La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 EL JUEGO DEL HIELO Y LA SONRISA DEL ACERO
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13: EL JUEGO DEL HIELO Y LA SONRISA DEL ACERO 13: EL JUEGO DEL HIELO Y LA SONRISA DEL ACERO La marcha hacia el sur a través de las Tierras Neutras se había convertido en una coreografía de tensiones.
El ejército de Onyxia avanzaba con una precisión gélida, pero en el centro, donde cabalgaba el “trío de mando”, el ambiente era considerablemente más caótico.
Niamh Thursteim cabalgaba en su semental negro, con la espalda tan recta que parecía parte de una escultura.
Su mirada estaba fija en el horizonte, pero sus orejas puntiagudas estaban perfectamente sintonizadas a la conversación que ocurría a su derecha.
—…y entonces, el capitán se cayó directamente en el barril de cerveza —decía Kaelen, soltando una carcajada sonora mientras ajustaba las correas de su montura—.
Deberías haber visto la cara de los federales en Calandra, Eyre.
Parecían haber visto un fantasma, pero solo era un borracho con uniforme.
Eyre soltó una risa limpia y clara que flotó sobre el ruido de los cascos de los caballos.
Se sentía más ligera desde que la Fuente de las Almas le dio esperanzas sobre su madre.
—Ojalá pudiera recordarlo todo, Kaelen —dijo Eyre, lanzándole una mirada juguetona—.
Pero me fío de tu palabra.
Suenas como alguien que se mete en muchos problemas.
—Los problemas son mi segundo nombre, nena —Kaelen espoleó su caballo para acercarse más al de Eyre, invadiendo sutilmente el espacio que Niamh consideraba “su zona de seguridad”—.
Aunque aquí el verdadero problema es que algunos se toman la vida como si fuera un entierro eterno.
¿Verdad, Su Majestad?
Niamh no giró la cabeza.
Solo apretó las riendas.
—La seguridad de un ejército no es un chiste, Vance.
Deberíais centraros en vuestros exploradores en lugar de en vuestras anécdotas de taberna.
Kaelen le guiñó un ojo a Eyre y bajó la voz, aunque sabía perfectamente que Niamh podía oírlo.
—Vaya…
parece que el Rey ha desayunado limones de nuevo.
¿Crees que si le hacemos cosquillas se romperá en pedazos de hielo o simplemente nos enviará al calabozo?
Eyre reprimió una sonrisa.
Miró de reojo a Niamh.
La mandíbula del elfo estaba tan tensa que una vena palpitaba en su sien.
Le resultaba fascinante ver cómo aquel ser milenario, que podía convocar tormentas, se veía tan afectado por las bromas de un humano.
Decidida a probar sus nuevas armas de seducción, Eyre espoleó a su caballo hasta quedar justo al lado de Niamh.
Se inclinó un poco, rozando el brazo de la armadura del elfo con el suyo.
—Niamh…
—susurró ella, con un tono cantarín que hizo que él finalmente la mirara—.
¿Estás enfadado porque no conoces ninguna historia de capitanes en barriles de cerveza?
Niamh la miró, intentando mantener su máscara de indiferencia, pero sus ojos azules vacilaron al encontrarse con la mirada chispeante de Eyre.
—No estoy enfadado, Eyre.
Estoy…
vigilante.
—Estás celoso —corrigió ella, bajando aún más la voz para que solo él la oyera—.
Y te ves extrañamente guapo cuando intentas ocultarlo.
Niamh casi pierde el estribo de su caballo.
Se aclaró la garganta, mirando hacia adelante con una rigidez renovada, aunque un ligero rubor azulado empezó a teñir las puntas de sus orejas.
—No digas tonterías.
Los reyes no sienten celos de los…
vagabundos —logró decir.
—¡Te he oído, copito de nieve!
—gritó Kaelen desde atrás, soltando una risa burlona—.
¡Cuidado, Eyre, que si se pone más rojo va a empezar a llover granizo!
Al caer la noche, el campamento se estableció cerca de un oasis de aguas termales.
Mientras los soldados descansaban, Kaelen decidió subir el nivel de su juego.
—Eyre, ven aquí —llamó Kaelen, sentado cerca del fuego, mostrando una pequeña radio de mano que emitía un ruido estático—.
He logrado sintonizar una frecuencia de Calandra que se filtra por la grieta del santuario.
Es música.
Vieja música de nuestra tierra.
Eyre se acercó, emocionada.
Una melodía de jazz suave y ruidosa empezó a sonar entre las interferencias.
Kaelen se levantó y le ofreció la mano con una reverencia exagerada.
—¿Me concede este baile, hermanita?
Para que no olvides cómo nos movemos los que tenemos sangre caliente.
Eyre aceptó, riendo, y empezaron a dar vueltas torpemente cerca de la hoguera.
No era un baile romántico; era el juego de dos amigos que recordaban un hogar lejano.
Pero desde las sombras de su tienda, Niamh observaba la escena como si estuviera viendo una declaración de guerra.
Niamh salió de las sombras.
No caminó; pareció deslizarse.
Se detuvo justo al borde del círculo de luz del fuego.
—La música es…
discordante —sentenció Niamh.
Kaelen se detuvo, dejando a Eyre pero manteniendo su mano sobre el hombro de ella de forma protectora y deliberada.
—Se llama “ritmo”, Rey.
Algo que no se encuentra en vuestras arpas de cristal.
¿Por qué no lo intentas?
Apuesto a que te mueves como un poste de madera.
Eyre vio la oportunidad de oro.
Se soltó de Kaelen y caminó hacia Niamh.
Se detuvo a escasos centímetros de él, obligándolo a bajar la vista hacia ella.
La luz del fuego bailaba en sus ojos.
—Enséñale que se equivoca, Niamh —desafió Eyre, poniendo sus manos sobre el peto frío de la armadura del elfo—.
Baila conmigo.
Al estilo de Onyxia, si quieres.
Pero no dejes que el humano gane esta batalla.
Niamh miró la mano de Kaelen, que seguía saludando con burla, y luego miró a Eyre.
La posesividad venció a la prudencia.
—No bailamos como los humanos, Eyre —dijo Niamh, su voz volviéndose profunda y vibrante—.
Nosotros nos vinculamos con el aire.
Sin previo aviso, Niamh rodeó la cintura de Eyre con un brazo de acero y, con un movimiento fluido, la elevó ligeramente.
No hubo música humana, pero el viento a su alrededor empezó a silbar una melodía armónica.
Se movieron con una elegancia que desafiaba la física, girando en un torbellino de sombras y luces azules.
Eyre soltó una exclamación de sorpresa, aferrándose a los hombros de Niamh.
Estaba tan cerca que podía oler el aroma a escarcha y poder que emanaba de él.
—Vaya…
—murmuró Kaelen, silbando impresionado mientras se sentaba de nuevo—.
El Rey tiene trucos bajo la manga.
Punto para el equipo de hielo.
Cuando el baile terminó, Niamh no la soltó de inmediato.
Se quedaron en el centro del campamento, bajo la mirada de cientos de elfos y humanos, ignorándolos a todos.
Eyre, sintiéndose audaz, se puso de puntillas y le susurró al oído: —Kaelen dice que eres un poste de madera…
pero yo creo que eres un volcán cubierto de nieve.
Y me muero por ver cuándo vas a entrar en erupción.
Niamh sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima de Onyxia.
Miró los labios de Eyre, y por un momento, la idea de besarla frente a todo el ejército —incluyendo al molesto Kaelen— le pareció la idea más sensata del mundo.
—Ten cuidado con lo que deseas, Eyre de Calandra —advirtió Niamh, su voz ronca de deseo contenido—.
Porque cuando el hielo se rompe, no queda nada en pie.
Eyre se rió, una risa traviesa, y le dio un rápido beso en la mejilla antes de escaparse de sus brazos y correr hacia su tienda.
Kaelen, desde el fuego, soltó una carcajada y le lanzó una manzana a Niamh.
El Rey la atrapó en el aire con un reflejo felino.
—Buen baile, copito —dijo Kaelen, guiñándole un ojo—.
Pero recuerda: ella es de las que necesitan fuego.
Asegúrate de no congelarla demasiado.
Niamh apretó la manzana hasta que se agrietó, pero por primera vez, no sintió rabia pura, sino una determinación renovada.
Miró hacia la tienda de Eyre y luego hacia el sur, hacia Aldora.
La guerra estaba cerca, pero esa noche, por primera vez en siglos, el Rey de Onyxia se sintió verdaderamente vivo.
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