La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 LA CIUDAD QUE OLVIDÓ REZAR
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14: LA CIUDAD QUE OLVIDÓ REZAR 14: LA CIUDAD QUE OLVIDÓ REZAR El sol de Aldora solía ser un bálsamo, pero en la frontera, donde la Viscosidad de Callum había echado raíces, el día era tan gris como la noche.
El ejército de Onyxia y el grupo de Kaelen se detuvieron ante los muros de Veridia, la primera gran ciudad humana que Eyre había visitado en sus recuerdos falsos, pero ahora…
era irreconocible.
Veridia no olía a pan recién horneado ni a vino; olía a jazmín podrido y a carne olvidada.
Los muros de piedra blanca estaban cubiertos por una red de venas negras que palpitaban rítmicamente.
Las puertas de la ciudad estaban abiertas, pero no había guardias, ni mercaderes, ni niños jugando.
—Esto está mal —susurró Eyre, sintiendo que la marca de Morrigan en su cuello quemaba.
El contraste de su piel pálida y sus labios rojos, resaltado por la armadura esmeralda de Onyxia, la hacía parecer un faro de luz en medio de la podredumbre.
Niamh Thursteim se bajó de su semental, su armadura de Onyx negra absorbiendo la poca luz que quedaba en el cielo.
Desenvainó su espada de cristal negro, cuyo brillo azul helado parecía el único vestigio de pureza en aquel lugar.
—La Viscosidad es profunda aquí —sentenció Niamh, su voz resonando con una autoridad que no lograba ocultar su preocupación—.
No hay rastros de vida élfica, ni divina.
Esto es puro…
Callum.
Es la corrupción de un hombre que se cree dios.
Kaelen Vance se acercó, ajustando su guantelete rúnico.
Su rostro rudo y su sonrisa habitual habían desaparecido, reemplazados por una seriedad sombría.
—Mis exploradores humanos dijeron que Veridia dejó de enviar noticias hace una luna —dijo Kaelen, su mano descansando en su pistola rúnica—.
Pero ninguno de nosotros se imaginaba esto.
Esto no es un asedio, Eyre.
Esto es una asimilación.
Entraron en la ciudad.
Las calles estaban desiertas, pero las casas no estaban vacías.
A través de las ventanas rotas, Eyre pudo ver las siluetas de los ciudadanos de Veridia.
No estaban muertos, pero tampoco estaban vivos.
Estaban fusionados con las paredes de sus hogares por la viscosidad negra, sus cuerpos transformados en esculturas de agonía.
Sus ojos, fijos y abiertos, emitían un brillo violeta apagado.
—Mamá…
—susurró una voz gutural desde una de las casas.
Eyre se detuvo, sintiendo un nudo en la garganta.
Vio a una mujer fusionada con el marco de una puerta, sosteniendo los restos de un juguete de niño hecho de viscosidad endurecida.
La mujer miró directamente a Eyre, y por un microsegundo, el brillo violeta de sus ojos se apagó, revelando un marrón humano lleno de dolor.
—Perdónanos, pequeña luz…
—logró decir la mujer, antes de que la viscosidad le sellara la boca.
—¡Callum!
—rugió Eyre, y la Daga Celestial en su mano estalló con una luz carmesí y eléctrica tan intensa que disipó la niebla fétida en un radio de diez metros.
Niamh se colocó a su lado, poniendo su mano sobre su hombro.
El contacto helado de su armadura sirvió para anclar la rabia de Eyre, evitando que la magia de la daga la consumiera.
—Él no está aquí, Eyre —dijo Niamh, su voz suave y firme—.
Él está en el centro de esta telaraña.
Pero lo que ves aquí es su mensaje.
Él quiere que sepas que esto es lo que le pasará a todos los que amas si no te entregas.
Kaelen, que había estado revisando el perímetro con sus hombres, regresó.
—Tengo una mala noticia, Rey.
El centro de la ciudad está protegido por una barrera de sombras que mis granadas de pulso no pueden penetrar.
Y hay algo más…
De las sombras de la catedral de Veridia, emergió una figura que Eyre reconoció con horror.
Era Lady Elara, la consejera elfa que Niamh había destituido.
Pero ya no era la reina de cristal de Onyxia.
Su piel pálida estaba surcada por venas violetas, y sus ojos de perla eran ahora pozos de una oscuridad absoluta.
—Bienvenidos a la nueva fe, Niamh Thursteim —dijo Elara, su voz un siseo que mezclaba la elegancia élfica con la putrefacción de Callum.
Había una Daga Celestial falsa en su mano, una réplica hecha de viscosidad endurecida que goteaba oscuridad—.
Callum me ha dado un propósito.
Me ha dado un trono.
Y yo…
yo te daré el final que te mereces.
La traición de Elara fue un golpe emocional para Niamh.
Él había confiado en ella durante siglos, y verla convertida en un monstruo de Callum era una tortura que su máscara de hielo no podía ocultar del todo.
—¡Elara, detente!
—gritó Niamh, avanzando con su espada en alto—.
¡Tú eres de Onyxia!
¡Tú eres del hielo puro!
Elara soltó una carcajada estridente.
—¡El hielo puro no es nada comparado con el calor de la posesión, Niamh!
¡Tú nunca me diste lo que yo quería!
¡Callum me ha dado el mundo!
Elara atacó con una velocidad antinatural.
No usaba magia de escarcha, sino que manipulaba la viscosidad de la ciudad para crear tentáculos de sombra que se lanzaban hacia Niamh.
El Rey elfo se vio obligado a retroceder, su espada chocando contra los ataques de su antigua consejera.
Eyre y Kaelen se lanzaron a la batalla.
Eyre usaba la Daga Celestial para purificar los tentáculos, mientras Kaelen usaba sus granadas de pulso y su guantelete rúnico para crear brechas en las defensas de Elara.
—¡Eyre, quédate atrás!
—gritó Niamh, bloqueando un ataque que iba dirigido a la garganta de Eyre—.
¡Tú eres su objetivo!
—¡No me voy a quedar atrás mientras ella te ataca!
—respondió Eyre, lanzando una estocada con la daga que purificó una parte de la armadura de viscosidad de Elara.
En un momento de la batalla, Elara logró acorralar a Niamh contra el muro de la catedral.
La Daga Celestial falsa de viscosidad se cernió sobre el pecho del Rey.
—¡Eyre, dile adiós a tu Rey de Hielo!
—gritó Elara.
Eyre no pensó.
Canalizó toda la rabia por su madre robada, por la ciudad infectada y por el hombre que amaba.
La Daga Celestial emitió un destello final, y un pilar de luz carmesí y eléctrica se lanzó hacia Elara, envolviéndola.
Elara gritó, un sonido que mezclaba furia y un dolor desgarrador, antes de disolverse en una nube de viscosidad negra y ceniza.
Niamh cayó de rodillas, agotado y herido emocionalmente.
Eyre corrió hacia él y lo envolvió en sus brazos.
Él escondió el rostro en su cuello, dejando que las lágrimas que había contenido finalmente fluyeran.
Kaelen, que había estado vigilando el perímetro, regresó.
—Tengo una buena noticia, Rey.
La barrera de sombras se ha disipado con la muerte de Elara.
Pero…
el centro de la ciudad está vacío.
Callum se ha llevado a sus principales ejércitos al sur.
Eyre miró hacia el sur, hacia Aldora.
Sabía que la batalla final estaba cerca.
Pero ahora, con el amor posesivo de Niamh, la lealtad fraternal de Kaelen y su propia fuerza purificadora, estaba lista para enfrentar a Callum y Morrigan.
—No vamos a esperar a que lleguen a nosotros, Kaelen —dijo Eyre, su mirada volviéndose de acero—.
Vamos a llevar la guerra a Aldora.
Y esta vez, no iremos como fugitivos.
Iremos como conquistadores.
Niamh asintió, levantándose y ofreciéndole la mano a Eyre.
Su mirada azul de hielo estaba cargada de una determinación feroz.
—Que así sea, Eyre de Onyxia —sentenció Niamh—.
El hielo y el fuego marcharán juntos.
Y Aldora arderá con nuestra luz.
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