremos todo lo que necesites para terminar esto.
Ya no eres una refugiada.
Eres la punta de nuestra lanza.
Eyre se limpió las lágrimas, su mirada volviéndose de acero.
La dualidad seguía allí, el dolor por Morrigan no desaparecería fácilmente, pero ahora tenía una misión clara.
—Tenemos que movernos, Niamh —dijo Eyre—.
Si Callum ha perdido la razón, atacará pronto.
No podemos esperar a que lleguen al Muro de nuevo.
Tenemos que llevar la guerra a Aldora.
Niamh asintió, levantándose y ofreciéndole la mano.
—Mañana convocaré a toda la hueste de Onyxia.
Marcharemos hacia el sur.
Pero antes…
hay algo que debes saber.
Niamh la llevó hacia el gran mapa rúnico que adornaba la pared del fondo, el cual Morrigan no había logrado destruir.
—Hay una forma de debilitar a Morrigan y salvar a tu madre en Calandra al mismo tiempo —dijo Niamh, señalando un punto en las Tierras Neutras—.
La Fuente de las Almas.
Si logramos llegar allí antes que la Viscosidad, podrías usar la Daga para anclar tu existencia a este mundo sin necesidad de ser el recipiente de Morrigan.
Eso la privaría de su poder sobre ti…
y abriría una grieta por la que podrías enviar un mensaje a Calandra.
Eyre sintió un rayo de esperanza.
La batalla no era solo por la supervivencia; era por la redención.
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