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La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 17

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  3. Capítulo 17 - 17 EL ABRAZO DEL VELO NEGRO
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17: EL ABRAZO DEL VELO NEGRO 17: EL ABRAZO DEL VELO NEGRO ​El horizonte de la capital de Aldora ya no mostraba las agujas de mármol y oro que Eyre recordaba de sus visiones.

Ahora, una cúpula de humo violeta y tentáculos de viscosidad envolvía la ciudad, como si una bestia abisal hubiera emergido de la tierra para devorar la civilización.

El olor a ozono y carne quemada era tan denso que los caballos de Onyxia relinchaban con pavor, negándose a avanzar.

​—Es un organismo vivo —susurró Kaelen, ajustando la potencia de su guantelete rúnico—.

La ciudad no está sitiada, Niamh.

La ciudad es el enemigo.

​Niamh no respondió de inmediato.

Permanecía inmóvil sobre su montura, con la capa de piel de lobo ondeando al viento gélido que él mismo provocaba.

Su armadura de ónix reflejaba la luz mortecina del cielo, y sus ojos azules escudriñaban la muralla orgánica buscando una debilidad.

​—Eyre —llamó Niamh, su voz resonando con una gravedad que erizaba la piel—.

La Fuente de las Almas te mostró tu verdad.

Ese muro no responderá al acero de los elfos ni al fuego de los humanos.

Solo responderá a su dueña.

Eyre se adelantó, desmontando con una gracia que dejó a Niamh sin aliento por un segundo.

Caminó hacia la masa palpitante de la puerta principal.

Su piel de nieve parecía brillar contra la oscuridad ambiental, y sus labios rojos estaban apretados en una línea de pura determinación.

​Kaelen se bajó de su montura y se colocó a su izquierda, con la mano en su pistola rúnica.

—Si esa cosa intenta morderte, nena, le volaré los dientes antes de que pueda cerrar la boca.

​Niamh se colocó a su derecha, desenvainando su espada de cristal negro, cuya aura helada mantenía a raya la viscosidad que intentaba reptar hacia los pies de Eyre.

—No permitas que te susurre, Eyre.

Callum usará tu propia sangre contra ti.

​Eyre extendió la mano hacia la pared de lodo negro.

Al tocarla, la viscosidad siseó.

Miles de voces, ecos de los ciudadanos atrapados, gritaron en su mente.

Pero esta vez, Eyre no retrocedió.

Cerró los ojos y buscó ese “éter de los creadores” que el espíritu le había revelado.

​—Yo no soy vuestra prisionera —sentenció Eyre, y su voz vibró con un poder antiguo que hizo que la tierra temblara—.

¡Soy la Heredera del Vacío, y os ordeno que os apartéis!

​La Daga Celestial en su cintura estalló en una luz blanca cegadora.

El muro orgánico no se rompió; se disolvió, evaporándose en una lluvia de ceniza negra que reveló el camino hacia la plaza principal.

Mientras el ejército empezaba a entrar en la ciudad, aprovechando la brecha, hubo un momento de calma tensa.

Kaelen, viendo que Eyre estaba exhausta por el esfuerzo místico, se acercó y le ofreció una petaca con agua.

​—Bebe, Heredera del Vacío —dijo Kaelen con un guiño, su tono volviendo a ser ese de hermano mayor pícaro—.

No querrás desmayarte ahora que hemos conseguido las llaves del castillo.

Sería muy poco elegante para una reina.

​Eyre bebió, sintiendo el frescor del agua.

Al devolverle la petaca, sus dedos rozaron los de Kaelen.

—Gracias, Kaelen.

No sé qué haría sin tu “elegancia” en medio de este desastre.

​Kaelen se inclinó un poco, bajando la voz.

—Bueno, siempre podrías considerar dejar al Rey de Hielo en su trono y fugarte con un humano que sabe cocinar algo más que cubitos de hielo.

Piénsalo, el retiro en las costas de Calandra suena bien, ¿no?

​Eyre soltó una carcajada traviesa y le dio un golpecito en el hombro.

—Eres incorregible.

​Niamh, que había estado dando órdenes a sus generales, se giró justo a tiempo para ver la risa de Eyre y la cercanía de Kaelen.

El frío alrededor de Niamh se volvió tan intenso que los soldados cercanos empezaron a castañear los dientes.

Se acercó a ellos con pasos que hacían crujir la ceniza bajo sus botas.

​—Vance, vuestra unidad debe asegurar el flanco oeste —ordenó Niamh, su voz era un témpano de hielo—.

Ahora mismo.

​Kaelen alzó una ceja, mirando a Niamh con una mezcla de diversión y desafío.

—Vaya, el termostato acaba de bajar otros diez grados.

Me voy, me voy.

No quiero que el Rey se congele antes de llegar al palacio.

​Cuando Kaelen se alejó, Eyre se giró hacia Niamh.

Se acercó tanto que pudo sentir el frío que emanaba de su armadura de ónix.

Levantó una mano pálida y acarició la mejilla fría del elfo, trazando la línea de su mandíbula con un dedo juguetón.

​—Niamh…

—susurró ella, su aliento cálido empañando ligeramente el metal de su cuello—.

Si sigues mirando a Kaelen como si quisieras convertirlo en una estatua de jardín, la gente va a empezar a pensar que te importa más él que la batalla.

​Niamh atrapó la mano de Eyre, apretándola contra su rostro.

Sus ojos azules quemaban con una intensidad que nada tenía que ver con el hielo.

​—Me importa que él se olvida de quién eres para mí —gruñó Niamh, bajando la cabeza hasta que sus labios estuvieron a milímetros de los de ella—.

Y me importa que tú pareces disfrutar viéndome perder la cordura por ti.

​Eyre se humedeció los labios rojos, sosteniendo su mirada sin parpadear.

—Quizá es porque un Rey perdiendo la cordura es la vista más hermosa de Aldora, Niamh.

Pruébame que eres capaz de más que solo dar órdenes.

​Niamh no pudo contenerse más.

Ignorando a los soldados que pasaban a su alrededor y la oscuridad que los rodeaba, la tomó por la nuca y la besó.

Fue un beso cargado de posesividad, de miedo a perderla y de una pasión que llevaba siglos congelada.

Sabía a tormenta y a promesa.

​Cuando se separaron, Eyre estaba jadeando, con las mejillas encendidas por primera vez en aquel clima muerto.

​—Eso…

—susurró ella, sonriendo con malicia— …es un buen comienzo, Majestad.

​Niamh recuperó el aliento, su máscara de estoicismo intentando regresar, aunque sus ojos seguían brillando.

—No habrá un segundo aviso, Eyre.

Después de que matemos a Callum, no habrá ejércitos ni “hermanos” que se interpongan entre nosotros.

El momento romántico fue destrozado por un grito que no era humano.

Desde lo alto de la catedral de Aldora, una figura colosal descendió, rompiendo la piedra.

Era una amalgama de viscosidad y restos de armaduras de Onyxia, una criatura de diez metros de altura con múltiples rostros que lloraban líquido negro.

​—¡EYRE!

—la voz de Callum retumbó a través de la criatura—.

¡TU SANGRE ME PERTENECE!

¡VUELVE AL ABRAZO DE TU PADRE!

​Niamh se puso frente a Eyre, desenvainando su espada.

—Vuelve a tu agujero, Callum.

Hoy, el hielo no va a contenerse.

​Eyre levantó la Daga Celestial, sintiendo el éter del Vacío fluyendo por sus venas.

Miró a Niamh y luego a Kaelen, que ya regresaba corriendo con sus hombres.

​—No vamos a matarlo —dijo Eyre, su voz resonando con el poder de los dioses—.

Vamos a borrarlo de la existencia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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