La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 EL LINAJE DE LAS ESTRELLAS CAÍDAS
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16: EL LINAJE DE LAS ESTRELLAS CAÍDAS 16: EL LINAJE DE LAS ESTRELLAS CAÍDAS El ejército se detuvo a las faldas de las Montañas de los Lamentos, la última barrera natural antes de entrar en las llanuras que rodeaban la capital de Aldora.
Mientras los elfos de Onyxia levantaban las defensas y los hombres de Kaelen revisaban sus motores rúnicos, Eyre sintió un llamado.
No era una voz, sino una vibración en su propia médula, un latido que compasaba con el rubí de la Daga Celestial en su cintura.
Se alejó del bullicio del campamento, buscando la soledad de un risco de cuarzo que miraba hacia el norte.
La luz de la luna se filtraba entre las nubes grises, bañando su piel de nieve y haciendo que sus labios rojos parecieran una herida de fuego en la oscuridad.
Al desenvainar el arma, Eyre notó que el filo traslúcido no brillaba con la luz azul de Niamh ni con la electricidad de Kaelen.
Emitía un calor blanco, casi solar.
Al cerras los ojos, la realidad se desvaneció.
Se vio a sí misma no en Aldora, ni en Calandra, sino en un vacío estelar.
Frente a ella, una figura hecha de luz pura y geometría sagrada se materializó.
Era un espíritu de los Tuatha Dé Danann, los dioses antiguos que todos creían extintos.
—No eres una usurpadora, pequeña chispa —la voz del espíritu resonó en su mente como el choque de dos planetas—.
Muchos creen que Morrigan te eligió por capricho, pero ella solo despertó lo que ya estaba dormido.
Tu madre biológica, Elena, no era una simple humana de Calandra.
Ella era la última Guardiana del Hilo, una descendiente de nuestra sangre que huyó al mundo de acero para esconderse de la guerra de los dioses.
Eyre sintió un escalofrío.
Todo cobraba sentido: el porqué Morrigan la deseaba tanto, el porqué la daga no la consumía como a otros.
—Llevas en tu sangre el éter de los creadores —continuó la entidad—.
La daga no es una herramienta; es una parte de ti.
Morrigan te quiere porque eres el puente para que ella recupere su divinidad perdida.
Pero si logras reclamar tu linaje, tú serás quien dicte el destino de los tres mundos.
No eres una princesa de Aldora, Eyre.
Eres la heredera del Vacío.
La visión se rompió cuando una mano humana se posó en su hombro.
Eyre parpadeó, regresando al frío aire de la montaña.
Kaelen Vance estaba allí, apoyado contra una roca con esa elegancia descuidada que lo caracterizaba.
Su chaqueta de cuero olía a pólvora y a la resina que usaban para limpiar sus armas.
—Parecías estar en otro planeta, nena —dijo Kaelen, con una sonrisa ladeada que hacía que la cicatriz de su ceja se curvara de forma atractiva—.
O quizá estabas practicando cómo volver loco al Rey de Hielo con esa mirada de trance.
Eyre guardó la daga, intentando asimilar lo que acababa de descubrir.
—Solo…
estaba pensando, Kaelen.
Este mundo es más complicado de lo que parece.
Kaelen se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal de esa forma juguetona que tanto irritaba a Niamh.
Se inclinó, dejando su rostro a pocos centímetros del de ella.
Sus ojos castaños brillaron con una mezcla de afecto y picardía pura.
—Sabes…
—susurró Kaelen, pasando un mechón de cabello oscuro tras la oreja de Eyre—, si no supiera que ese elfo estirado te mira como si fueras la última gota de agua en el desierto, yo mismo intentaría convencerte de que los humanos tenemos mejores formas de pasar las noches frías que discutiendo mapas.
Eyre soltó una risita, dándole un empujoncito juguetón en el pecho.
—Kaelen, eres mi hermano.
Deja de intentar ser un galán de película antigua.
—Soy un hombre con buen gusto, eso es todo —rio él, pero sus ojos se desviaron hacia la entrada del campamento—.
Y hablando del diablo…
parece que nuestro Rey de Onyxia ha decidido que ya has pasado demasiado tiempo con la “chusma humana”.
Niamh Thursteim caminaba hacia ellos.
Su armadura de ónix negro parecía emitir ondas de frío que hacían que la hierba a su paso se cubriera de escarcha.
Su rostro era una máscara de calma forzada, pero sus ojos azules eran dos relámpagos fijos en la mano de Kaelen, que todavía descansaba cerca del hombro de Eyre.
—Vance.
Los exploradores informan de movimiento en el paso este —dijo Niamh, su voz cortante como el cristal—.
Deberíais estar supervisando vuestras máquinas, no molestando a la Princesa con vuestras insolencias.
Kaelen se estiró con pereza, dándole una palmadita en la espalda a Eyre antes de alejarse.
—No es molestia si ella se ríe, Majestad.
Quizá deberíais probar a contar un chiste de vez en cuando.
Ayuda con la circulación, os lo aseguro.
Kaelen se alejó silbando una melodía de jazz, dejando a Niamh y Eyre solos en el risco.
Niamh se giró hacia Eyre.
La tensión en él era tal que Eyre podía oler el ozono en el aire.
Él no dijo nada al principio, simplemente la observó, fijándose en sus labios rojos y en la forma en que el viento agitaba su cabello.
—Él se toma demasiadas libertades contigo —dijo Niamh finalmente, su voz vibrando con una posesividad que ya no intentaba ocultar.
Eyre se acercó a él, deslizándose bajo su brazo para quedar frente a su pecho acorazado.
Levantó la vista, encontrando sus ojos atormentados.
—Él es solo un recordatorio de casa, Niamh —dijo ella, pasando sus dedos pálidos por las runas grabadas en el peto del elfo—.
Pero tú…
tú eres algo muy distinto.
¿Es que el gran Rey de Onyxia tiene miedo de que un humano le robe su “tesoro”?
Eyre se empinó, rozando su nariz contra la de él, una caricia íntima y desafiante.
—Dime, Niamh…
¿me miras así porque soy tu aliada, o porque te mueres por saber qué sabor tienen estos labios antes de que empiece la batalla?
Niamh soltó un gruñido bajo y la tomó por la cintura, pegándola a él con una fuerza que le quitó el aliento.
Sus dedos se hundieron en la capa de Eyre mientras bajaba la cabeza hasta que sus frentes se tocaron.
—Ambas cosas —confesó él, su aliento frío mezclándose con el calor de ella—.
Eres mi aliada, mi salvación…
y la única razón por la que todavía no he congelado este mundo entero.
No vuelvas a jugar con mi paciencia, Eyre.
No frente a él.
Eyre sonrió, una sonrisa triunfal y dulce.
Le dio un beso casto pero lento en la comisura de los labios, dejando que el contacto perdurara lo suficiente como para volverlo loco.
—Entonces asegúrate de que valga la pena el esfuerzo de ser buena, Niamh —susurró ella antes de separarse y caminar de regreso al campamento, dejándolo solo con la tormenta en sus venas.
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