La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 12
- Inicio
- La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial.
- Capítulo 12 - 12 EL SANTUARIO DE LAS ALMAS Y EL PESO DEL DEBER
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
12: EL SANTUARIO DE LAS ALMAS Y EL PESO DEL DEBER 12: EL SANTUARIO DE LAS ALMAS Y EL PESO DEL DEBER El valle donde se encontraba la Fuente de las Almas no era un lugar de muerte, sino de una vida extraña y vibrante.
Aquí, la hierba brillaba con una luminiscencia azulada y los árboles tenían hojas de cristal que tintineaban con el viento como campanas lejanas.
Era el punto exacto donde las dimensiones de Calandra y Aldora se rozaban, creando una distorsión temporal que hacía que los minutos pesaran como horas.
El ejército de Onyxia se detuvo en el borde del valle.
Niamh, montado en su semental negro, observaba la entrada del santuario —una grieta de luz blanca en la base de una montaña de cuarzo— con una mezcla de respeto y sospecha.
—Solo tres pueden entrar —anunció Niamh, su voz resonando con la autoridad de un rey—.
El equilibrio del santuario es frágil.
Demasiada presencia externa colapsaría la Fuente.
Kaelen Vance se adelantó, ajustando su mochila técnica y comprobando la carga de su arma.
—Bueno, eso nos deja a nosotros tres.
La elegida, el Rey de Hielo y el tipo que sabe cómo arreglar las cosas cuando la magia falla.
Niamh giró la cabeza lentamente hacia Kaelen.
Sus ojos azules eran dos cuchillos de escarcha.
—Vance, vuestra presencia no es obligatoria.
Este es un asunto de los Tuatha Dé Danann.
—Con todo respeto, “Majestad” —replicó Kaelen, poniéndose al lado de Eyre y pasándole un brazo por los hombros con una naturalidad que hizo que Niamh apretara las riendas hasta que el cuero crujió—, Eyre es de los míos.
Si va a asomarse a un agujero que conecta con Calandra, necesita a alguien que hable su idioma, no solo a alguien que recite poemas antiguos.
Eyre sintió la tensión eléctrica entre los dos hombres.
Miró a Kaelen; para ella, el capitán era como el hermano mayor que nunca tuvo en sus falsos recuerdos de Aldora.
Su presencia le daba una seguridad terrenal, una conexión con el asfalto y el acero de su verdadero hogar.
Pero luego miró a Niamh, y el tirón en su pecho fue diferente: era una atracción magnética, un deseo de fundirse con su poder y su tormenta.
—Kaelen viene conmigo —sentenció Eyre, mirando a Niamh a los ojos—.
Y tú también, Niamh.
Os necesito a ambos.
Pero por razones distintas.
Niamh guardó silencio un largo momento.
La mención de que Kaelen era “necesario” le escocía más que cualquier herida de batalla, pero asintió con una rigidez militar.
No iba a discutir frente a sus soldados, ni tampoco quería alejar a Eyre ahora que el beso del balcón seguía quemando en su memoria.
Entraron en la grieta.
El interior del santuario desafiaba la gravedad.
Fragmentos de edificios de Calandra —una cabina telefónica roja, un trozo de cartel de neón, una ventana de oficina— flotaban en un vacío de energía pura junto a estatuas elfas decapitadas.
—Es como un vertedero de recuerdos —susurró Kaelen, su tono perdiendo la ironía por primera vez—.
Mira eso, Eyre…
es un anuncio de los cines del centro.
Yo solía ir allí los domingos.
Eyre sintió una lágrima correr por su mejilla.
El olor a ozono y lluvia de Calandra era tan fuerte aquí que casi podía sentir el sabor de la libertad.
—No os detengáis —advirtió Niamh, caminando sobre un puente de luz sólida.
No le gustaba cómo Eyre miraba aquellos restos de “chatarra humana”.
Para él, eran distracciones peligrosas—.
La Fuente está en el centro.
Si te pierdes en la nostalgia, la corriente te arrastrará al Vacío.
Llegaron a una plataforma circular donde el agua no fluía hacia abajo, sino hacia arriba, formando una columna de líquido plateado que desaparecía en el techo de la cueva.
Era la Fuente de las Almas.
—Aquí es —dijo Niamh, acercándose a Eyre—.
Debes sumergir la Daga Celestial en el flujo.
Tu voluntad servirá de ancla.
Si logras estabilizarla, podrás ver…
lo que buscas.
Eyre se acercó al agua plateada.
Kaelen se situó a su izquierda, con la mano en su pistola rúnica por si algo salía mal, y Niamh a su derecha, con la mano extendida, listo para sostenerla con su magia.
Eyre hundió la daga en la columna de agua.
El impacto fue como una explosión silenciosa.
Su mente fue lanzada a través de un túnel de luz.
Vio el apartamento de nuevo.
Vio a su madre, Elena.
Pero esta vez, Elena no era una estatua.
Estaba sentada en el suelo, envejecida, con el cabello canoso y los ojos nublados por las lágrimas, sosteniendo una vieja fotografía de una niña pequeña.
—¿Eyre?
—susurró la mujer en la visión, como si escuchara un eco en el viento.
—¡Mamá!
—gritó Eyre desde lo profundo de su alma—.
¡Estoy viva!
¡Voy a por ti!
La visión empezó a parpadear.
La viscosidad de Callum estaba intentando infectar la Fuente desde el exterior.
El agua plateada empezó a volverse grisácea.
—¡Mantén el agarre, Eyre!
—rugió Niamh, rodeando la cintura de ella con su brazo para evitar que la corriente la succionara—.
¡Usa mi fuerza!
¡Tómala toda!
Eyre sintió el poder de Niamh fluyendo hacia ella, frío y puro, dándole la estabilidad que necesitaba.
A su vez, Kaelen puso su mano sobre el hombro de ella, dándole un anclaje físico, recordándole que no era una diosa, sino una mujer que tenía alguien a quien salvar.
—¡Dile que estamos llegando!
—gritó Kaelen—.
¡Dile que los de Calandra nunca dejamos a nadie atrás!
Eyre canalizó ambos sentimientos: el amor apasionado y místico por Niamh, y la lealtad fraternal por Kaelen.
La Daga emitió un destello final y el mensaje fue enviado.
La imagen de Elena se iluminó con una chispa de esperanza antes de que la visión se cerrara.
Eyre cayó hacia atrás, agotada.
Niamh la atrapó, estrechándola contra su pecho con una fuerza que casi le quitaba el aliento.
Sus ojos azules buscaban los de ella con una desesperación mal disimulada.
—¿Lo has visto?
¿Estás bien?
—preguntó Niamh, ignorando por completo a Kaelen.
—Sí…
la he visto.
Ella me escuchó —Eyre sonrió, apoyando la cabeza en el hombro de Niamh.
Kaelen se acercó, suspirando de alivio y despeinando el cabello de Eyre con un gesto cariñoso, como quien acaricia a una hermana pequeña tras un susto.
—Bien hecho, pequeña.
Sabía que tenías agallas.
No cualquiera sobrevive a una sesión de espiritismo interdimensional.
Niamh se tensó ante el gesto de Kaelen.
Sus ojos brillaron con un destello peligroso.
—Quitad vuestras manos de ella, Vance.
Ha sido suficiente.
Kaelen se rió, una risa corta y seca.
—¿Todavía con eso, Rey?
Solo estoy celebrando que mi gente es fuerte.
No todos somos estatuas de hielo que necesitan permiso para un abrazo.
Niamh soltó a Eyre con cuidado pero se puso en pie frente a Kaelen, su presencia llenando el santuario.
—No confundáis mi disciplina con falta de sentimiento.
Y no confundáis vuestra familiaridad con derecho.
Ella es la futura salvadora de este mundo, y yo soy quien la llevará al trono.
Vos solo sois un recordatorio de un mundo que ella debe dejar atrás para sobrevivir.
Eyre se levantó, poniéndose entre los dos.
—¡Ya basta!
—les gritó—.
Kaelen, deja de provocarlo.
Él no entiende que para mí eres como la familia que me robaron.
Eres mi hermano de sangre en este mundo de locos.
Kaelen asintió, mirando a Niamh con una mezcla de lástima y burla.
—¿Lo oyes, Majestad?
“Hermano”.
No tienes por qué congelar el valle cada vez que le doy una palmada en la espalda.
Relájate un poco, o vas a terminar rompiéndote.
Niamh se quedó gélido.
La palabra “hermano” debería haberlo calmado, pero en su mente milenaria, cualquier vínculo que Eyre tuviera con otro hombre era una amenaza para su control y para el espacio que ella ocupaba en su corazón.
—Un hermano —repitió Niamh, su voz volviendo a ser de mármol—.
Espero que vuestra “lealtad fraternal” sea suficiente cuando los ejércitos de Callum nos rodeen, Vance.
Porque en la batalla, los lazos de sangre son lo primero que se corta.
Antes de que pudieran salir del santuario, la Fuente de las Almas se volvió negra por completo.
Unas plumas de cuervo empezaron a caer del techo, quemando la luz del cuarzo.
—Ella lo sabe —dijo Eyre, sintiendo un frío punzante en su nuca—.
Morrigan sabe que me he comunicado con Calandra.
Sabe que ahora tengo una razón para luchar que no es ella.
—Entonces no perdamos más tiempo —sentenció Niamh, tomando la mano de Eyre y entrelazando sus dedos con una firmeza que decía “eres mía”—.
El camino a Aldora está abierto.
Y esta vez, no iremos como fugitivos.
Iremos como conquistadores.
Kaelen los siguió, revisando su pistola con una sonrisa cínica.
—Bueno, el Rey quiere guerra.
Y yo tengo ganas de ver qué pasa cuando el acero de Calandra se encuentra con la viscosidad de ese tal Callum.
Vamos a darles una lección de modales humanos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com